No es tarea de la opinión pública prejuzgar, pero a estas alturas —como en cada escándalo sexual que estalla— el juicio paralelo se ha convertido en el deporte nacional. Esta vez tenemos al eterno «truhán y señor», Julio Iglesias, en la picota. Y, por supuesto, los tertulianos entran en el bucle de siempre: ¿Por qué las mujeres han tardado tanto? ¿Por qué ahora y aquí en España?
Solo quien ha tenido que medir sus fuerzas contra una figura de tal calibre entiende el peso de este silencio. Aquellas extrabajadoras que han dado el paso no solo se enfrentan a un nombre, sino a una leyenda blindada. Solo quien sabe que una denuncia puede desbaratar no solo una carrera y la reputación, sino la vida entera, entiende por qué el miedo paraliza y el sentimiento de impunidad alienta.

Ante este ruido, Ayuso ha salido en defensa de una mentira: decir que Julio es nuestro artista más internacional para justificar su impecabilidad es un error de bulto. Ese trono, por justicia histórica, pertenece a Raphael, quien hizo mucho más tanto por la vertiente internacional de nuestro país como por abrir las puertas de América a otras artistas como la Dúrcal y la Jurado.
Díaz Ayuso se equivoca al anteponer la proyección artística a la duda moral. Da igual el talento si el veneno domina la mente. Y lo mismo ocurre con Jaime Peñafiel y Ana Obregón al poner la mano en el fuego por un amigo basándose en su «afabilidad» y educación exquisita. A menos que hayan compartido su intimidad cada día y cada noche, muy poco pueden saber de las prácticas que sufrieron aquellas mujeres que trabajaron para él. Existen tiranos a horas concertadas que, para la mayoría de sus conocidos, son encantadores y están más libres de pecado que la Inmaculada.
Ramón Arcusa apunta al hecho de que las mujeres tienen un «móvil»; creía yo que esa era una palabra para perfilar a asesinos y no a víctimas. Y no contento con ello, entra en la conspiranoia más rampante para afirmar en Más Espejo que esto es una orquestación del Gobierno y que, si una mujer es violada durante meses y no denuncia, es una relación consentida. Aquí mismo, por esta falta de respeto que raya la cretinez hacia las mujeres violadas repetidamente, me bajo de cualquier admiración a su música. Pero, claro, cuando somos amigos nos cuesta aceptar la mínima sospecha. Al fin y al cabo, un amigo es quien no te abandona cuando los demás lo hacen; tengas o no razón, seas o no culpable.
Díaz Ayuso puntúa muy alto en este deporte de ignorantes que ponen coronas de laurel a un César español que, mira por dónde, vive sin tributar aquí. No obstante, en el lado opuesto del tablero también falta rigor. Se requiere cierta prudencia y muchos datos, contrastados y legitimados judicialmente, antes de pedir la retirada de un título honorífico o el nombre de una calle; antes de lanzarse a los brazos de la exacerbación feminista y radical al estilo de Rita Maestre. La memoria pública no puede ser una veleta movida por el último titular.
Definitivamente, aquí tampoco nos salvamos de la mafia artística que tanto criticamos en los Estados Unidos. Ese corporativismo que solo funciona en una dirección: expandir la telaraña y silenciar a quien se atreve a romperla. Esta prudencia necesaria, aun así, no debe confundirse con el servilismo hacia un caso de divismo previsible, con aromas de influencias y de aquel rancio «derecho de pernada» de quien se cree impune por su fama. Al fin y al cabo, ningún ídolo se salva de la quema hasta que la justicia hable, por mucho que algunos se empeñen en seguir barriendo bajo la alfombra roja.
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