Esta semana he tenido el placer —nivel de ironía máximo— de recibir un mensaje en el Messenger de Facebook, de un señor que no conozco de nada. Uno de estos valientes modernos que, en vez de salvar princesas o escalar montañas, se dedica a la conquista digital desde el sofá. Le respondo con mi mejor tono de atención al cliente, por si acaso viene del blog, de la prensa digital donde colaboro, o quiere el libro (que todavía está a la venta, por cierto):
—Hola, en que te puedo ayudar?
Y él, todo un poeta del siglo XXI, me dice:
—Es que me ha gustado tu foto…
Oh, vaya! Qué profundidad. Qué conexión. Qué nivel de análisis estético. Casi me emociono.
Le contesto, intentando que no se me note demasiado la seriedad y la desconfianza:
—Yo no me muevo por fotos. Solo por amigos, conocidos de amigos o personas con intereses comunes.
Y él responde:
—Chica, que seca que eres.
Ay, bendito.
—Pues si te parezco seca, mejor que no continuemos hablando —le digo—. No te quiero molestar. Estoy felizmente casada, y este Messenger lo puede leer mi marido cuando quiera. Aquí, no hay secretos. Ni ganas.
Y entonces, se produce la gran retirada del soldado del flirteo improvisado, el explorador de mujeres misteriosas por foto de perfil. Todo uno Indiana Jones de las redes, versión barata.
—Ah, de acuerdo, disculpa —dice, con la misma pasión que una tostada de pan blanco.
Y yo me quedo con cara de: «¿pero esto qué es?».
Porque, atención, no es la primera vez.
La semana pasada comenté, en la red, una foto de los bailarines de West Side Story haciendo barra en la calle en un descanso del rodaje (sí, barra de danza, no de bar). Aparecía Nick Navarro, mi primer coreógrafo de jazz, cuando él trabajaba en los gloriosos años de Scala Barcelona, 1976-77.
Pues nada, otro iluminado que decide que esto es suficiente motivo para añadirme. Porque claro, si comentas una foto, es que quieres algo. Seguro.

A ver si queda claro:
Por foto, lo que se dice por foto… yo no contacto nadie. Esta red «viejuna» (según un sobrino) no es Tinder Deluxe. Ni una app de citas esotéricas con monólogos interiores profundos del tipo “hola guapa, ¿cómo estás?” Ya lo decía el amigo Carlos Izquierdo cuando comentaba un resumen de mi libro, a propósito de la poesía de bragueta que tanto abunda en algunos círculos profesionales.
Y entre esto, y los mensajes no deseados de los desconocidos, arrogantes, fans y stalkers tipo:
—»Tendrías que sonreír más»
—»Quizás tienes cargos de conciencia»
—»¿Estás triste?»
O directamente los clásicos como: «Te envío esto» (un pene flácido que cuelga sobre unos pies sucios, con uñas como las manos de Eduardo Manostijeras), sin que me lo pidas y sin filtro, ni mental ni de cámara…
Pues mira, una se cansa.
Un poco. O mucho.
A ver si usáis el Messenger, para proponerme el contrato de mi vida… de hecho en 2015 me sucedió… con el amigo Pino d’Angió, y fue extraordinario. Que sí, que estoy en «el mercado», el único que me interesa es el profesional y entonces, no resulto tan seca.
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