Coreógrafa de Colsada

Fragmento del capítulo 6 Luces de neón.

Colsada, normal, quería garantías, yo no era nadie. Ángel Amar se encerró con Bolívar, Vidal y Colsada en la oficina y se las dio, respaldando mi ofrecimiento. Al fin y al cabo, por muy responsable que pareciese, era nueva y siempre habían gustado mucho los nombres de fuera, cuanto más pomposos, mejor. Colsada aceptó, manteniendo el cuerpo de baile durante ese mes.

Hicimos un debut bonito. Las críticas en prensa fueron buenas y el Ballet Imperio’s, fue mencionado como “el baile con números standard de un ballet convencional”. Como coreógrafa debutante, en términos estrictamente profesionales, eso era mucho más que un aprobado. En el repertorio, “Las chicas alegres”, obligatoriamente; una fantasía oriental, “Le jazz hot”, de Víctor Victoria; mi “Cancán”, de Cole Porter, de la película del mismo nombre; y la presentación de Salomé con “Vivo cantando”. Ella, Antonio Amaya y Rafael Conde tenían su público, no era un lleno absoluto, pero mucho más que algunas de aquellas poco rentables tardes de escasos jubilados. Mis padres y hermano vinieron al teatro con mi abuela María, que era muy fan de Amaya. Fue una normalización familiar y la materialización de ser coreógrafa —pudiera decirse profesional— tal como había imaginado de adolescente mientras jugaba con aquellas primeras niñas de la academia. Tenía 24 años recién cumplidos y un espectáculo en el teatro Apolo de Barcelona. 

Seguía llevando el cabello corto. Usaba el famoso moño postizo de los principios. Un día, no sería por la ingente cantidad de horquillas y pasadores que ponía, sentí que el moño se desprendía y cuando quise llevar la mano para cogerlo, lo vi en el suelo en medio del cancán. Aún no había tenido tiempo de agacharme a recogerlo, intentando disimular, cuando una de las chicas le dio con el pie y me lo arrebató, comenzando a rodar hacia el centro. Tuve que asistir a los chutes y pasadas de las chicas, moño va y moño viene, de lado a lado del escenario, aprovechando el barullo en los cambios de posiciones. La situación iba creciendo en hilaridad, de todas las expresiones, la que más me temía por el descontrol, las chicas lo estaban pasando de lo lindo, soltando grititos camuflados con los propios del baile y se nos fue de las manos. Eso es lo peor que te puede pasar, no hay punto de retorno. A algunas se nos caían las lágrimas con la cara desencajada, otras intentaban camuflarse al inclinarse para recoger la falda que teníamos que subir hasta el cuello. En un lance propio de gol, el moño cayó a la platea y la persona que estaba allí sentada lo recogió, devolviéndolo a una de las chicas que continuó dándole puntapiés hasta sacarlo rodando entre los bastidores. Cuando ya estábamos en los últimos compases del número, con lo que nos quedaba de fuerzas, por tanta guasa, escuché gritos y risas que no correspondían, me giré y vi a Paula haciendo un port d’armes sosteniendo un tobillo sobre su cabeza y girando sobre sí misma, la falda volando, entusiasmada y enloquecida. Más alboroto entre las chicas y clamor en la gente del público, señalando, se había olvidado las bragas. A Monsieur Henry de Toulouse-Lautrec, no le habría sorprendido, él tuvo el privilegio de contemplar aquellos íntimos encantos que tan famoso hiciera el baile del escándalo. 

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Publicado por Carolina Figueras Pijuán

Directora artística. Coreógrafa & Creadora. Educadora. Experta senior. Autora del libro 'Memorias de una corista'.

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