Un Cancán francés

Fragmento del capítulo 05 Revisitando Colsada.

Ensayos en el teatro Princesa de Valencia.

El coreógrafo era Olivier Briac, atractivo y extrovertido, ya conocido en la casa por su estilo de Revue moderna, mucha pierna y cadera elevada. Colsada lo anunciaba venido del Casino de París. El primer día convocaron a cuarenta bailarines para repartir horarios y temas. Dos ballets, el de Briac “Royal London Girls”, con gente de Francia, Inglaterra, Suiza, Italia y Australia; y el de Bolívar, “Supermagic 83”, con españoles e ingleses. Cada ballet tenía números distintos. Compartíamos Las chicas alegres, la presentación de Tania y finales de la primera y segunda parte. Aunque no me tocaba el cancán, por ser repertorio del “Royal”, Briac nos mandó ir a una fila para hacer ruedas car wheel cruzando el escenario. Cuando llegó mi turno, me paré y dije:

—Soy bailarina, no acróbata. No puede obligarme.

Briac respondió sin darle importancia:

Try it! Come on!

Me planté deseando acabar:

—Yo no hago la rueda —salí de la fila.

No era la primera ocasión, pero así la considero, de una faceta imprevisible y difícil de manejar; el ego en público, ¿chulería? Cuando te has roto los huesos 3 veces, ya no se olvida. Por la aprensión hacia la dolorosa ley de la gravedad y por la falta de confianza en los partenaires descuidados (por no decir bebidos), las acrobacias no iban conmigo. Error mostrarse con debilidades. Abandoné sin pedir permiso. Mal comienzo. Cuando acabó con las piruetas, volví al ensayo. Al día siguiente, mande al ego a calmarse y me disculpé.

Mr. Briac, I am sorry about yesterday.

Sonriendo, respondió:

—I understand, thanks. Don’t worry.

En Zaragoza, parábamos en el Hotel Maza, en la Plaza España. Al llegar, Rachel, lista en mano, me adjudicó habitación con una desconocida, las capitanas y sus conflictos, por antojo. Discutimos durante quince minutos. «Pago la habitación, elijo», respondí, dejándola con la palabra en la boca y pidiendo mi llave. En el momento del reparto de vestuario, fue bien, mi talla era la correcta. Los zapatos, sin embargo, eran viejos, unos cien pares plateados, tirados en un montón en el suelo, que había que seleccionar, como en las rebajas, con un jaleo de locas pegando tirones. Yo usaba unos nuevos, cuidando de que no se extraviasen, desde el Apolo, pero también me tenía que proveer de botas. En el revuelo encontré los dos pies del mismo número y del mismo par. Hubo quien llevó dos números del mismo pie y con diez nombres escritos diferentes de antiguas usuarias en el forro interior. Empresarios rácanos con tan importante herramienta de trabajo. Otra vez regresaba a la gimnasia con los taconazos, dos pisos de escaleras, tanto allí como en Madrid, con unos diez números musicales por función.

Hicimos un preestreno en el teatro Fleta, para El Pilar. En la puerta principal y en los teatros más cercanos, constaban en los grandes carteles y en los programas de mano los nombres de unas vedettes:Sara P., Alejandra Grepi y “¡oh! sorpresa”, yo, rebautizada como Caro Lina y también Carol Yna, el humor pragmático de Ignacio Vidal. No había pedido, ni esperaba, protagonismo alguno.

Esta vez la capitana —sargento, coronel y general— Rachel, por parte de Briac, no actuaba. Miraba las funciones, tomaba apuntes, ni que se tratase del Teatro alla Scala di Milano, corregía con displicencia y hacía el paripé cuando se sabía observada por Colsada que, sentado en platea, contaba bailarines sin que le salieran las cuentas de aquella inversión en personal. No recuerdo estar los cuarenta juntos más que en el día del estreno en Zaragoza y un par de semanas en Madrid. Cada día se tenía que arreglar el repertorio, para no dejar una “mella” visible y discordante en las filas. Un continuo apresurarse en pasillos y escaleras, retumbar de tacones, pisadas, retrocesos por olvidos “My hat! Your lipstick!”; grititos, jarana y avanzadillas, “Let’s go!”. Y el inconfundible graznido, dos plantas abajo, esperándonos: «Hurry up! Girls! Boys!», antes de la llamada de “los 5” para marcar posiciones en el escenario. Un mediodía, en el Hotel Maza, me llamó Sue, la asistente de la capitana, correcta y amable, muy buena bailarina, para pedirme que fuera a su habitación. Llegué intrigada. Al recibirme, me informó de que Liz se había ido a Londres a abortar y necesitaban una suplente. Nunca había conocido a una mujer que lo dijera, ni lo hiciese. Al parecer, era normal entre ellas, no una información sensible y privada. Me encontré pues con un número del “Royal” que no me correspondía. Los bailarines de Briac ponían pegas a todo y no bailaban en repertorio del “Supermagic”, un lío. Sue, y mi natural tendencia a ver las dificultades como alicientes, me llevaron a aceptar. Aprendí el cancán, que era bueno y difícil, en su habitación.

But don’t ask me to do the car wheel. I won’t —puntualicé.

Me lanzó una sonrisa, asintiendo con la cabeza, respondiendo:

—Tú no “hago” la rueda, de acuerdos.

Contesté divertida por sus ganas de aliarse:

—Yo no “haces” la rueda, all right, perfect!— .

Me marcó algunas posiciones entre las crucecitas, en una hoja de papel, contando y sin música. No había tiempo para repasar con las chicas antes de la función. Al llegar, me dieron el traje y me vi en la tercera caja de la izquierda, en el gran Fleta, aquel inicial de mi primera experiencia rusa, habanera y jotera, a punto para estrenarme con aquella exquisitez francesa, sabiendo solamente delante y detrás de quién iba al entrar. Con buena voluntad y sin equivocarme en nada, de ver los ensayos en Valencia, ya sabía más de la mitad y me apunté el tanto. Estuve haciéndolo durante unos días. Aprendí a hacer las pirámides de cuatro chicas juntando una pierna en alto, “a la quatrième devant”, apoyando sólo un pie unas contra otras, por encima de la cabeza, sujetas por los codos y tirándonos al spagat o split en el suelo, colocando bien el tacón, girando el tobillo y resbalando, pues si no, te quedabas trabada. También aprendí las galopadas, la correcta sujeción de la falda, los fouettés y rond de jambe. Al volver Liz y recuperar su puesto, Briac, guiñándome un ojo, me dio las gracias. Poco a poco, empecé a participar en los números del “Royal”, junto a otra inglesa del “Supermagic”, para ofuscación de la protagonista desterrada a la cuarta fila, que entendía los privilegios, sólo, de su lado. Bailaba con los mejores y me superaba con ellos. Creo que tuvo mucho que ver, por estar allí, el amigo Peter Smith, asistente de Briac, mi primer coreógrafo en el teatro, quien me enviara al spot de Freixenet. Como dice un amigo querido, gran lector y filósofo, el señor Asensio, a quien le sustraigo la frase sin remordimiento: “No hay una segunda oportunidad para causar una primera buena impresión”.

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Publicado por Carolina Figueras Pijuán

Directora artística. Coreógrafa & Creadora. Educadora. Experta senior. Autora del libro 'Memorias de una corista'.

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