A veces, cuando paso con el bus ante una playa de Cambrils, veo unas niñas jugando y escucho sus risas. En la lejanía, mi madre les dice desde la orilla: ‘¡Venga! ¡Salid del agua!’ Ella, abnegada y cariñosa, las vigila, les hace fotos, imágenes que pronto se perderán en el rápido tránsito hacia la madurez. Después las lleva a casa, al Grup Sant Pau, donde comen felices y se entregan al sopor de la tarde, jugando con muñecas de papel y recogiendo caracoles cuando llueve.
Algunas noches juegan con palas y pelotas, y con un invento que hace chocar dos bolas que, si no aciertan, se clavan de golpe cerca de las manos y dejan moratones dolorosos. También van al cine al aire libre, pero, como no siempre es posible, suben a casa de la prima Montse. Desde la ventana de una habitación del cuarto piso, ven solo la parte superior de la película. El resto lo imagina su mente desbordada, que crece con aquello que intuyen, aunque no lo comprendan del todo.
A Cambrils no le hacen falta perfumes promocionales como Essences, que sí que usan en Salou. En Salou tampoco hacía falta, y lo digo porque también lo quiero de otra etapa de la vida, totalmente imprevisible.
Para trasladarse emocionalmente a los veranos de Cambrils, basta con recordar los rosales de la yaya Rosa, las algas y la sal en los labios, el aire cargado del olor de calamares a la romana, sobre todo cuando pasabas ante el bar Natalia, el pescado que llevaban desde las barcas al viejo Pòsit, el aroma del plástico de los flotadores, el corte de helado de vainilla… y, coronando esta orgía de olores, un ‘Aftersun’, original después de una ducha en casa. Este era el perfume de los veranos que amamos y que ya no volverán.

La última vez que estuve en aquella playa fue una noche de invierno del 2010, acompañada por mi perro Droopy. No había nadie más, solo el sonido de las olas y el tintineo de los cables de los veleros en los amarres.
Soy una de aquellas niñas que no tuvieron vacaciones de resort, pero sí una familia humilde que compartía todo lo que tenía. El verano era un arrastrar de chanclas… una vez y nunca más… aquellas malditas ‘hawaianas’ azules, que hacían daño en medio de los dedos y resbalaban. Me quedo con las sandalias de los pescadores, que los esnobs denominan ‘cangrejeras’ y que se ponen para no clavarse las piedras. Eran la gran novedad de mi moda, de vuelta a Barcelona. Nadie más las tenía. Sandalias de trabajo de pescador, para dar vueltas aburrida por las calles del barrio casi desierto, esperando otro verano que no se acabara nunca.
Aprovecho las ventajas de la modernidad para dar a una foto en blanco y negro su lugar justo: la Platja del Regueral, Prat d’en Forès, en un punto preciso, 41.065166, 1.066806, ‘al costat del riuet’, decía la prima Nuria. Un lugar invisible para el mundo, pero eterno en la memoria.
Hay lugares que son de todo el mundo, pero que sientes como propios. La alegría y la belleza que aportan al alma son gratuitas. Por eso no les damos importancia, hasta que, como todo lo que es bueno, desaparecen.
Pero, maravillas de la mente, cierro los ojos, y ya estamos con risas y aquel sentimiento de que la vida era una gran aventura, dentro de un agua cristalina que no nos pasaba de la cintura y donde caerse del colchón hinchable era lo más emocionante que podía suceder al tragar un poco de agua.
Bendigo a todos los que lo hicieron posible, la ternura de la infancia feliz, mientras el bus sigue el trayecto y me pierdo en otros recuerdos que dan para explicar más de una vida de los barceloneses y los cambrilenses que nos llevaron hasta aquí.»
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