The last showgirl, la película

Nunca pensé que pagaría una entrada de cine para ver a Pamela Anderson. Vaya lección para mis propios prejuicios sobre el talento. Y qué regalo me he llevado. The Last Showgirl dirigida por Gia Coppola, es una película tan necesaria como honesta, y no solo por ella, sino por el elenco que la acompaña, especialmente una Jamie Lee Curtis brillante.

Fui a verla con la conciencia forjada a base de escenario: a subir, nadie te enseña… pero a bajarte, menos. Nunca sabes ni cuándo ni cómo será ese último número. Me sobró algo de movimiento de cámara, sí, pero no una sola pizca de la crudeza que supone el salto generacional en los grandes espectáculos, al estilo de los casinos de Las Vegas. Esos que algunos críticos se atreven a llamar “caducos”, como si lo que corre ahora por los cruceros —último reducto del show en directo— fuese mejor: refritos de números circenses, cantantes y coreografías con mucha técnica y sin ningún sello de autor al que admirar, bajo supuestos conceptos “temáticos”.

La guionista, Kate Gersten, sabe de lo que habla. Todas las frases de los diálogos son perlas y rubíes, y quienes las dicen, personajes tan ricos que no necesitan ficción. Conoce a los artistas y sus circunstancias, tan humanas como despiadadas. A medida que avanza la trama, una empieza a reconocer los tics, las actitudes, los temores, los desafíos. Los reproches, las nostalgias, los fracasos. Todo eso que nos ha pasado a todos los que hemos estado ahí.

No, Shelley —la protagonista— no vive en las nubes, como dice otro crítico despistado. Las nubes son suyas: la ignorancia, la negación de la realidad de una profesión denostada, que no se ha reinventado. Ningún artista de music hall vive en las nubes. Vive vigilando el teléfono, las facturas… eligiendo entre la maternidad responsable y el fulgor del strass, la realización de su vocación o sentido de su existencia, entre agradarse y agradar. Lidiando con la familia que está en contra y aguantando las expectativas de la que está a favor.

Recuerdo a Yolanda Ramos relatando el cierre de El Molino. Algunos artistas, sabiéndose en el corredor de su muerte escénica, ni recogieron su maquillaje ni sus pertenencias. Esa imagen me impactó. Porque yo también sé lo que es que cancelen un show de un día para otro. Por mala gestión. Por falta de respeto. Pero entonces aún era joven, y tenía fuerza para seguir escarbando entre la incerteza y la ilusión.

Esta película deberían verla, especialmente, los que opinan sin saber. Los que no tienen ni idea de dónde venimos. Y también quienes saben perfectamente de qué va todo esto: la supervivencia, el aferrarse a un tiempo que —aunque suene proustiano— fue, sin duda, perdido pero mucho mejor.

Bailarinas bonitas ha habido siempre. Cuanto más caras y mejor desvestidas, más rentables. Bailarinas “a bulto”, coristas con sueños, supervivientes en tacones. Quizás porque vi a artistas muy mayores en la Bodega Bohemia de Barcelona, a finales de los 70, y me produjeron una mezcla de ternura y rechazo, decidí entonces que jamás quería convertirme en una vieja gloria incapaz de retirarse a tiempo.

Pero para un actor, la edad es un plus. Aquí lo demuestra Curtis: ofrece todo eso que una no quiere mostrar. La verdad inmisericorde. La vejez de la mujer que fue espléndida, en escena y en el recuerdo. Y de ello hace una oda a la naturalidad más pasmosa. Hay que ser muy valiente para exponerse así. Ella misma creó su estética para acompañar a Anderson.

Otro crítico se atreve a decir que el guion no aporta nada nuevo. Será que ha vivido entre plumas, polveras y camerinos. Claro que hay novedad: cada historia lo es. Y esta, más que muchas.

Vayan a verla. Vayan a ver a la última showgirl con glamour y clase, en un mundo que ha arrasado toda esperanza de estabilidad laboral más allá de los diez años. Y sí, justamente porque el espectáculo requiere constante reinvención, es uno de los pocos oficios que te permite cambiar radicalmente de vida… siempre y cuando estés dispuesta a pasar castings —algunos humillantes, otros simplemente necesarios— para mantenerte en pie, aunque sea en un estilo ya extinto que no perdona la madurez.

Yo pude ser bailarina en Las Vegas, a los 21 años, gracias a Betty Brown, mi profesora de jazz en Cadaqués Center, que me conectó con un coreógrafo estadounidense. Al final, no fui. Me quedé en mi tierra, iluminando otras bohemias, con muchas luces y ningún pájaro en la cabeza. En un mercado que, en tres décadas, se fue apagando y que me pilló en otras cosas como el show turístico: cerraron los shows de El Paralelo, el Galas de Salou, el Palace de Lloret, los casinos de España, Italia y Portugal.

No lloré. Porque ya sabíamos todos lo que venía: ese zarpazo cruel entre el escenario y la vida. Esa falta de transición lógica entre el arte y la realidad. Aparte de ser cajera, oficinista o binguera… o conseguir el contrato de tu vida con un buen matrimonio y, con suerte, coreógrafa o profesora de baile. Es lo que había. Y lo que hay. Aun así, algunas compañeras se realizaron en sus carreras universitarias.

Si quieren seguir la moda del “gran espectáculo innovador”, vayan a alimentar la industria de lo anodino y familiar que pretende ser maravilloso. Y disfruten de esos shows vulgares donde, como en esa escena memorable que relata una bailarina sobre un casting en la película —y que he visto triunfando en un video corto—: vuelta, hombro, cabeza, amago sensual, pierna, otra pierna y… fóllate la silla. Eso sí, a ritmo.

No. Mejor no. No es nostalgia. Es pura realidad.


Descubre más desde Memorias de una Corista

Suscríbete y recibe las últimas entradas en tu correo electrónico.

Publicado por Carolina Figueras Pijuán

Directora artística. Coreógrafa & Creadora. Educadora. Experta senior. Autora del libro 'Memorias de una corista'.

Deja un comentario