Durante muchos años, ese fue el horizonte que se abría ante mí desde el balcón del 11º 1ª, en la calle Cantabria 55, bloque Tagamanent, en Sant Martí, Barcelona.
El barrio obrero entre Sant Andreu y el Poblenou.
El barrio del cine Verneda, del cine Levante.
Detrás de las viviendas Montseny, la vía del tren —la del actual AVE— cortaba el paisaje, entonces rodeada de las humildes barracas de La Perona, subiendo por el puente del Trabajo.

Hoy, al mirar esta imagen tomada por Quim —que encontré hace apenas unos días— algo se remueve con fuerza.
Me inunda una oleada de sentimientos, pensamientos que dormían en algún rincón del alma, anhelos antiguos, dudas que aún no han desaparecido, ilusiones que siguen latiendo.
Y aquellas circunstancias familiares… esa infancia y adolescencia que no fueron del todo felices, pero sí profundamente vividas. Demasiado pronto, demasiado seria. Con el peso de una responsabilidad que no era mía, y con un aprendizaje que caló hondo.
No había edificios que me robaran el cielo.
Ni vecinos pegados a nuestras ventanas.
La calle era amplia, abierta, y desde allí podía adivinar el mar.
Y aun así, había algo dentro de mí que siempre buscaba más allá. Más lejos.
Al otro lado de la ciudad, donde titilaban unas lucecitas que me hablaban en secreto, preguntándome qué habría más allá de esa frontera invisible.
Cuando dejé atrás esa vista, ese hogar que mis padres levantaron con tanto esfuerzo, esa rutina segura… la vida me dio más.
Mucho más de lo que jamás imaginé.
Y también más de lo que creía buscar.
Abandoné hace tiempo la República de la Nostalgia.
Lo hice por salud.
Porque seguir revolcándome en el duelo de cada pérdida —experiencias, personas, comodidades y seguridades— me quebraba ligeramente por dentro.
Acepté que había sido, y sería siempre, arrancada de cualquier sentido de pertenencia.
Y que ese desarraigo era solo mío, tan íntimo que nadie lo comprendería.
A veces, un recuerdo me asalta, inesperado, y me descoloca.
Pero sigo, tratando de encajar las piezas, incluso disfrutando el desorden, pues en su imperfección me encuentro y revivo.
Y en eso estoy.
Datando fotos de desconocidos.
Poniendo nombres a rostros olvidados.
Reconociendo calles, objetos, paisajes.
Escuchando los ecos de los relatos que una vez me contaron mis mayores.
Sus fotografías son memorias que no me pertenecen, pero que me han sido confiadas.
Me han propuesto una pequeña exposición de fotos donadas.
Y una charla, para hablar de aquellos años 60, 70 y 80.
Años cruciales para ser, hoy, la que soy.
Y estar, justo, aquí.
Lo único que sé —en estos tiempos que suenan a vejez asumida, pero que son rebeldes frente al paso del tiempo— es que nada ocurre por casualidad.
Que el azar no es un juego, sino una línea sutil que dibuja las coincidencias con sentido.
Como un mapa secreto que solo se revela cuando la mirada y el corazón están listos para leerlo.
Y me queda volver.
Volver al barrio.
Como aquella vez en que presenté el libro en el Centre Civic de Sant Martí. Tan bien acompañada, tan emotivo todo.
He de volver:
A la calle Auger, donde nací.
A la calle Bolivia, donde viví hasta los seis años.
A la parroquia de Sant Martí, donde descubrí mi amor por los lirios, el día de mi comunión, con vestido corto, sin regalos ni banquetes.
Al bloque Tagamanent, donde leía impacientemente aquellas cartas de amor, enviadas desde Cambrils, en la escalera de mi portería, que un día dejaron de llegar, sin más. Porque el amor se alimenta de piel y suspiros y no de romanticismo idealizado.
A La Palmera, donde ensayábamos con mi Ballet Elite’s Show.
A ver a Carmen Miralles y Enid González, amigas entrañables de mi madre.
A Pepi. A Cari. A Etel. A Fina, la madre de Maria José.
A la puerta del antiguo Centre d’Estudis Montseny, el núcleo generador de los horrores del bullying.
A la ya desaparecida academia de ballet EBIM, donde no aprendí a bailar nada que me haya sido necesario para esta profesión, pero sí a resistir.
A l’Escola Santa María dels Apòstols, donde abandoné la idea de estudiar, cuando podía haber hecho cualquier cosa que me propusiera, como así he demostrado.
Y quizás, como me pasa con el Cementerio de Montjuïc, no deba volver más.
Hay regresos que se hacen para cerrar el círculo.
Y otros, simplemente, para poder seguir.
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