Dos maletas y una pensión

Fragmento del capítulo 01 Lentejuelas, plumas y tacones.

Dos maletas y una pensión.

Viajamos durante toda la noche a Zaragoza para las fiestas de El Pilar. Estaba conociendo mundo, sólo había ido de vacaciones a Cambrils con mi familia, y a Madrid con la academia cuando lo del concurso de televisión Gente Joven. No había tenido tiempo de hacer turismo en Alicante ni Cartagena. El callejear, había consistido en el camino del hostal al teatro. Aquella fecha era la culminación de todas las giras en las grandes fiestas municipales en el país y eso suponía una gran dificultad para encontrar habitación en Zaragoza, ciudad que amo con todos los contrastes y experiencias que me ha ofrecido, intermitentemente, a lo largo de los años.

Jamás olvidaré la primera visión, cruzando el Paseo Independencia, medio despertando en el lado izquierdo, acurrucada entre dos asientos, al alba. Bajar del autocar en la acera, en la esquina de la calle Coso con la calle Mártires, a la entrada del Tubo, arrastrando, literalmente, un par de maletas, una de ellas, siempre conocida como la de “por-si-acaso”, con cosas imprescindibles que rara vez usé, mientras el aire me daba una bofetada de fritura caliente, olor a alcantarillas y orines antes de encontrarme con que no tenía habitación. Los bailarines y yo misma, todavía metida en esa fase de “haz lo que vieres”, pasamos de hostales sencillos y pulcros a pensiones a cuál peor por dos razones básicas: la imposibilidad de encontrar precios económicos y la necesidad de ahorrar. Al final de la gira, comprendí que aquella incertidumbre era inherente a la profesión, la cara menos amable de conciliar la vocación y la seguridad que todos queremos. No tenía tiempo de pensar en el después. Por mí habría continuado “en fuga” de Barcelona un par de años más. Si hubo un presente totalmente focalizado en mi carrera, fue ese. No podía prever ni planear, sólo aprender y disfrutarlo.

Llegué a una pensión cuyas ventanas daban a la misma fachada de El Plata, con un par de compañeras expertas en las giras. Tenían en su agenda una lista completa de alojamientos con sus precios anotados al margen. Todos se colocaron rápido por la reserva, mientras yo solicitaba, ya no una habitación individual, una simple cama libre, a ser posible, limpia y que no se hundiera. De allí me enviaron a otra pensión unas calles más atrás. Y a otra. Y a otra. Finalmente, ya bien entrada la mañana, con sueño y cierta desazón, o tal y como acostumbro a expresar, con «burbujas en la cabeza», hambre y flojera, me ofrecieron de vuelta a la calle Mártires, subiendo por una escalera oscura y húmeda, una habitación a compartir con una señora de un pueblo de Soria que tenía a su hija paralítica en el hospital. Estaba cansada de dar vueltas y ante el riesgo de quedarme sin nada, acepté dormir con una desconocida en la habitación más fría y fea de las que aún me quedarían por conocer en nuestro país. Una cama, al menos, donde dormir mínimamente confiada. Costaba 300 pesetas al día.

El olor era nauseabundo, una mezcla de guiso rancio y agua de fregar suelos. Al caminar, las baldosas, ennegrecidas y rotas, se levantaban emitiendo leves crujidos que bien podrían ser efectos de una película de terror. La ventana, con su cruz de madera carcomida, daba a un patio donde había basura y decenas de gatos enfadados, maullando y peleándose constantemente. Al asomarme, tratando de respirar aire fresco, fue peor. Los gatos dejaron por un momento sus trifulcas y se quedaron mirándome, acechantes. Como colofón, las cucarachas.

En cada función me olvidaba de la pensión, pero al regresar la añoranza de cosas sencillas, a las que antes no había dado importancia, era constante. Como el sol que se colaba en mi casa desde buena mañana y que a aquel lugar, horrendo y enmohecido, no llegaba jamás. La comodidad de la lavadora en la galería del bloque Tagamanent de la Cooperativa de Viviendas Montseny, por donde subía hasta mi habitación el aroma de los detergentes y de la ropa tendida de cada piso. No vi lavanderías. Podía pagar por una colada compartida con otra gente, pero eso no me agradaba. A duras penas podía lavar lo indispensable y dejarlo secar en la habitación o en el camerino. ¡El baño!, imprescindible. Si quería ducharme con agua caliente, debía pagar un extra de 50 pesetas diarias por adelantado. La patrona no se fiaba. Encendía el calentador vigilando lo que tardabas y volvía a apagarlo. No coincidí con los demás huéspedes de aquel tétrico lugar. Bien podrían ser fantasmas, delincuentes, militares, vendedores, según intuía, prostitutas…; nunca lo supe. Más de una vez tuve que apostarme en mi puerta, correr antes de que alguien pudiera adelantarse. No salía a la calle con el pelo sucio y sin ducharme aunque me costase levantarme más pronto y hacer guardia.

Alguna noche, al terminar, tampoco tenía ganas de vagar con los compañeros. No bebía ni una cerveza y a veces la onda no era la misma. Tenía que llegar salva desde el teatro Fleta hasta la portería. Me cruzaba con algún hombre de andar torcido que miraba aún más torcido. Entraba en la habitación a oscuras para no molestar so pena de no poder comprobar si alguna cucaracha tenía planes de intimar en mis sábanas raídas. La señora de Soria se despertaba y me preguntaba si estaba bien, me contaba las cuitas de su hija en el hospital, desconsolada pero serena, ya que tampoco ese día había recibido respuesta de la carta que había enviado a la reina Sofía pidiendo ayuda. No sabía qué decirle, era difícil animarla. Ya de niña, la esperanza no me pareció un consuelo, más bien una demora, en general engañosa, creía, un parche puesto a lo inevitable.

En mi habitación de casa, mientras fantaseaba escuchando musicales de cine con un simple cassette, me hice experta en levantar y mantener libre de asaltos enemigos mis castillos en el aire. No conocí el desánimo. En comparación, en el último momento antes de caer rendida en aquella pensión, mi pequeña radio, ahogada bajo la almohada, traía sonidos muy distintos para tantas inquietudes y sueños por cumplir. Un sinfín de emisoras incomprensibles, en árabe, que me causaban una sensación de vacío y extrañeza. Viajera en mi país —como si fuese otro desconocido— en aquella primera peripecia. Creando mi propia realidad, prácticamente abducida en otro mundo en el que me iba adentrando sin darme cuenta a gran velocidad.

Detrás de las puertas de las habitaciones, y a través de alguna ventana entreabierta, los días laborables se mezclaban diferentes emisoras con aquel ruido metálico que me hacía perder la noción del tiempo y, no lo negaré, querer volver a casa. El decorado, la banda sonora, no daban pie precisamente a un comienzo glorioso —nadie prometió que lo fuese, y en cierto modo hubiera sido raro—. Estaba inmersa en mi propio desafío y las desilusiones no iban a sumarse a aquella mezcla de voces y música imposibles de armonizar, junto al espeluznante maullido de los gatos y el crujido de las baldosas, o a saber —no quería enterarme—, si de alguna cucaracha aplastada. El domingo por la mañana, sin embargo, aquella Babel hertziana daba paso a otro tipo de ambientación. Los viajantes masculinos se adueñaban del baño, uno tras otro. Se afeitaban parsimoniosamente, silbando, y mientras corría el agua del grifo con aquellos golpecitos de las maquinillas en el lavabo, se oía el transistor, uno sólo, casi con alivio. El liviano rumor de fondo se iba colando, despertándonos. El ambiente de la pensión rozaba aquello ya reconocido que me producía a la vez repulsa y curiosidad por lo novedoso y novelesco. Lo sórdido. Aún sueño, a veces, con esas escaleras tétricas y el cuarto que me enfrentara a la verdad de las coristas y no a sus sueños.

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Publicado por Carolina Figueras Pijuán

Directora artística. Coreógrafa & Creadora. Educadora. Experta senior. Autora del libro 'Memorias de una corista'.

2 comentarios sobre “Dos maletas y una pensión

  1. todo lo que dices es verdad se pasaban canutas en aquellos tiempos y unos años antes peor, todos los que no eran figuras a vivir en hostales como dices y en pensiones, y comer en casa pepe que ese bar estava en todos los pueblos y ciudades de españa

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