Porque te quiero

Piensas, quieres creer, que la gente es buena. Comienzas, después de casi 14 años de patear escenarios a tener suerte. No una gran suerte. La justa, la normal para quien trabaja a todo riesgo, sin S.S., sin vacaciones, sin pagas extras, en la carretera con bolos que comienzan a las 4 de la tarde cuando sales de viaje y terminan a las 6 de la mañana llegando sana y salva a casa. Piensa que es lo que toca, porque elegiste ese camino, el del musichall, por convicción y no por segundo premio de consolación.

Una abandonó el tutú que le quedaba ridículo con sus caderas y sus curvas. Abandonó la enseñanza, pues a los 20 no se es profesor de nada y menos de baile. Abandonó su barrio. A sus conocidos. Una se paseaba con pantalón de chándal de raya lateral, ya, en 1984 mucho antes que la «Spice girl» de turno.

Aprendí lo que era ser profesional, evitando cualquier riesgo; no patines, no montes a caballo, no esquíes. No hagas nada que ponga en peligro tu cuerpo para no perder la carrera hacia tu objetivo. Vi como mis compañeras y/o amigas desaparecían de la danza absorbidas por el destino, aparcando sus ilusiones. En favor de la estabilidad familiar, la comodidad, el trabajo que parecía seguro y librándose del menosprecio vecinal. Fui sola a a más clases para perfeccionarme, a los castings, a conseguir un contrato que luego no se cumplió. Una ha vivido toda clase de peripecias en la profesión y sabe lo que “no quiere” ni para ella ni para los suyos, a quienes, futuramente, embarca o guía.

Cuentas con bailarines noveles, preferibles en término de tranquilidad a los veteranos resabiados o quemados. Sabes lo que está bien, regular y mal. Lo inconveniente y lo necesario. Te pasas así la vida, luchando por un sueño llamado trabajo y que compartes con la misma pasión de joven con tus alumnas y bailarinas principiantes y como me dijo una de ellas: “es tu sueño, no el mío”. Pero bien que cobraba en su primer año, como ni yo cobré cuando empezaba.

Acompañas al productor a buscar un material para un montaje. Se hace tarde. Te invita a cenar. ‘Hablaremos, de paso de un próximo proyecto», dice. Él pide risotto, consulta disimuladamente una tarjeta de la añada de vinos para hacerse el entendido delante del camarero y para resultar interesante delante de esta que escribe. Un hombre de mundo. Un triunfador. Un amigo, dice él, y que además te valora. Te suelta el discurso de lo solo que se siente, con una mujer que no lo apoya, una hija menor que no percibe sus conflictos y un equipo de producción del que sospecha que sigue ahí por el interés.  Él, la víctima.

Y de repente todo se detiene en un segundo interminable. La escena, las voces de otros comensales, el maldito vino de añada correcta bailando en la copa, los cubiertos en suspensión flotando sobre la mesa. Tal cual, petrificada en una Sodoma instantánea o como un conejito paralizado delante de los focos de un coche, cuando él te dice: «Es que yo, te respeto, te admiro, eres una gran currante…. yo hago esto porque “te quiero”. Mientras alcanza tu mano y la acerca por debajo de la mesa a su pene erecto.

Te rindes al hecho de que eres una presa más. De todas las formas de acoso, la más diabólica y falsa, es la que se presenta con el pretexto del amor.

El desorden anímico que produce en una persona sana, que no quiere ser partícipe de esa estilo seducción repugnante. La duda que enfrenta sus valores, con un mundo cómodo y seguro, hecho a la medida del depredador. Estaba, tremendamente hastiada y a la vez, presionada por ser la responsable de un equipo de personas a quienes responder económicamente, mi propio ballet y muy segura de que no quería pagar “ese precio”. Tenía, además, una relación de pareja que iba derecha al desguace, lo que me hacía doblemente vulnerable.

Eres una más, de las muchas mujeres que aquel hombre intentó seducir aprovechando su posición de poder, pero entonces no lo sabes, te enteras después por rumores que adquieren fuerza y credibilidad. Pero no dejan de ser rumores. Tienes que seguir trabajando, callando, disimulando y fingiendo simpatía en público, so pena de perder todo del mismo plumazo que te aterrorizó asiendo el pene erecto de un famoso y a todas luces, para la que escribe; perdedor.

No te levantas de la mesa, porque entre el pene y su mano, tienes una garra, un cepo de carne y hueso que te está asiendo sin dejarte escapar, con un miedo atroz. A la vergüenza, a la visibilidad en un lugar público, a las consecuencias. Temes, además, el impacto de la propia decepción, por creer en la amistad y el trabajo serio. Te está sucediendo a tí, entiendes que de ello depende que se llegue a un fatídico final.

Para desdramatizar y antes de que se me adelante el gurú de turno diciendo que «no es para tanto»; Una de repente se convirtió en un híbrido del Correcaminos (el que se la pegaba al Coyote) y la Cenicienta perdiendo el taxi-Carroza de Calabaza. Ahí estaba, «En el Laberinto» sin David Bowie cantando de fondo y en vez de buscar la salida de forma parsimoniosa, pensando en como huir.

¿Es que no era digna de amor, estima o respeto?, me lo estuve preguntando durante mucho tiempo. Si, pero lo sucedido no era nada de todo eso. Y entonces, dejé de ser aquella buena chica.

Tenía 31 años y toda la vida artística por delante. Ahora la tengo por detrás, comprenderéis la desconfianza y el rechazo a los encantadores de serpientes que van de caballeros, saben de vinos con la tabla en el bolsillo y están dispuestos a humillarte con el “sable en la mano”.

La última vez que hablé de esto estuve llorando desaforadamente y vomitando literalmente durante dos horas pero ya hace mucho tiempo. Pude recuperarme y esa mala página se tomó la libertad de pasarme a mí.

Si no lo comprendéis, no os deseo a nadie, mujer u hombre, que paséis por ello.

Lo importante no es llegar y mantenerse. El éxito está sobrevalorado.

Lo que de verdad me importa es el llegar, hacer, crecer y marchar. No instalarme en la rutina, fluir con personas y proyectos, para seguir allí donde me corresponde y merezco estar. Y así ha sucedido.

Soy una máquina de hacer dinero. Mis shows e ideas nunca han generado pérdidas pero tampoco he ganado premios de difusión cultural. Sin ser empresaria he dado ilusión y empleo a personas que jamás creyeron que lo conseguirían hasta que nos encontramos en la vida. Se puede volar aunque se te rompan las alas, pero asegúrate de que llevas un perfecto paracaídas. Revísalo tú, controla tus deseos, objetivos, entregas, renuncias y tu valiosa vida.


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Publicado por Carolina Figueras Pijuán

Directora artística. Coreógrafa & Creadora. Educadora. Experta senior. Autora del libro 'Memorias de una corista'.

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