¡Lo ha conseguido! Ha elevado la máxima de «que hablen de ti aunque sea mal» a una nueva categoría: «que hablen de ti aunque sea por no tener más remedio que callar». Esto se evidencia en la trinchera que separa a sus fans incondicionales —eruditos con conocimientos musicales por encima de la media que buscan la divinidad en cada compás— de aquellos que asisten atónitos o escépticos a la consagración total de una diva latina.
Permítanme anticipar mi postura: no sigo a Rosalía y no conecto con sus estilos, pero ¡jamás le negaré el mérito! De hecho, me parece que un tema como Berghain es sencillamente brillante y, lo confieso, se me ha quedado grabado en la cabeza. Que si es operísticamente correcta o deliberadamente irreverente, es lo de menos. Y si fusiona o no, es un debate estéril que dejo para quien quiera perder el tiempo en constatar lo que es obvio.
Un verdadero artista es la chispa que enciende a otros; si no fuera así, nuestro legado cultural sería inexistente, pues hasta los más transgresores han bebido, inevitablemente, de las fuentes de los clásicos. No se requiere un doctorado para comprender que, más allá del ciclón mediático, existe un talento rotundo y, por supuesto, tiene el derecho absoluto de explotarlo como mejor le parezca, porque se lo ha ganado a pulso. Que se lo pregunten, por su falta de visión y descarte precipitado, a aquel jurado de Tú sí que vales de hace unos años.

Y justo ahí quería llegar. Cuando aplicamos la miserable etiqueta de que este país, España, es cuna de envidiosos y nos volvemos provincianos y absolutamente ridículos, desembocamos en esa estupidez nacionalista. Esa misma estupidez que ha visto en unos cánticos en español de la escolanía de Montserrat ¡una auténtica profanación mística a la catalanidad! Por favor, entendamos que el artista, como usted, trabaja, come y tiene que pagar facturas.
Este nacionalismo que se ensaña ferozmente contra una gran embajadora —catalana, mal que les pese, en el mercado internacional— no ha logrado más que cubrimos de vergüenza. Vergüenza ante los catalanes que sí amamos de verdad nuestra tierra y ante los artistas que luchan no solo por su sustento, sino por unos estándares de calidad que, tarde o temprano, brillan donde deben.
Rosalía que componga y que cante en la lengua que le dé la gana. Para ello ha arriesgado su carrera y ha tenido la valentía de salirse del rebaño de borregos que pululan entre la política y las artes, esos que buscan dominar nuestra sociedad, pero que nunca podrán controlar nuestro libre albedrío y pensamiento crítico. ¡Un rotundo Bravo por ella!
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