La semana pasada vi la película «Operación Fortuna» con Jason Statham y Hugh Grant. Además de ser una comedia que se ríe bastante de la mafia como lo hace «Barry» (Bill Hader) de los actores, agentes y productores, resulta que sitúan unas escenas en Antalya, Turquía.
Reconocer la explanada del Ayuntamiento donde asistí a la boda civil de unos compañeros y a la que se llega tras transitar un boulevard de naranjos por donde pasa un tranvía fantástico, ya sobre el mar, y sentir ese inconfundible rastro de callejuelas de Kaleici (kaleji), me produjo muchos sentimientos encontrados. Añoranza y pérdida también.
La Antalya que fue mi casa desde 2004 hasta 2006, como emigrada en el centro de MNG Wow Hotels, (Kundu Köyü) es un vivo retrato asociado a mis recuerdos que no se borran y esto va de tiempo.
Tuve un buen jefe. Tuve un buen equipo artístico entre animadores y bailarines. Una dificultad, puesto que no existía un nivel homogéneo tanto de técnica como de talento y tenía que ceñirme a los visados y otras circunstancias burocráticas de la plantilla. Muchas otras añadidas y traiciones pueriles por parte de un par de ignorantes.
Valga explicar que la competencia (H. 5*) venía a espiar nuestros shows exclusivos, por mucho que le pese a quien siempre saca defectos sin reparar en los méritos. Acepto la crítica y si conviene la practico sin paliativos, aunque siempre cuestiono lo mismo: «Si crees que puedes hacerlo mejor, con estos mimbres, ofrécete y hazlo».
Hicimos algo que nadie ha vuelto a hacer, 6 shows internos para la temporada cuando lo normal eran 3. Lo que pasa es que trabajaba para 4 resorts así que todo se multiplicaba de igual forma. Estreno aquí, estreno allí, ensayo aquí… ensayo allí, cambios, imprevistos, personal…una locura, que como todas las que he acometido me tomé muy en serio.
Antalya, Kemer y toda la costa Licia que conocí en días de descanso, están, por siempre, presentes en mi forma de entender la vida. Doy las gracias a mi audacia a la hora de ampliar horizontes, por llevarme a completar esta experiencia. Si me conocéis desde antes de 2004, seguramente no me conocéis tanto como creéis. Hay otra Carolina después de ese tramo del camino.
Turquía no fue un reto, ni una aventura, pasados los 40 años lo que me importaba era canalizar productivamente y comprometerme. Fue una liberación del síndrome del «nadie es profeta en su tierra», no hacía falta serlo. La penúltima reafirmación de mi poder con unas condiciones impuestas a la firma del contrato: “no copiar musicales o formatos” como se hacía en toda la costa del Mediterráneo, siendo Turquía muy adelantada en medios y mentalidad a sus competidores turísticos. El verdadero sentido del «push the limits», así a las bravas aunque al terminar no me preparé para volver a España y decepcionarme más que nunca.
Incluyo este video del final de On Broadway en Kiris (Kemer). Este espectáculo, como Planet Disco y The love boat, siempre acababa con el público de pie, y felicitaciones por el camino desde el anfiteatro, en la piscina, en los bares y hasta el hotel, cosa que se valora mucho más que en un teatro usual, teniendo en cuenta que se habían sentado dos horas antes, algunos con niños dormidos en los brazos, en piedra caliente por el sol, con calor y sin respaldo. Digo «koreograf» en una mezcla de ingles y turco, expresamente. Después de ver la película «Son samurai» (El último samurái) acostumbraba a bromear con mi jefe como «Son koreograf». Cada vez que me presentaba en su oficina por la mañana con un guion para proponer me soltaba: «tómate un café, tranquila y cuando acababa de escuchar decía sonriendo ¿qué has fumado?».
Tal revoloteo creativo llegó a su punto álgido el día que propuse como decorado una bola de espejos de aquellas de discoteca y de donde salían los artistas, como si fuera un ovni….primero se rió y luego… dio el visto bueno a todo el guion. Mi jefe, era muy hábil, a la tercera vez que le dije que «renunciaba» si no se obedecían algunas especificaciones que había dado al equipo técnico por algunos problemas muy gordos, incluyendo un accidente, me respondió: «Entiendo que te disgustes, y sé que tienes razón pero si sigues renunciando, alguna vez tendré que aceptar».
Se acabaron las amenazas de abandono en pleno inicio de temporada, opté por la depuración de responsabilidades. De todas maneras, mi marido fue mi toma de tierra en momentos de un estrés provocado, no por la presión de los estrenos que nunca lo ha sido para mí, por algunas cosas absurdas que pude manejar mejor desde otro punto de vista, el suyo. Creo que la casa, los viajes y el médico privado pagados, más toda la comida de cliente de 5 estrellas y otras facilidades como el empleo de mi marido incluido en mis condiciones, ya que sola no quería ir y después de pasar una selección entre otros coreógrafos candidatos, fueron buenos incentivos para ese cambio a 3000 kilómetros de mi país. Y luché además por mejorar las calidad de vida de mis compañeros de equipo, especialmente los bailarines (que solamente atienden a su coreógrafo por muchos jefes que hayan y allí habían más de 30) consiguiéndolo tanto en salario como en horas de trabajo específico y acomodación.
Así un día pasé, extranjera al fin y al cabo, de ser «mi estrella de la buena suerte» de mi jefe, dicho en la presentación del equipo de 2004 a «mi coreógrafa española» en la fiesta del turismo de 2005 en la discoteca «Arma» de Antalya, tal y como presumía el director general que tenía fama de extremadamente exigente y terrible… y, todo hay que decirlo, anteriormente nos habíamos conocido en una tensa reunión con todos los directores, que se saldó con mi análisis (aunque no era mi tarea, pero debía defender los resultados ajenos y que no perjudicasen a nuestra sección) de algunos fallos en la gestión de personal que nadie, ni él, pudo rebatirme. Básicamente, cómo la sed de los clientes a las 11’30 de la noche, en un resort que ha sufrido recortes de personal en el bar, puede influenciar negativamente en el excelente trabajo de los artistas y espectáculos que tienen las mejores puntuaciones en los cuestionarios de calidad. Me reservo las conclusiones.
Es posible que algún día relate, de forma cronológica y también posiblemente emocional, como esa felicidad estuvo salpicada de anécdotas de todos los colores que dicen mucho de las pelotas que tuve que poner si o sí. Me ha tocado coreografiar y dirigir en unas condiciones diversas.
Ante la opción de quedarme o ser leal a mi jefe y marcharme porque él se iba por un desacuerdo sobre los presupuestos de la animación interna de la empresa, elegí la romántica e idealista; me fui con él. Salí llorando del aeropuerto de Istambul en febrero de 2006 dejando atrás algo más que compañeros muy queridos que se han desparramado por todo el planeta y agotada del trabajo, mucho con pasión y sin medida.
Es mi sello. Sin falsa modestia. Solamente mis animadores y bailarines, saben lo que logramos y sentimos. Hay quien todavía se emociona al recordarlo. No hablo de viejas glorias ni saco el ego a pasear, pero ya puestos a expresar, encontrarnos y compartir aquellos momentos, divertidos y duros… fue lo mejor de mucho tiempo en nuestras vidas, que a partir de allí cambiaron sin imaginarlo.
Otros llegaron posteriormente y se llenaron la boca de éxito con producciones «empaquetadas» por agencias. Lo cierto es que durante 26 meses, fui la primera y única mujer catalana y española, coreografiando, creando y dirigiendo, como residente para una empresa turca de gran nivel. Pude recibir tanto el cariño como el respeto de un público de nueve nacionalidades y querer complacerlos a todos, era una ardua tarea pero satisfactoria.

Me despedí de bailar en el escenario allí sin saber que serían mis últimas actuaciones; con el tema “Last Dance” de Planet Disco y con “Bye bye blackbird” de On Broadway. Sucedió en pleno agosto, al conocer una de las peores pesadillas, la urgencia por un cólico nefrítico. Tocada y muy medicada acudí a montar y supervisar las escenas para el “Zafer Bayram” la fiesta patriótica de Agosto, realizada excepcionalmente en la playa juntando a los clientes de Kremlin Palace y Topkapi Palace, los buques insignia de MNG Holding, auténticas edificaciones a escala. Para ese día hice la coreografía especial de “Meliki bar” con las banderas nacionales, solamente me faltaba sentir el respeto y la gratitud de los turcos llorando de emoción, pues son muy orgullosos pero sentimentales con lo suyo, para asimilar que desde entonces siempre hay en mi cielo el color rojo con una media luna y una estrella, como en aquel verano esperando a comenzar los ensayos a las 12 de la noche, con las notas que nunca miré (me lo sabía de memoria, las posiciones, los trajes, los roles y los decorados) y el minidisc del repertorio, en una tumbona de la playa. Lujos asiáticos de esta nómada que nunca se conforma, más bien se rebela con el “no se puede” y “tú no”

Amo a Turquía por todo lo que representa y ver la película «Operación Fortuna» ha desencadenado ese torrente de pensamientos, recuerdos y sensaciones que todavía no acabo de mostrar en su totalidad. No sé si alguna vez volveré de vacaciones… no regreso allí donde fui feliz, además el tiempo transcurrido me resulta más que nostálgico, implacable.
Parece que fue ayer, pero no. Parece que es hoy y aquí quedan algunos de esos aplausos de pie.
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