Fragmento del capítulo 5, Revisitando Colsada.
Si las paredes de aquel apartamento hablaran, contarían detalles sensuales y exquisitos de lo allí sucedido, con mi perfume Eau de Givenchy —el del amor, no el de pardilla— con la cadencia de la deliciosa bossa de un cassette comprado el año anterior en Bilbao: “Vinicius”, de Moraes, con Maria Creuza y Toquinho “En la Fusa”.
Quedé tan impregnada, que no he vuelto a escuchar esas canciones por mucho que las amaba y sigo haciéndolo. Sonidos, imágenes y aromas, cúmulo sensorial, a veces asfixiante. Me resisto a regresar a un paisaje anterior e interior, cuando significa tanto, por no destrozarlo con la decepción del presente. Ropa, frascos de perfumes, fotografías y objetos de los que me he desprendido para no volver a vestirme con sentimientos imposibles de reproducir. En general, no vuelvo, ni mental ni físicamente, a los sitios donde he conocido gran euforia, siendo dichosa. La felicidad es un puñado de instantes volátiles. Jamás serán iguales. Por mucho que se ensaye la escena, ya ha sido estrenada, se esfuma al bajar el telón. Escribir me ha llevado a esos territorios abandonados. ¿Cuántos somos y cuántas vidas tenemos a lo largo de nuestra existencia? Al terminar este libro, seré una más, distinta, de las muchas que he dejado atrás. Y seguiré recopilando vidas hasta el final.
Cito a Anaïs Nin, guía e inspiración, ubicada en mi particular éter, con esta frase que describe aquel momento de bossa, voluptuosidad y transgresión: “Escribimos para saborear la vida dos veces, en el momento y en retrospectiva”. Escribir me trae tanto las emociones como el alcance de mis decisiones. Tu vida no es demócrata. No tienes que consultar, votar, ni validar, la posees y la guías. No existe una mayoría que tenga razón por serlo, ni importa. Te equivocas, admites y rectificas. Puedes, siempre, darte un “golpe de estado” si no te gusta.
Ya entonces supe que sólo había una forma de dejar de pelear con mis demonios, ponernos todos del mismo lado. Y costó. No saboreo los malos tragos, no me va el revuelco en ese fango. Me niego a ignorarlos. Comprendo y acepto mi coraje crecido ante cada dificultad. No me busqué, ni esperaba la deslealtad y los disgustos. No quise traicionar. Causas y efectos, por aquella forma de aprender la vida. Como tantos, ni más ni menos. Por mucho que deseemos quedarnos con lo bonito y ante tanto lema de positivismo de estar por casa, elijo la dicotomía del tormento y el éxtasis, para poder contarlo. El único interés, más que un ruego, es no sufrir el pavor de no ser capaz de recordar.

Robert Fulghum, escribió años más tarde un libro titulado “Todo lo que realmente necesito saber, lo aprendí en el parvulario”. Me sucedió exactamente lo mismo, todo lo aprendí en la revista.
Cerré la etapa de mis primeros seis meses en un teatro. Había vivido tantas horas en el Apolo que parecía mi casa, pero aquella no era mi familia. Cualquier teatro, incluso vacío, seguiría siendo como un hogar. El apartamento, en cambio, fue un lugar donde dormí sola, siempre, pero amé y fui amada como auténtica mujer adulta. Tuve que despedirme del delirio amatorio y la indecisión en pocos días. Aquel desflore mental y emocional, fue más que un sueño dentro de otro sueño, una película dentro de una película. Le agradezco a mi amante del cine el regalo de escribírmela y convertirnos en protagonistas.
Traigo estas frases, desordenadas, de “Agua de dos ríos”, de Camilo Sesto, evocadoras de tantos sentimientos surgidos:
A ver, si quieres entender
que ya no puedes ser agua de dos ríos,
de querer llamarte y no poder hacerlo,
de chocar de frente y fingir no conocernos…
miedo al mirarnos y que alguien pueda vernos
medio amor no sirve para un corazón entero…

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Gracias por todo lo que haces pues, todo lo que haces queda impregnado de Carolina Figueras Pijuan, impregnado hasta arriba del todo. Te leo, y te estoy viendo.
No lo haces forzado, con lo cual no puedes evitarlo, en el caso que quisieras hacerlo.
Gracias. ♥️♥️
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gracias, amiga. un abrazo sincero
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