El año nuevo trae consigo la necesidad de reajustar prioridades. Como no quiero pillarme los dedos con proyecciones aventuradas, deseos insatisfechos y frustraciones que amenazan con volverse crónicas —y basándome en el hecho de que todavía no he oído a nadie decir «el 2026 será mi año»—, he decidido ser realista: he pospuesto todas mis buenas intenciones para el año 3.026. Al fin y al cabo, siglo arriba, siglo abajo…
Sin embargo, tengo una ilusión: ver a Bruno Mars en su próximo concierto en Madrid. Sería mi primer concierto en la vida disfrutado así, sin tener que sacrificar un día de trabajo por miedo a perder el puesto, como pasaba antes. Pero mientras espero el gran show, me he marcado un objetivo para estos meses que es tan sencillo como urgente: a partir de ahora, solo «escucharé» los vídeos. Me he cansado de verlos.
La sobreexposición visual ha saturado el medio hasta el punto del colapso. Hoy en día, cualquiera que se mueva un poco más que un Playmobil se exhibe sin pudor como bailarín. Si antes se decía simpáticamente que un coreógrafo era «un gay que sabía contar hasta ocho» (por aquello de cuadrar los compases), ahora cualquier persona meramente hábil se vende desde una pantalla vertical, esperando que un cazatalentos lo rescate de su miseria no profesional y la descubra como el talento del momento.
No me hace falta buscarlos; la perspicacia de los algoritmos —ese «algo-de-ritmo» que de ritmo no tiene nada— parece creer que, por el hecho de tener un perfil de artista, consumiré cualquier espasmo ante la cámara que me ofrezcan. Y rotundamente, no. ¿Dónde ha ido a parar el oficio?
Quiero que se me entienda bien: tengo la convicción absoluta de que hay bailarines maravillosos, talentos imprescindibles que hacen de la danza una arquitectura del alma. El problema es que esta profesión ha caído en la obligatoriedad de «crear contenido» y hacer un vídeo incluso para pasar un casting, sometiendo la excelencia al sadismo del píxel. Es desolador ver cómo el talento genuino queda sepultado bajo una avalancha de mediocridad digital; como si tuviéramos que exhibir los diamantes en un vertedero para poder venderlos.
Mi reflexión me lleva directamente a la televisión y a una verdad nostálgica: bendito el trabajo de aquellos bailarines que cobraban por un acto bien hecho. Hoy, la calidad profesional parece una nota a pie de página, escrita con letra muy pequeña.
Resulta desolador ver que ni tan solo programas emblemáticos como el especial de José Mota —reducto de la tradición— ya no cuentan con los pocos buenos profesionales del baile que quedan. Benditos también aquellos grandes espectáculos televisivos del productor José Luis Moreno, que mantenía un tejido laboral prácticamente extinto donde una nómina de más de treinta bailarines era parte fundamental de la escenografía.
La tendencia se ha consolidado: desde hace más de una década, las cadenas han sustituido a los verdaderos artistas por académicos amateurs que «lo hacen gratis para darse a conocer» (el gran error de nuestra era) y tiktokers de dormitorio. Hemos cambiado el sudor en la barra de ensayo por el filtro de belleza. Y para rematar el naufragio cultural, todavía sufrimos la frivolidad anual del vestido de la Pedroche o una competitividad entre cadenas por ver quién ofrece el contenido más carente de creatividad la noche de Fin de Año. No importa que no mires la televisión; la prensa participa de esta burla a la sociedad, hecho que me aboca a repetir mi mantra: NO TODO EL ESPECTÁCULO ES CULTURA. Ver a gente haciendo trends de 15 segundos en horario de máxima audiencia no es espectáculo; es economía de guerra artística.
Así pues, mientras llega el 3.026, yo apagaré la pantalla. Eso sí, siempre hay una excepción: la instagramer Aureltattoo. Ella, con su guasa de 30 segundos y sin esa soberbia añadida, consigue, al menos, que me mantenga como seguidora. No porque sea una eminencia, sino porque su objetivo es divertir y conmigo lo consigue.

Yo a todo le veo arte… no siempre bello, pero creativo al fin y al cabo, aunque sea para fracasar; que no es otra cosa que el sudor acumulado en el camino hacia cualquier éxito. Quizás, a estas alturas, soy yo la que se pone ante la cámara del móvil y arrasa. No sería por los seguidores, ni por vanidad… sería porque, en el fondo, un artista es un narcisista; y sin esa dosis de ego, no habría ni arte expuesto ni público capaz de apreciarlo o soportarlo.
En todo caso, huyan de todo creador que dice «No me entienden», es un desprecio a nuestra inteligencia. Venga, señoras y señores, que se puede ser mayor, moderna, ecléctica y selectiva… ¡que de tanto hacer scroll se van a hacer daño en el dedo!
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