Ha quedado claro para qué he publicado «Memorias de una corista». La pregunta normal es ¿por qué? Además de las explicaciones ya ofrecidas en presentaciones y entrevistas, desvelo otro motivo: «Porque nadie me dijo que no podía».
No he tenido que pelear o defender la actividad de escribir tal y como tuve que imponer mi deseo de bailar y, con el tiempo, todo lo que me propuse como medio laboral en la escena. Incluso lo que no me propuse, como la vertiente de entretenimiento turístico o la colaboración con músicos, cantantes y los ocho años invertidos en un Salou vacío de danza y artistas con mi escuela o la práctica de danza popular en Cambrils. Todo eso no estaba en el «pack del sueño a realizar». He cumplido más sueños de los que tenía. Me los ha cumplido la vida. Algo, digo yo, que haría bien incluso tomando malas decisiones, sobre todo sentimentales. El arte y el amor son adversarios naturales, el amor cautiva, el arte como vocación te arrastra. Cuando creces con el «NO», cuando el entorno se convierte en una mala democracia que no por ser mayoría tiene razón contra tu voluntad y tu derecho a elegir, cualquier obstáculo es un reto a superar. No por los demás, no por demostrarles que se equivocaban. Por ti, porque tú eres la fuerza que empuja esa realidad menos grata. Como dijo Cortázar: “Tenemos que obligar a la realidad a que responda a nuestros sueños, hay que seguir soñando hasta abolir la falsa frontera entre lo ilusorio y lo tangible, hasta realizarnos y descubrirnos que el paraíso estaba ahí, a la vuelta de todas las esquinas.” Un camino recorrido donde no hubo palmaditas ni palmas, ni aliento de la tribu que me tocó. Solamente burla y cuestiones nada razonables basadas en prejuicios e ignorancia que siempre chocaron conmigo. Ser la autora de un libro biográfico sobre la vida de una persona “no famosa” en paralelo con hechos históricos y personajes de la escena ha sido la reafirmación de que si bien antes tanta negación aumentaba mi deseo, por tozuda, lo contrario ha sido precisamente decir lo mismo; porque sí. Me ha sucedido como a Michael Flatley, el indomable «Lord of the dance». Cuando terminaba su espectáculo gritaba: Yes! era su reafirmación ante todos los que le dijeron que nunca bailaría. He bailado, donde he querido y he creado espectáculos, bien pagados, porque podía. Porque no tuve que pasar exámenes masoquistas ni juicios “maternalistas”, desde la dudosa buena voluntad de mi primera profesora de danza, negacionista y denostadora en todo lo referente a mi persona, llegando a intentar anularme y humillarme en público, hasta el más taimado de los colegas en el oficio artístico. Escribí, una vez más libre, porque podía. Gracias a los detractores de juventud acabé de forjar la dureza y la determinación. Gracias al alejamiento de la profesión, por mucho que la ame y precisamente por eso, al aislamiento antes y durante la escritura, a esa ordenación mental que te da la perspectiva, ha sido posible autoeditar; maquetar; promocionar; vender y de todo ello aprender. En cambio, gracias a quienes dijeron que «SI» ha sido tangible el otro poder, el de presentarlo en sociedad. Y no me sorprendo de que esas personas hayan acudido a la llamada, pues tenían que ser los mejores y me hicieron el inmenso e impagable favor de prestarse a esta aventura. He obtenido algunos apoyos significativos en ese apasionante desarrollo personal y profesional, bailarines; coreógrafos; castings; empresarios; amores; amigos… Siempre en la órbita del todo por el trabajo. En esta etapa de la vida, he hecho también lo que querido pero sin tener que sufrir el bonus de presión de aquellos años. Me dijo una vez Carlos Torres; «la vida es corta pero ancha, nos vemos al final». ¿Es esto el final? ¿eso es todo? ¿para eso he puesto el corazón y las tripas, dejando atrás tantas cosas que a cualquiera hacen feliz y que no me importó no disfrutar? «Podíamos» Y no éramos un pseudo partido político. Podíamos trabajar bailando. Sin seguridad social. Sin sueldo fijo. Sin miedo a qué pasará mañana. Sin certezas románticas. Sin planes establecidos tal que casa, coche, pareja e hijos. Podíamos y de eso viene, que podemos hacer lo que nos propongamos. Como escribir un libro sin tener en cuenta, como antes sucedió, la opinión, y un sutil cercenamiento, de nadie más. Por ello digo que soy autora de este libro, nadie puede negar su existencia y con ello mi historia ha sido contada para pervivir el tiempo que dure el papel en una estantería o el archivo original en un servidor de internet. ¿Os parece ostentoso o petulante?, no hay nada malo en sentirse orgullosa de haber conseguido un reto que nunca me propuse, pero que una vez comenzado ha resultado en ese viaje, palabra por palabra, recuerdo, emoción y sentimiento, de la inocencia a la experiencia que se describe en mi libro. Curioso, muy curioso, que de las tres periodistas mujeres, titulares o directoras de sus respectivos espacios en tv, radio y prensa, ninguna me haya respondido. Una cuarta sí lo ha hecho y me reservo (de momento) el contenido de su mensaje purulento, pues cuando alguien me presume de ser «gran lector», le acepto la crítica literaria, pero no el látigo. Vamos que no me acabé la «Montaña mágica» de Thomas Mann y tampoco pasa nada, eso de la digestión es algo muy personal. Ya he dejado claro en alguna ocasión que el castigo no es mi forma de placer favorito. En cuanto a quienes han leído mi historia y se han dignado hacerme alguna observación, por supuesto que hay mucha información. Tenía que contar con quienes, dónde y cuándo sucedió todo. Solamente conozco una manera, que es el relato ambientado en la pura realidad. Por lo menos, yo, no puedo catalogar en epígrafes ese movimiento orbital de todos y cada uno de los implicados en ese recorrido fascinante, en frágil equilibrio entre el deslumbre propio del género, la tenacidad personal y la sordidez detrás de las cortinas. Comprendo esa sorpresa, que por otro lado, sea quien sea el lector está garantizada sea grata o no, desde la perspectiva de quien se encuentra en 295 páginas, mucho más que una vida anónima o una batallita de señora sexagenaria, (nunca vieja gloria, que detesto) «pasando revista» subtítulo que en un momento contemplé pero descarté al adelantarse la biografía de la vedette Addy Ventura. Y otra cosa no, pero recursos también me sobran. No es la excelencia literaria, es el pretexto para documentar una época a través de mi vida. Si me conocéis bien, y si no, también, pero ahí queda. No hay nada dañino en abrir el corazón y soltar lo que se lleva dentro, una vivencia intensa y tan rápida como irrepetible, aunque hay quien cree que esta pudiera ser la historia de otras tantas artistas, pero el caso es que me sucedió a mí y he sido la primera, (de momento única) en contarlo, el cambiar nombres u omitirlos, se debe a la coherencia de no regalar un «Sálvame de luxe» a mi costa, a cualquiera de los expresamente no identificados, que no está la cosa para jugar a la ruleta rusa con el mínimo patrimonio. Y en cuanto a los difuntos, y a esa sugerencia, reproche… u opinión recibida en privado: ¿Por qué tengo que respetar la memoria infame de un muerto y su incapacidad de defenderse? cuando él no respetó mi cuerpo, mi voluntad e hizo de mi legítima defensa motivo de vergüenza, acoso y destrucción. Puede que rompa las reglas del juego de la moral y prefiero en todo caso, resultar incómoda que sumisa. Y sí, (por otra opinión recibida) esto sigue siendo negro sobre blanco, por más que omitir nombres y por mi propia protección, roce el tono gris, muy a juego con mis canas y por tanto con cierto conocimiento, de causa, la mía.Descubre más desde Memorias de una Corista
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