Quienes me conocen saben que no soy persona de celebrar tradiciones, aunque respeto las elecciones de los demás. La única creencia que conservo, heredada de las mujeres de mi familia es la de conservar el día de difuntos y en la intimidad.
La sangre que me precede vive en la mía y no necesito poner flores ante los cuatro ladrillos y una losa que bien nos cobra el Ayuntamiento desde hace 62 años, aunque el columbario sea de nuestra propiedad. Dicho sea de paso, ni enterrado se puede estar en paz puesto que si no se pagan las tasas de conservación en veinte años, los huesos de mis difuntos serán desalojados. La cuestión es cobrar, como si no se amortizara constantemente el derecho de uso del cementerio de Montjuic con la entrada de nuevos inquilinos. Me parece una usura municipal sobre el duelo. Lástima que no estaré presente para el día de cobro del recibo, cuando este planeta sea engullido por el Sol o lanzado en carambola interestelar por una colisión con Andrómeda o vaya usted a saber si nos extinguimos mucho antes a capricho de un meteorito, un volcán o una catástrofe nuclear. Así contemplo la poética de lo absurdo.
Esta afirmación surge por el tema de hoy que no tiene nada que ver con el espectáculo. El día cinco de mayo se homenajea a los deportados y fallecidos en Mauthaussen y en otros campos de concentración y a las víctimas del nazismo. Por una vez quiero dejar constancia.
Había escuchado en casa de las primas Pijuán de mi madre, cuando era una adolescente la historia de su padre que desapareció en Alemania. Estaba comprobando unos datos para mi árbol genealógico en Myheritage.com, cuando me dio por consultar al gran oráculo de internet, que me facilitó rápidamente la ficha oficial de F. P. A. en Gencat, el hermano mayor de mi abuelo materno.
En un momento, con aquellos datos que ponían nombre a una persona de mi familia, pasaron ante mis ojos y me inquietaron profundamente los sentimientos por todas las penurias que tuvo que sufrir aquel hombre, un trabajador de aquella Barcelona industrial, con tan triste final.
F.P.A. que trabajaba como mecánico en Barcelona, vinculado a “los rojos” pasó la frontera en 1939 y fue a parar a Provins (Francia) desarrollando trabajos agrícolas. Allí fue detenido y encarcelado en Frontstalag en 1943. El 21 de mayo de 1944 lo metieron junto a centenares de personas en un tren en la estación de Compiègne. Llegó al campo de concentración de Neuengamme (Alemania) el 24 de mayo para ingresar en el subcampo de Watenstedt Salzgitter. Una carta y unas pocas pertenencias recibidas por sus hijas, indicaban que murió en el campo de Buchenwald.
Una de tantas personas anónimas, en fotografías y reportajes históricos, uno de esos seres humanos esclavizados en los barracones del horror es un antepasado mío y, curiosamente, su existencia me relaciona directamente como prima segunda, con un famoso periodista y presentador deportivo en televisión.
No somos ajenos a ninguna guerra y ninguna guerra nos es totalmente ajena.
Descansen en paz, nadie sabe con exactitud donde, F.P.A.y tantos antepasados perdidos por la barbarie que nos define.


Hay una tendencia a sobrevalorar el “carpe diem”. Dígame alguien que el pasado ya no cuenta y venga ya con la milonga de que la “Memoria Histórica” remueve heridas que no convienen en la actualidad. No hace falta apelar a los muertos sin identificar, con esa falta de respeto a las familias y su legítimo derecho a recoger sus restos, para crear brechas nuevas en esta España que como tantos otros países no aprende de su pasado sangriento. Esperemos que tantos ineptos en cargos y tantos demócratas de escaparate no caigan en la torpeza de la condena a repetirlo.
En el portón de Buchenwald reza: “A cada uno lo suyo”. Me faltan insultos y me sobra piedad.
Descubre más desde Memorias de una Corista
Suscríbete y recibe las últimas entradas en tu correo electrónico.