«La sultana del Swing». (La música de la corista)
Fragmento del capítulo CIUDAD SOLITARIA.
Las chicas del grupo ya habíamos ido un par de veces a la discoteca Scratch, frecuentada por la gente de la Base Aérea Americana. Me encantaba, mezclarme, escuchar el acento y el argot de los estadounidenses. El DJ, en cuanto llegábamos, nos recibía encantado, tres bailarinas en la pista garantizaban ambiente. Teníamos libertad para solicitar nuestras canciones favoritas, “Keep on dancing”, de Gary’s Gang; “You should be dancing”, de Bee Gees; o los italianos “Kaso” y “Going back to my roots”, de Richie Havens, con aquel teclado vibrante tan de moda. Y copas gratis. Si quería soltar a “la fiera”, nada mejor que el anonimato de aquel jubiloso Soul Train baturro-americano, sin quemaduras de cigarrillos, ni pisotones, ni bebidas vertidas encima, sin insinuaciones, sola ante la llamada de la selva, desatada, por supuesto, y como se diría ahora, “sin meterme nada”. No siendo rockera, sin embargo, había un sonido que me hacía vibrar en la guitarra y aderezo rítmico de Dire Straits, ya que entonces, como a una médium, se me manifestaba la “Sultana del Swing”. No buscaba ligar, dormía con un hombre que me gustaba y no pasaba nada, más allá de alborotarme, mucho, me lo hubiera comido, pero no quería ser cazadora, con él no.
La gerencia del Aída estaba al tanto de nuestras excursiones a territorio más divertido y sugirió a Bolívar que nos quedásemos un poco más en la sala, por gentileza, para dejarnos ver. Nos limitábamos a un refresco de no más de diez minutos y salíamos directas a Scratch. Una de las chicas, Janet, había ligado con un negrazo impresionante de la Base y quedaban allí. Aquella noche ese era el plan. Estuve ausente. Mi intuición y la información recibida no se ponían de acuerdo. Jorge era guapo y atlético, el chico que gustaría a todas las mujeres, jóvenes, maduras, solteras, casadas, a mi madre, a mi abuela…; hasta mis conocidas, si pudieran, me lo robarían. Por las conversaciones desenfadadas de mis compañeros gays, lo tuve claro, ellos también se hubiesen prendado. No supe dilucidar si él era consciente de su atractivo. Si acaso hubiera tenido alguna duda o roce con el ambiente. Me faltaba algo. Deseaba encontrármelo en la puerta al salir, pero ya era más tarde de la una y tal como habíamos quedado, estaría durmiendo. Sin dar explicaciones, cogí un taxi. El asiento trasero del pasajero da mucho para pensar, eso también era cosa novelesca mía, o no tanto. Allí puse las ideas en orden, muchas veces. No era ajena a cómo le estaba cambiando la vida a Jorge. Y ¿él a mí? En menos de un mes ya estaría lejos, en otra parte, con aquel ballet u otro. No podía encariñarme tanto con las personas que estaba destinada a perder por las circunstancias. Empezaba a ser usual. Vivir el presente, a expensas de un trabajo caprichoso y con aspiraciones. Bajé del taxi. Me dirigí a la portería, siendo presa de elucubraciones, precisando armonía, con la reflexión firme de que, con aquella profesión, no tenía vocación de “marinera con novio” en cada puerto. ¿Y la afectividad? ¿Acaso era inmoral o menos auténtico querer a alguien por una semana, un día o tres meses, sabiendo que no iba a ser una relación tradicional? Nunca había sentido que fuese para mí, el amor eterno y monógamo del cisne. Quienes me gustaron o quise amar, no me correspondieron o vieron un inconveniente insalvable en mi vocación. Menos aún el imaginarme como la novia de blanco en una boda. Mientras seguía caminando, enfrascada en un monólogo, me convencía de la conveniencia de creer que era, únicamente, un buen chico que me trataba bien, un amigo, noble, igual o más solo que yo misma. A medida que me acercaba, divisé una silueta un tanto difusa. Lo encontré deambulando por el espacio de cemento, entre las plantas y jardineras.
—Ya tardabas—dijo cuando me tuvo a tiro. Y me dio, ¡pum!
Fuese gay o no, arrebatador. Peligro, una disputa de emociones y acciones.
—No, no, como siempre ¿Qué puede pasar? ¿Adónde iba a ir? He venido directa —respondí.
No le dije que me habían propuesto salir. Y tampoco quería admitir que tenía ganas de llegar a “casa”.
—No sé —contestó él, con un ligero cambio en la voz. En Scratch con las chicas, no os falta diversión. Ni admiradores. Ya se comenta que van unas bailarinas del nightclub….
Podía haber dicho que ese era el plan, pero preferí regresar a pesar de “la fiera” que me pedía lo suyo.
—Ya habrá ocasión de salir. Oh, esta tarde he dado una vuelta por Paseo Independencia —dije, por no saber cómo seguir.
Esto es peor que lo de mencionar el clima en los ascensores con vecinos apretujados y mirando al techo, me decía a mí misma. Me acerqué dándole un beso en la mejilla, en penumbra. Él me devolvió el beso y casi rozó mis labios. La oscuridad, razoné, si es que no se ve bien, aún vamos a tropezar. Tenía las llaves en la mano y abrió el portal, tranquilamente. Subimos al apartamento. Me desmaquillé y todo lo demás.
—Gracias por esperarme abajo, no era necesario, sé cuidarme. He vuelto muchas veces sola a casa. Casi siempre, normalmente.
En lo que duraría un segundo, me vi saliendo de la academia, cruzando la calle Guipúzcoa, subiendo por Cantabria, aquella desierta noche del 23-F, sola, en una situación irreal, extrañada de la falta de gente y tráfico. También rememoré a los trabajadores, mis vecinos, esperando el Bus Nº 40, con el bocadillo envuelto en papel de aluminio, al amanecer, cuando llegaba de algún bolo con el maquillaje todavía, pidiéndole al taxista que se esperase a que abriera el portal.
Y como el segundo se alargaba, igual que un chicle Bazooka tuttifrutti, tuve tiempo de pensar en la suerte que había tenido a pesar de los kilómetros recorridos desde que era menor, sin sustos ni complicaciones, con el permiso de mi padre expedido en los Juzgados.
—¿Casi siempre?, ¿no tienes novio?, ¿no te espera nadie en Barcelona?
—No —respondí—. No he tenido novio. Los chicos son celosos con las bailarinas. Ponen trabas, hay discusiones, problemas, es difícil.
—Perdona, quizás ¿eres virgen? —preguntó tanteando.
—No, no lo soy —dije seria—. Las bailarinas también tenemos sentimientos. Aunque a veces no podamos tener relaciones duraderas, eso no nos convierte en promiscuas.
—No, no pasa nada, es normal, lo entiendo, no pienso eso. Y puedes preguntarme lo que quieras. Durmamos —dijo él.
—Sí, durmamos. Buenas noches —acabé desconcertada.
Se me pasó por la cabeza que, a lo mejor, él si era virgen. Ya no me quedaba nada de aquella actitud conocida de adolescente formal, se había desvanecido mi blue walk, la forma de andar, sin predominio, de las chicas vírgenes. Nos acomodamos sin tocarnos.
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