Una influencer —definición muy rimbombante de lo que antes se consideraba ‘sin oficio’ o sabelotodo— , Lola Lolita, ha sido catalogada por algunos medios como «gran artista», por su participación en ‘El desafío’. De este beneficio de opinar y aconsejar sobre cosmética a pasar a hacer el ridículo para anunciar como depilarse «el kiwi» o “la papaya” por no decir ingles (premio para los publicistas) este pasado verano hasta ahora, pienso que hacer un par de numeritos, mal bailados, con muchas caritas y acompañada de todas las facilidades de un equipo de TV no es un mérito. No es ni arte. Es una estafa moral más hacia los artistas verdaderos. Es un engaño, para quien se prepara y lucha por su carrera y para quienes a pesar de su tremenda entrega, no consiguen posicionarse y vivir de aquello, por las incontables cuestiones negativas colaterales a la consecución del éxito, que no la fama, en sí.
La única razón que Lola Lolita, haya sido seleccionada para participar en este programa es la cantidad de chicas, llenas de expectativas pero poco realistas, que se espejan en ella y que arrastra como audiencia. No importa sí con criterio.
Déjala sola, sin la iluminación; decorado; los bailarines mejor preparados pero eternos coristas para poder comer; la coreografía, el estilismo y el asesoramiento para conseguir dar el pego y lo único que tenemos delante es una aficionada más y de las malas. Hay alumnas de clases de baile en cualquier academia y AMPA de instituto, que bailan mejor y se ven abocadas a triturar sus sueños antes de intentarlo, puesto que alguien, ya saben «La cofradía del perpetuo desaliento» les dice que no encontrarán trabajo porque según su nada humilde opinión esto no lo es.
Qué manía de lanzar mediocridad sobrevalorada al público. Cuidado, que esta opinión me valdría el calificativo de “hater” cuando en realidad, no me inspira ningún sentimiento hostil. Simplemente, lo veo con los ojos cansados del casting; del sudor en las clases; de las lágrimas; del hambre; de las dudas y la soledad; de los aplausos; los errores y los aciertos, y del sueldo que hemos ganado los profesionales.
Como un concurso de aficionados o personas que necesitan someterse a retos, puede ser, vale. Pero si empiezan a llamar «gran artista» a esta chica… se lo creerá. Antes se decía que para triunfar se necesitaba «un padrino», ahora basta una televisión con comida a domicilio, sofá y necesidad de escapar de las propias circunstancias para vivir el sueño de fama de otros.
Apoyen a los suyos, quienes trabajan y se esfuerzan para conseguirlo silenciosamente. No los ovacionen ni halaguen demasiado, el hecho de quererlos no significa que sean buenos artistas. Hacen falta expertos que orienten sin acabar con los ahorros familiares. Nadie acepta una valoración médica si no es un doctor quién la emite, ni una casa sin la preparación técnica y segura de un arquitecto. Las pretensiones son altas, es aquello de aprovechar la ocasión, pero los cimientos artísticos de esta chica son inexistentes. Hay miles de jóvenes y no tanto que se enfrentan al desafío diario de hacer prevalecer sus carreras y vidas, sobre todo sin el apoyo y el aplauso de la masa consumidora de contenidos inútiles en términos de auténtica superación personal.

Artículo dedicado a los profesores de danza, coreógrafos y grandes artistas de espectáculo de los años ochenta en Barcelona, que influyeron en mi vida, con la verdad (los pros y los contras duramente), ofreciéndome una oportunidad en un casting, un trabajo y un futuro.
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