No lo sé, se me hace extraño. No hace tanto, estábamos trabajando y compartiendo una vida en otro país. Éramos todos emigrantes, y no precisamente porque en nuestros lugares de origen no hubiera oportunidades. Descartando la alta competencia y la ley de la oferta y la demanda, quizás todo se reducía a suerte o a la habilidad de agarrarse a la «mata adecuada». Esa mata donde tantos prosperan, estafan, se enriquecen y sobreviven con el constante aire de superioridad de quien conoce su propia dudosa moral, pero prefiere ignorar que nosotros también la conocemos.
Eran tiempos de ensayos y estrenos, de certezas a corto plazo, las que dura un contrato. En aquella compañía ‘babeliana’, solo nos entendíamos en inglés. Es curioso: lo que hoy es una herencia de destrucción y muerte, antes era amistad y compañerismo, una mezcla de culturas, lenguas, risas, canciones y amor. Rusos, ucranianos, búlgaros, rumanos, turcos… Cada uno, yo incluida, llevábamos una mochila de experiencias y un desafío al futuro. Éramos supervivientes de la ilusión y no nos importaba abandonar un país que no se molestó en guardarnos el lugar que merecíamos. Vivimos de forma alegre una vida complicada.

Con el tiempo, el contrato llegó a su fin. Y no os creeréis esto, porque ni yo me lo creo del todo, acostumbrada a la desafección de los mismos artistas nacionales: durante estos años, Kolodin fue precisamente uno de los que más me llamó y escribió para preguntar cómo estaba. Durante cuatro décadas, he convivido intensamente con bailarines que se hicieron centenares de fotografías con mis vestuarios de producción. En escenarios donde los llevé cuando ni siquiera podían llamarse a sí mismos «profesionales», codeándose con artistas que ni habían soñado conocer. Pero han sido precisamente aquellos europeos del este, aferrados a la tenacidad antes que a la esperanza, los únicos que me han pedido —casi con humildad, como si yo fuera alguien— hacerse una foto conmigo.
Pasan los años, y casi hemos desistido de volver a encontrarnos. Los tengo esparcidos por el mundo. Unos con hijos. Otros triunfando. Otros insatisfechos y añorando el que, sin duda, fue el mejor equipo de trabajo que he tenido. A todos los siento lejos, y a la vez tan afectivos, en diferentes posiciones, pero de uno de ellos, de Kolodin, no sé absolutamente nada desde que empezó la guerra. Y eso me inquieta. Yo, que jamás he vivido una en mi país ni en mi existencia… me inquieta no saber si Kolodin cayó en una zanja sin localización, de forma anónima, o si escapó de la tragedia.

Escribo por si acaso, para que sepa que lo recuerdo y que nunca pasaré por alto la belleza de ese gesto, tan profundamente humano y sin interés, de preguntar: “Carol, how are you?” de vez en cuando, con aquel respeto y afecto que no se puede olvidar. Deseo que esté bien, pero el silencio acostumbra a ser el aliado más cruel de la ausencia.
¿Cuántos más Kolodin, Igor, Maximenko, Hanna, Yana, Svetlana, Ekaterina y Evgeni, tienen que desaparecer enfrentados, cuando pudieron seguir bailando y ser felices? No es un panegírico, ni una memoria con lloriqueo. Es la expresión de una impotencia que se levanta desde el alma, mientras se habla de paz… en un mundo de terrorismo consentido en nombre de la soberanía de las naciones.
Aprovechando el legado de Sun Tzu hace más de dos milenios, recuerdo aquello del gobernante cobarde que es capaz de prender fuego a su propio país con la condición de reinar sobre sus cenizas. Estos contemporáneos que nos rodean, han prendido fuego en el mundo entero con la chispa de la constante amenaza que no entiende de solidaridad y cordura. Nos acostumbramos a caminar sobre las cenizas que dejan estos tiranos que todo comienzan y nada acaban, con tal de sentirse que dominan nada más que causar muertes. Sus familiares nunca olvidarán el sabor del dolor y el transcurrir del tiempo imperdonable de la venganza.
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