Resucitar a los ídolos

¿En serio necesitamos resucitar a los ídolos para entretenernos?

Entiendo que exista esa admiración casi religiosa hacia las grandes figuras de la música. Pero seamos sinceros: ¿es realmente necesario convertir la vida (y la muerte) de los artistas en un espectáculo lucrativo de verano?

Porque parece que, si no hay un imitador —a menudo, siendo generosos, justitos— de Amy Winehouse, Michael Jackson, Raffaella Carrà, Tina Turner o Elvis Presley, el público no se siente completo. Nada como ponerse una peluca, un traje brillante y un par de gestos mal aprendidos para que la caja registradora empiece a sonar.

Y mientras tanto, una se pregunta:

Los herederos y familiares, ¿tienen alguna opinión o ya han decidido que es más práctico mirar hacia otra banda mientras cuentan billetes? ¿O es que directamente no tienen voz?

¿No hay ninguna ley, reglamento o papelito oficial que diga: «Escuchen, quizás esto no es muy decoroso»?

Está claro, aquí me emociona aquella lucha acérrima con la SGAE, y su entusiasmo incansable para cobrarnos absolutamente todo. ¿Recordáis aquel entrañable canon para utilizar CDs vírgenes, no fuera caso que quisiéramos grabar la lista de la compra o las fotos de la propia boda sin pagar derechos?

¿Y qué pasa con lo más sagrado: el nombre, la imagen, la carrera musical de una persona? ¿Esto también se tarifaría con un par de formularios y un sello?

Hoy en día, subir a un crucero de bajo coste —por mucho que el señor Santiago Castellá, presidente del Puerto de Tarragona, fantasee con la idea de recibir turistas de «nivel adquisitivo alto», teniendo en cuenta que a bordo hay de todo menos piedras romanas y tapas de El Serrallo—, tomar un café en un hotel de Salou (que continúa con cuatro estrellas, casi más regaladas que ganadas, especialmente en cuanto a la calidad de los servicios artísticos; de hecho, las debe gracias a los cuatro focos que tiene en un escenario precario y sin vestuarios cerca) o dar un vistazo a la cartelera de las fiestas mayores se asemeja peligrosamente a visitar una feria de The Walking Dead. Solo que aquí, en lugar de zombis, tenemos imitadores esforzados (y no siempre acertados) que pretenden resucitar artistas que merecían algo más de respeto.

Y, en este caso, me parece muy justificado que Pedro Almodóvar no conceda permiso para que, después de su muerte, se haga negocio alegremente con su vida y su obra. Faltaría más.


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Publicado por Carolina Figueras Pijuán

Directora artística. Coreógrafa & Creadora. Educadora. Experta senior. Autora del libro 'Memorias de una corista'.

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