«Shaft». (La música de la corista).
Hace unas semanas, digitalicé una película de Rosa Infantes, donde Cari Navarro y yo, con no más de 16 años, bailábamos «El Vals de las Sílfides» de Chopin. Hablo de los años 70. Por aquel entonces, ya se me había encomendado el rol de chico por la falta de varones en la academia de ballet.
Bueno, muy a nuestro pesar por la falta de técnica, ese baile tiene su encanto. El candor, creo que no tiene precio.
Cari me envió unas fotos que yo no tenía, tomadas en la calle Cantabria, justo delante de la mercería Domy y del estudio de fotografía donde me hicieron las fotos de la primera comunión, el año en que a todos les dio por vestirnos de corto.

Estas fotos tienen un fondo musical inolvidable: la banda sonora de Shaft, con una coreografía de Martine Col. En ellas estamos Cari, Celia, Mª Teresa y Pili, «la niña», además de Martine y yo.

Diría que eran tiempos felices. Medianamente felices. Ahora no quiero ahondar demasiado en ello. A mí me da una pequeña nostalgia, aunque normalmente no abuso de ella. Quizás sea porque en el fondo me estoy diciendo a mí misma que sí, que lo que quería y me ilusionaba, lo conseguí: bailar profesionalmente, contra toda expectativa de mi entorno. Pero, amigos, ¿a qué precio?

Hoy, desde la perspectiva de la experiencia y del tiempo, tengo un sinfín de sentimientos y, en cierta manera, me escucho a mí misma diciéndole a la Carolina de ayer todo aquello que, abrumada, no comprendí y que hoy es de una claridad cristalina. Nadie diría, viéndome con una apariencia espontánea, lo mucho que los acontecimientos familiares y sociales me estaban abrumando y moldeando mi vida interior.
En Sant Martí de Provençals, nuestro barrio, tampoco había demasiados alicientes. El ballet ocupaba nuestro tiempo de ocio, pues ensayábamos sábados y domingos como si nos fuera la vida en ello.
Luego la vida nos llevó por otros caminos: algunos los seguimos y otros los abandonamos. Siempre amaré el ballet clásico, pero como espectadora. El jazz dance y el espectáculo me hicieron protagonista de mi historia y me alejaron de aquel entorno demasiado conocido, de los roles de chico que no me correspondían, ni con toda la buena voluntad, dándome la oportunidad de aventurarme y disfrutar de mí misma, así como de mi alcanzada libertad en años posteriores. Sí, digo protagonista, con orgullo y sin falsa humildad, ganado a base de trabajo, como la mujer que supo encontrar su sitio, ser aceptada y pagada muy justamente por su trabajo como artista. Mi vocación, dejó de ser un sueño porque siempre fue un plan.
Y cuando escucho esta canción siento la misma emoción del primer día que la llevamos al escenario. Cosas de esta sentimental sin remedio. Doy gracias por esa capacidad de sentir y revivir los momentos intensos de una vida apasionante.
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