Tras contemplar el despliegue de iluminación y el concepto videovisual decorativo de Eurovisión 2025, me doy por enterada de que la absenta que inspiraba a Shakespeare —y a tantos otros genios sujetos a musas algo más químicas— sigue corriendo por ciertos circuitos creativos. Y me pregunto, con toda la curiosidad del mundo: ¿quién es el proveedor de inspiración de estos escenógrafos contemporáneos?
Porque con presupuestos al estilo Siegfried & Roy en Las Vegas, o el inigualable Franco Dragone (D.E.P.) del Cirque du Soleil, es evidente que hablamos de algo más que recursos técnicos. Aquí hay visión, audacia… y un punto de delirio escénico.
En comparación, Valerio Lazarov, con sus hipnóticos zooms, estrobos y efectos caleidoscópicos, quedaría como un becario aplicado, pero ingenuo.
Y no, estas imágenes no se generan con un simple café macchiato y una rosquilla del turno de noche en una comisaría de Nueva York. Aquí hay toda una alquimia creativa en marcha.
Ahora bien, una pequeña reflexión: la sobrecarga estética de ciertos intérpretes —esos looks tan “raritos” o directamente imprecisos— dificulta centrarse en lo esencial: la música. ¿Estamos ante una apuesta por la marca personal o simplemente ante una gran distracción?
Para rareza excelsa, ya tenemos a la inolvidable Diva Plavalaguna en El Quinto Elemento: pura fantasía vocal y visual, con propósito y personalidad. Excentricidad con sentido.
Dicho esto, Eurovisión parece encaminarse sin frenos hacia una Gala Drag del Carnaval de Canarias… y sinceramente, me parece fantástico. ¡Viva la extravagancia bien orquestada!
Eso sí, una confesión personal: yo reconozco el talento en una caja negra, un cenital bien enfocado y un intérprete que me ponga los pelos de punta. No hace falta más. Si logran eso sin artificios, ya me tienen ganada.

Como dijo alguien en una película:
“La ópera no termina hasta que la gorda canta en el columpio.”
Una frase que siempre me hace sonreír. No la interpreto como un insulto, sino como una de esas verdades no escritas del mundo del espectáculo, llena de ironía y tradición. No deja de ser curioso cómo, en ese mismo imaginario, se ha normalizado algo tan serio como la obesidad, que sabemos que es una enfermedad, y no solo una característica pintoresca o entrañable. El show tiene sus mitologías, sí, pero tal vez algunas deberían revisarse.
Palabra de ex-gorda (yo): unas mallas brillantes, con un muslo estrangulado entre un maillot mal escotado y unas botas altas de caña pero sin tacón que estilice son… ¡lo peooooor! para una mujer curvy 5XL, como he visto en dos participantes.
Un pantalón bien cortado o un vestido con caída natural suman estilo, dignidad y presencia escénica. No todo vale bajo el paraguas de la autoexpresión y el “women power”.
Porque el poder también está en el buen gusto, en el conocimiento del propio cuerpo y en saber cuándo una lentejuela ayuda… y cuándo se convierte en enemiga.
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