Stallone ¡Cobra!…

Fragmento del capitulo 07 El espectáculo debe continuar.

«Javier de Campos y conociendo al inolvidable Alfonso Nadal».

Los días fueron pasando. Una ciudad, otra y otra. Al llegar a San Sebastián, de la que ya me había enamorado con Colsada, Javier de Campos no tenía hotel. Nosotros estábamos alojados en un antiguo hostal con suelo de madera, de la “cuesta del culo” frente a la playa de la Concha, y mientras buscaba habitación, le propusimos compartir la nuestra.

Había que ver a Javier, exclamando: «¡Qué feliz estaría el General!», en clara alusión a su padre. Javier se mostraba jocoso, al compartir la cama conmigo, debido a sus apetencias por aquel tipo de hombre que él gustaba en llamar ‘púber, canéforo y querubín’.

Pasamos muchas noches charlando en el bar del hotel La mal Maison, viendo amaneceres espectaculares. En aquellas tertulias me enteré de que, aun siendo “grosero”, quiero decir, nacido en el Gros, y ya residente en Madrid, había sido compañero, en el Colegio de El Pilar, de algunos de los políticos y presidentes de grandes empresas de aquellos años. Qué poco se equivocaba aquel hombre del futuro de este país. A veces se ponía en situación y me imitaba, por lo rigurosa en la puntualidad: «Uy, uy, son las cinco, cojo mi neceser y me voy a nado hasta la isla de Santa Clara, que no se puede llegar tarde a la función», añadía con mucha gracia. Él era meticuloso, gran lector y tremendamente impuntual.

Cuando estábamos en el teatro Principal, salíamos a la calle con cuidado, a veces encontrábamos humo denso, no de artificios festivos, había algaradas y correrías. Allí, en el norte, la vida me regaló la oportunidad de conocer al gran amigo de Javier de Campos, el artista que interpretó a Pilatos en Jesucristo Superstar, con Jaime Azpilicueta, y protagonista en The Rocky Horror Picture Show,con Gil Carretero. Hablo de Alfonso Nadal. Congeniamos inmediatamente y lo pasamos en grande durante sus días de visita. Era como conocernos de toda la vida. Me quedó el sentimiento de una gran confianza —tan voluble y presta a ser perdida en ese entorno—, y unos años más tarde me demostró que era digno de ella.

En Llanes, Asturias, íbamos hacia el teatro y pasamos delante del cine local. Javier se paró delante de un póster de una película anunciada y llamando la atención de quienes circulaban, exclamó: «¡Stallone! ¡Cobra! ¡Cobraaaaaa!».

La gente miraba y no entendía nada, nosotros nos partíamos de risa queriendo quitar hierro a la verdadera cuestión, la deuda contraída por la empresaria y titular de la Compañía, ‘Bibí’, tal como él la nombraría con fina sorna y deje de doncella de burgués, al finalizar ese contrato, “mi antigua señorita”. Javier tenía tendencia a soltar una larga exclamación: «Bueeeenaaaas», con diversas entonaciones, cuando quería hacer hincapié en algo que le provocaba interés, y de todas las frases que le hicieron famoso en sus monólogos, aún repito una muy vigente: «No es de que manos dependemos sino de que garras colgamos». Era, sin duda, uno de los más ingeniosos e inteligentes humoristas que tuve el placer de conocer. Con él y con Ángel descubrí que las mejores sardinas de Santander no se comían en la playa de “El Sardinero”. Quizás arrebatada por una anterior excursión a Somo, en otra gira, también pasó a ser, ésta, una ciudad amada. Aquella iba a ser para mí “la última tournée”, título de la obra que representa Bibi con Marisol Muriel, que también participó como bailarina en la última parte de la gira, y Manuel Bandera.

Qué decir de las ciudades visitadas. Entre Colsada y Bibi, conocí todas las de España, excepto Ávila y Toledo. Si antes había bajado del autocar a la recepción del hotel, con el tiempo justo de soltar las maletas, en esta gira, saltamos directamente, varias veces, a la primera función de la tarde. Con el cuerpo entumecido, sin poder ducharnos y sin hacer un calentamiento reparador. Y de repente, devorando kilómetros durante semanas, después de viajar toda una noche, amanecimos una mañana, sin saber cómo, con el autocar metido, unos cuantos metros, en un campo de sembrado alto. Sin explicación. Entre los fumados del fondo y los que dormíamos delante, nadie supo decir qué había pasado. Ni el conductor fue capaz de dar una explicación de cómo y porqué habíamos llegado allí,  afirmando que no recordaba haber parado, ni por tener sueño. Un expediente ‘X’. Ese tema, por cierto, una decepción total, ya que en tantas interminables noches de carretera, escudriñando el cielo desde mi asiento, nunca vi nada fuera de lo normal. 

Para que tengáis una idea de la proyección física y vehemencia de mi amigo Javier de Campos D.E.P. aquí os dejo una aparición suya en TV, que alguien ha tenido la gentileza de subir, para deleite de quienes tanto le quisimos. Quienes jugaron al videojuego de «Los justicieros» de Picmatic, con el guionista y amigo Mariano Vázquez, recordarán al «enterrador», él mismo, estupendo, como siempre.

En directo, era más rotundo y en las tertulias con sus amigos, fue todo un privilegio.

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Publicado por Carolina Figueras Pijuán

Directora artística. Coreógrafa & Creadora. Educadora. Experta senior. Autora del libro 'Memorias de una corista'.

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