De la Reputación al Reel

Primero fue el mantra publicitario: «Si no te ven, no existes». Una consigna de marketing que, trasplantada a este presente digital, mutó en la ineludible máxima: “Si no estás en Internet, no existes”. Y aquí estoy yo, ni nostálgica ni, por favor, vetusta, preguntándome con la calma que da haber existido antes de la fibra óptica: ¿En qué momento exacto de nuestra vida activa como artistas nos resultó imprescindible hacer un video ridículamente corto y con filtros para validar nuestra existencia profesional?

Entre las aguas cristalinas de generaciones pasadas y las mareas turbias de las venideras, desde mi palco de artista de music hall, mi situación me permite analizar con una ceja alzada el efecto de la frivolidad hecha audiovisual. Nosotros, los que abrimos el telón para los actuales soñadores del teatro musical, teníamos un único billete: la reputación de profesional y formal. Eso, querido contemporáneo, era nuestra divisa para encadenar incontables trabajos en la tan temida, pero aceptada, inestabilidad laboral.

La dictadura del short y el azote del like.No necesitábamos videos de 30 segundos. Ni la súplica por un «Me Gusta». Ni someternos al conteo de cuántos followers eran el peaje para conseguir un papel, incluso en el cine. Ahora, parece que sin el dichoso short, no hay vida más allá del aula o del cásting.

El video, a mi modo de ver, es a menudo la peor tarjeta de presentación: ni demuestra talento, ni experiencia, y a veces satura y ridiculiza tanto al ejecutante como a la nobleza del medio. Es la necesidad de exhibición, el afán desesperado por un piropo digital o por diferenciarse del vecino que, curiosamente, está trabajando de verdad.

¿El colmo? Ver a una plaga de cantantes y bailarines mediocres lanzarse a los brazos del reel, soñando con que un cazatalentos les descubrirá o que un empresario ignorante les dará un contrato por su sola repercusión. Y es ahí donde la palabra influencia pierde su significado. Sí, hay gente maravillosa que canta y baila, los aplaudo, pero no los sigo. Es una carrera frenética a ninguna parte, tanto para el que se exhibe como para el que contempla tal cantidad de seres humanos dependientes de la pantalla en la soledad de su viaje. Es tan provinciano como aquel saludo con la mano frente a la cámara de televisión de hace cuatro décadas.

Entiendo la necesidad de promoción, pero ¿qué beneficios reales aporta esta moda? Aquí estoy, condenada a cuestionar, a protestar y a no someterme. Como si el tiempo transcurrido entre mi experiencia de principiante con profesionales consagrados hasta mi estatus de especialista senior fuese un «mundo de Yupi», y no un activo imprescindible. Para esta condena, mientras cuestiono, protesto, analizo, critico y no me someto, no hay indulto, pues no acato jueces, fiscales ni jurados que solo entienden de métricas, algoritmos, aplausos virtuales masivos y no de arte. Como dice el gurú Seth Godin: Popular, viral o importante», todo no puede ser.

Foto autor Pepo Argilaguet

No me engaño, aunque parezca que vosotros sí: el edatismo es un hecho. El interés, sobre todo institucional, está puesto en los «talentos emergentes», relegando a quienes, como yo, contamos con una vasta experiencia a ser mera audiencia, si es que nos toca algún rol en esta historia. ¡Recordad, jóvenes, que tenemos toda una vida por detrás!

La inmediatez de un video con muchos «me gusta», de un perfecto desconocido que baila, pero que no tiene idea de poner tela, ni luz, ni concepto, no debe arrinconar a los profesionales de siempre. A aquellos con un cerebro capaz de crear, organizar y dirigir una producción de cabo a rabo.

Y no es por falta de talento. Tampoco por competitividad. Es, lisa y llanamente, la consecuencia de hacer felaciones mentales y descuentos de caché decente a los que dirigen la industria del espectáculo. Esa no es la vara de medir. Ese no es el perfil que se busca. Y menos cuando los reclutadores y muchos directivos solo saben de números, pero nada de artistas. El lenguaje de un artista no es el de una oficina, es el de la emoción.

En el colmo de este megarepijerio, resulta que lo que hace 40 años era la marca personal forjada en vivo y en directo, ahora se ha convertido en el capital transaccional entre intermediarios, agentes (¡ni que esto fuera Hollywood!) y florituras que solo alimentan el absoluto caos de esa estabilidad laboral.

Como cantaba Elton John: “I’m still standing” (Sigo en pie), a ver si con el repunte de lo vintage, alguien se percata de lo que es clásico que vale para siempre y no lo efímero que cuelga en el aire, eso del nuevo casting de la mediocridad.

Cuando se cumplen 4 años de la publicación de mi libro MEMORIAS DE UNA CORISTA: Luces y sombras de las Varietés.

Correo del Presidente del Consejo Internacional de la Danza, en la UNESCO.

Estimada Sra. Figueras Pijuan,

Recibí su libro y gracias por ofrecerlo. Es el único libro de este tipo a nivel internacional, mis felicitaciones por escribirlo. Con la esperanza de conocerle algún día, le envío mis mejores deseos.

Doctor, Alkis Raftis.


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Publicado por Carolina Figueras Pijuán

Directora artística. Coreógrafa & Creadora. Educadora. Experta senior. Autora del libro 'Memorias de una corista'.

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