A mí sí que me da la vida para más. Tengo tiempo. Eso creo. Pero cuando me doy cuenta ya estamos en otro mes y no he pasado la hoja del calendario.
Entre abril y junio, los días se han asemejado demasiado: papeles, trámites, embalajes, preguntas. Un tsunami de recuerdos entrañables y dolorosos. El recosido de un trozo de alma. La ordenación de emociones y pensamientos.

Hubo un momento en la vida en que llenábamos la agenda con bolos. Después con clases y acontecimientos.
Más tarde con hoteles y bolos.
Y después con veinte estrenos seguidos en los resorts.
Y viajes.
Y encuentros con amigos.
Y citas médicas que creíamos puntuales.
Y noticias malas.
Y números rojos.
Y funerales.
Y la vida que todavía da para más.
Y descanso.
Y golpes de suerte.
Y pérdidas incomprensibles.
Y planes pequeños.
Y medias pastillas de chocolate sin remordimiento.
Y momentos grandes.
Y despedidas inesperadas.
Y antipatías irrecuperables.
Y brindis en la soledad más deseada y en la compañía más perversa.
Y encuentros sorprendentes.
Y rabias consentidas.
Y odios necesarios.
Y mucho saltar sin red, sin que saliera mal.
Y coincidencias divertidas de aquellas de «tierra, trágame», pero con foco de estrella y tambores redoblando, o como se dice touchdown: que se sepa que incluso en esto, con estilo. Con la pierna en alto, bailando Can-Can y gritando «¡Viva Cartagena!», aunque estemos en Bilbao.
Hoy tenía que ser un día más, pero es el primero desde abril que he escuchado una canción. Y después otra. La música ha ido fluyendo y me ha dado permiso. El que me doy yo para avanzar. Como siempre, pero hoy es todo un acontecimiento.
¿Bailar? No sé cuándo, pero se ha acabado esto de bailar con el más feo, vida. La guapa soy yo, y aunque me educaron para esperar aquella cursilería de la petición de baile… siempre he elegido yo. Te exijo que no nos putees más. Por lo menos, a quienes estimo, aprecio o respeto. Excepto los 25 bloqueados de Facebook (a quienes no deseo ningún mal). Al resto, la buena gente que lucha silenciosamente como yo: ¡adelante!
A pasar hojas del calendario sin charlas motivacionales. Es imprescindible vivir el camino que hemos elegido y rodar, rodar y rodar. Y rockandrolear, bluesear, swingear…
Y por una vez, que la corriente vaya a nuestro ritmo y no nos engullan las miserias del mundo.
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