Muchas personas se sorprenden de mi buena memoria.
No, no he apuntado nada, nunca, nada que me obligara a mal recordar, pues a veces lo que necesitaba era un buen olvidar.
Imposible. Demasiada memoria para, incluso asuntos irrelevantes. Auditiva. Visual. Sensorial. Rozando la perfección en el detalle.
Mis agendas dejaron de existir en los 90. Y mis calendarios de pared con tareas, escritas, sobre el 2011. La única agenda es la sanitaria. Ni cumpleaños ni eventos.
Exceptuando la niñez, que permanece en una urna de cristal, frágil pero a resguardo, el mimbre sobre el que he tejido los recuerdos, se llama baile. Qué bailaba. Con quién. Qué obra. Qué ciudad. Qué año. Qué viaje. Qué anécdota o suceso. Qué amigos, jefes y compañeros. Qué música. Qué ambiente. Qué luz.
Cuando «hago memoria», incluso no queriendo esforzarme, aparece la película sin retoques; veo y escucho, huelo y percibo las personas, los trajes, los perfumes, ambientadores o el aire sea de una carretera o de un espacio determinado. Las situaciones y «las intenciones» sin un ápice de fabulación. En cambio la historia estudiada, lo que no he vivido, es para mí un tiempo perdido y por lo tanto una vida que no he vivido y no me ha interesado perpetuar.
A través de todo ese baile de alumna, corista a creativa y docente, he vivido de forma apasionada lo más natural y normal de la vida con doble de hielo, de ración y de emoción. Con una energía desproporcionada, imparable, por la alegría de ser, estar y por la euforia de seguir imaginando y haciendo realidades, sin drogas ni estimulantes.Pero también con inspiración y sin ella. Con proyectos y sin ellos me he sentido sola, pues en tu mente no entra nadie, más bien sales de ella para explicar y poner orden a una idea posible y trabajar.
Conquistar. Convencer. Vender. Producir.Una intensidad personal que pasa factura. Es mágico y agotador. Es reto y aventura. Es amor propio y amor al ajeno. Momentos depresivos y de gran ansiedad, signos de los tiempos pero que entonces no podía permitirme, ni una baja laboral ni un «burn out».
Pasa el tiempo, sigo recordando más de lo normal. Y sigo mirando delante con la coherencia de lo aceptable midiendo fuerzas y posibilidades. A través del baile también se han diluido relaciones. Se han agrandado distancias y se han forjado complicidades.
No me puedo quejar. He hecho todo lo que he deseado y más.
Recordar es revivir y lo más amado, actualmente, llena el vacío de unos y lo más temido ha marchado para dejar espacio a lo que más debe importar. Cosas próximas sin importancia comienzan a desvanecerse pero otras, continúan intactas como si no pasara el tiempo. Es una sensación extraña, ignoro la causa y la generalidad. En algunos momentos acepto que me hago mayor, estoy aquí y ahora y en otros no me creo precisamente eso. Que esto es ahora. Con toda esa lucha, aventura y osadía como leitmotiv.
Una contradicción más. Una curiosidad más que me lleva a provocar situaciones que me permitan seguir con la memoria activa para seguir sabiendo que suceden cosas y estoy viva.

Descubre más desde Memorias de una Corista
Suscríbete y recibe las últimas entradas en tu correo electrónico.