El musical basado en El Mago de Oz, aquel que llevó a Judy Garland con sus escarpines rojos hasta la sublimación del sueño americano —hasta el punto de que los zapatos utilizados al film fueron venerados e incluso robados y restaurados como un tesoro en el Instituto científico Smithsonian— se convirtió más tarde en patrimonio de la comunidad afroamericana gracias a The Wiz, tanto en el cine como en el teatro. Esta obra dio un giro a los arquetipos: los malos ya no eran tan malos, y los tontos, no tan buenas personas.

Es curioso que Wicked —que solo he visto cuando mi estado de ánimo me ha permitido sumergirme en un género que la modernidad ha hecho más espectacular, pero también más infantilizado— me haya emocionado en todo… menos en la coreografía. Es extraño. The Wiz ha sido muy importante en mi vida, especialmente desde la década de los noventa. Su fábula me ha inspirado en varias ocasiones, tanto con mis alumnas como en hechos concretos de la vida real.
Esto es lo que propone Wicked: inspiración artística y profundamente humana, siempre volando con escoba o sin, a través de la fantasía. Me gusta recordar que “magia”, si cambiamos la orden de las letras, se transforma en “amiga”.
La coreografía, a pesar de estar muy bien trabajada y con una ejecución coral impecable —porque lo coral vende—, me pareció excesivamente moderna para recrear un momento tan atemporal y fantástico. ¡¡¡Ay, Dios!!! Si nunca he sido conservadora… ¡si la avanzada era yo! La estética y el relato, a pesar del colorido mundo de los decorados digitales, están culturalmente más cerca del steampunk oscuro y de un engranaje industrial que no de un concierto de Ariana Grande. Aun así, las coreografías complementarias —acompañadas de muebles, libros y gestos, sobre todo, de la interpretación de los personajes principales— me parecen perfectos. Nada más y nada menos: maestros.
Me habría gustado encontrar un poco de jazz más lírico, en lugar de tanto movimiento comercial que pretende ser de raíz popular, con gestos rígidos que vuelven a poner en evidencia aquella gran carencia de estilo propio que tienen muchos coreógrafos actuales. Docenas de bailarines han conseguido un trabajo conjunto impecable, pero no han conseguido levantarme del sofá para intentar ni un pasito… y creo que una de las razones también radica en el hecho que la música no tiene el encanto de The Wiz, donde también había docenas de bailarines, pero fluían con una armonía que aquí, a pesar de la perfección técnica, no se consigue. La fuerza no es sinónimo de pasión y cuando no se mide se convierte en descontrol.
Tengo un amigo coreógrafo que, ante mis inquietudes por no sentirme cautivada, me dice que no pasa nada, que simplemente no me gusta o no me llega. Ardo en el deseo de que una obra me devuelva aquella emoción de la bailarina que fui y que me haga llorar de admiración como lo hicieron Moulin Rouge o La La Land.
No en vano, sin West Side Story, sin Cantando bajo la lluvia, sin Melodías de Broadway ’55, sin Fame… y sin Fred Astaire, no habría soñado con ser bailarina ni me habría atrevido a intentarlo.
En esta fábula del mago sin talento y de la bruja que nunca habría tenido que serlo, reside la negación de la naturaleza divina, la única verdad de que el entorno participa en cómo somos. Y sin necesidad de creer en el determinismo ni en algo tan improbable como el destino, unos y otros puedan —o no— llegar a ser aquellos que soñaron: usar la voluntad por bien, estimar a quién lo merece y ser merecidos.
En todo caso, a pesar de que la música no tiene la fuerza de The Wiz, ni la coreografía es el plato fuerte de la película, Wicked es una buena muestra del musical, también signo de los tiempos actuales.
Wicked no me ha despertado el vértigo de los grandes musicales que marcaron mi vocación, pero sí que me ha recordado que el arte continúa siendo un puente entre quienes fuimos, lo que somos y lo que todavía deseamos ser. Y aunque no todas las escobas vuelen, y no todos los zapatos nos devuelvan a casa —que es el corazón—, algunas historias, como esta, continúan encontrando la manera de hablarnos, incluso cuando no lo hacen al ritmo que esperábamos.
Porque al final, quizás no se trata de que todo nos emocione siempre, sino de reconocer que, en medio del espectáculo, todavía buscamos —con ojos de artista, de niño o de profano aburrido— aquella chispa que nos haga creer, una vez más, en la posibilidad de la magia. Esperamos la segunda entrega.
Una de mis inspiraciones, el segundo programa en TV3 con el Mágic Andreu en «Això és massa».
Una de mis inspiraciones, el primer año de mi escuela de danza,en el famoso COS BLANC para el Patronat de Turisme de Salou.
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