Pasaporte o peaje, crisis o colonización

Una prima y una amiga me dicen, muy serias, que el catalán se está perdiendo. Ay, qué drama. Como si fuera aquel chiste del inglés que, si es bajito, se deja dominar. Yo lo confieso: pienso en castellano. No por traición —tranquilos, no hace falta que llaméis a la consellería— sino porque tengo más recursos en esa lengua: más sinónimos, más matices, más capacidad de reacción. Pero no, el catalán no lo pierdo. Aunque ya es raro que te respondan en catalán si lo hablas por la calle. Qué cosa.

Hace poco, me sorprendió una crítica que recibió el festival de una escuela de danza de un buen amigo en Salou. ¿El crimen? Hacerse en el TAS y no hacerse en catalán. No sabía que, para actuar en un teatro municipal, también hiciera falta llevar la lengua al guion. ¿También control de pasaporte idiomático para subir al escenario?

Miren, yo he bailado en inglés. Sí, sí, en inglés. En ‘TVen3’, ni más ni menos, durante dos años. Y eso sí que era inmersión. Aprendí mucho, incluso a hablar mejor un idioma que no aprendí en la escuela. Bailando espectáculo puro y duro con profesionales, para público catalán y para turistas de lujo con la copa a 60 €, en esta costa. Que no es como ahora, que en el hotel de cuatro estrellas hay cuatro en una mesa con dos Coca-Colas, y gracias.

He bailado con mis alumnas al ritmo del blues, del jazz, de tantos estilos que llevan décadas tatuados en la memoria colectiva. No me hagan decir autores locales, porque no los sé. Somos lo que escuchábamos de adolescentes, hijos de aquel sonido que nos enamoró. Luego, con suerte, tiempo y mucha experiencia internacional, afinamos el gusto y hemos disfrutado de todo.

Ahora bien, bailar en catalán —aunque sea sin letra, haciendo horas en los pasillos y con el conveniente toque político— tiene premio. En los años noventa, recuerdo un fuerte impulso para las compañías jóvenes. Sí, como aquella donde bailaba la hija de Jordi Pujol. Se crearon unos premios de danza y sé de un coreógrafo que se gastó las subvenciones literalmente por la nariz, dejando tirados a los bailarines en París. Y no pasó nada. Porque en este oficio, lo mejor es callar. Nunca sabes qué inútil acabará mandando, y quizá un día necesitarás su visto bueno.

La danza y la música no necesitan traducciones. Tanto puede ser hip-hop como un fragmento de ballet ruso o una bachata, todo nos pone al mismo nivel. La interculturalidad vive en las diferencias, no en las imposiciones. Es como aquello de las culturas antiguas: todas hablan de diluvios y seres del cielo, pero hay una religión que se lo queda todo y silencia a las demás, y al mismo tiempo nos convierte en disidentes. ¿Cómo osamos discutir la divinidad?

Yo, el catalán no lo pierdo, ni pienso hacerlo. Soy partidaria de cualquier medio que sirva para unir, no para dividir. Pero no sea que, entre tanta exigencia y tanta pureza, acabemos como los franceses en Saint-Denis, que se les ha ido de las manos. ¿Nos ponemos las barbas a remojar?

La gente de bien se entiende, aunque no hable el mismo idioma. Porque, al final, lo que importa es comunicarse. No sé qué da más miedo: si la crisis lingüística o la colonización identitaria.

Ya le dije a un dirigente de Esquerra, hace muchos años, que ser artista catalana me había salido como una cuota privada: mucho pago por adelantado y ningún beneficio merecido en mi propia casa. Será que no actuaba en el Mercat de les Flors, bajo las alas del mecenazgo patriótico. Pero mira, seguiré bailando en inglés, que sí me ha salido bastante rentable.

No hagáis nuestro país más pequeño de lo que no debe ser.


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Publicado por Carolina Figueras Pijuán

Directora artística. Coreógrafa & Creadora. Educadora. Experta senior. Autora del libro 'Memorias de una corista'.

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