Lo de trabajar sin cobrar

Fragmento del capítulo 05 Revisitando Colsada

Un día hubo una reunión con mucha expectación para anunciarnos la filmación de la película Las alegres chicas de Colsada, basada en el libro de Fernando Vizcaíno-Casas, con dirección de Rafael Gil y fotografía de José F. Aguayo. Los actores principales eran Tania Doris, Luis Cuenca, José Bódalo, Fernando Sancho, Antonio Garisa, Francisco Valladares, Helga Liné y Carmen de Lirio. Los bailarines ganábamos 19.000 pesetas semanales por dos funciones diarias cinco días a la semana, una el domingo de tarde y el lunes de descanso. La noticia que tomamos como un buen sobresueldo, se convirtió en un conflicto. Se pretendía que trabajásemos en la película gratis. Hubo mucho enojo en el cuerpo de baile.

Alguna vez, en pasillos y camerinos, se veían pasar de refilón los llaveros de Franco, símbolo ideológico idóneo para su negocio. Era sabido que la dictadura benefició a Colsada. Muestra de aquella mentalidad eran las leyendas existentes que se daban por ciertas. La primera, refrendada por varios conocidos, era la permanente intimidación de poner en la frontera a los bailarines extranjeros si quedaban mal y pretendían seguir en España. Eso, gracias a su línea directa con las fuerzas de seguridad, le otorgaba un dominio indiscutible. En cuanto a los nacionales, no hacía falta tirar de instancias oficiales, si corría la voz entre los otros empresarios con quienes tenía sociedades, acuerdos o producciones puntuales, no trabajabas más.  (En otro capítulo relato lo que sucedió conmigo por un telefonazo).

La segunda, era el hecho de “marcar” como sindicalistas y, por tanto, problemáticos, acotando las posibilidades de prosperar en un ámbito tan cerrado, a los artistas que pidiesen calefacción en invierno, ventilación en verano, mayor sueldo en gira… Esto significaba: ver, oír y callar. La necesidad de conseguir mejoras siempre estaba presente, incluso jugándose el puesto. Alguno lo perdió y le costó un tiempo considerable encontrar otro. Ante aquella situación irregular, los compañeros en el coro, mayoría ingleses, argentinos y algunos españoles, tuvimos un encuentro en el camerino grande de las chicas para valorar cómo iba a afectarnos el no aceptar aquellas condiciones.

Don Matías consideraba que madrugar a las cinco para acudir a maquillaje, ensayar las coreografías de Portillo, que iba haciendo sobre la marcha, repitiendo y repitiendo, durante la mañana, filmar, parar para comer y seguir filmando hasta media hora antes de empezar la función de tarde, no era motivo de merecer un salario. No quería pagar. Un chico pidió información a un amigo en la industria del cine, que sí se regía por unos sueldos pactados, y le explicó que lo mínimo como figurante rondaba las 3.000 pesetas diarias, con categoría de bailarín correspondía más. Ante nuestra proposición de cobrar lo mínimo, se nos respondió con un consabido sermón basado en el agradecimiento por tener trabajo y la advertencia de poner otro ballet.

Era muy fácil saber si había bailarines y coreógrafos entre el público. El subidón inusual de fuerza de algunos compañeros resultaba sospechoso y ciertos aplausos para el ballet, en su número solo, resultaban exagerados y más cuando ya llevabas cien funciones y se iba estableciendo la ley del mínimo esfuerzo. En la tarde siguiente, silencio total, hábito de primera función, sin la vitalidad y la chispa de la noche. Sentados al fondo de la platea, un jefe de ballet muy conocido y una coreógrafa con algunos bailarines. Se corrió la voz como un reguero de pólvora sobre el escenario: «¡Los buitres al fondo!», exclamó un chico. «¡Ya están aquí los sustitutos, nos van a echar!», dijo una. No nos gustó que estropearan aquel pulso que era un beneficio en general. Gags de exponerse y venderse en el ámbito voluble y desleal. Al salir de la función, un besito, como si nada. Los jefes de ballet en shows pequeños y coreógrafos eran la fuente principal, nadie les afearía aquello, no había tantos en Barcelona y años más tarde trabajé con ambos. Cada cual usaba su fuerza o su truco. Nosotros, unidos, por primera vez, no íbamos a perder aquel empleo ni a trabajar gratis.

No entendíamos cómo Colsada estaba dispuesto a desmontar aquel equipo, con un cambio radical en la obra en cartel, por abaratar la película. Hicimos funciones de tarde, algún martes y miércoles para cinco personas y con descuento de jubilado que no salían a cuenta ni por el gasto eléctrico. El perder dinero, si le complacía, no era impedimento. Sabíamos que acarrearía un enorme dispendio, sustituir, pagar los ensayos (medio sueldo) a dieciséis bailarines de reemplazo y a la vez mantenernos en la función, a no ser que cerrase el teatro hasta la adaptación de los nuevos. De cualquier manera, se contabilizaba como pérdidas. Los chicos bajaron a vernos desde sus camerinos minúsculos en un altillo construido en madera, crujiente a cada paso, sobre la cabina de Rafa González, el jefe de luz y sonido, en el lado izquierdo del escenario. Decidimos pelear por el sueldo de figurante. Finalmente, la cordura y nuestras condiciones se impusieron.

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Publicado por Carolina Figueras Pijuán

Directora artística. Coreógrafa & Creadora. Educadora. Experta senior. Autora del libro 'Memorias de una corista'.

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