He visto a Melchor

En el año 2007, vivía en el Grup Sant Pau de Cambrils y la querida vecina Carmen F. (E.P.D.), me recomendó que no me perdiera la entrega de regalos de los Reyes Magos, puerta a puerta. Contemplar aquel candor infantil ante los seres más esperados del año, bajo consignas de portarse bien o recibir carbón de no hacerlo, era en sí mismo tan conmovedor como maravilloso. Me llené de una especie de aire que no parecía venir de los pulmones, creo que era gozo.

Esta mañana, aunque no espero regalos desde hace muchos años ni había niños cerca, el Rey Melchor, a bordo de una camioneta que en lugar de hacer sonar trompetas celestiales se servía de un claxon, sin perder de vista aceras y balcones, me ha saludado con la mano. He alzado el brazo, para devolverle el saludo y esa emoción ha revivido en mi con la intensidad que solamente la ilusión de la infancia produce.

Teniendo en cuenta los problemas de Oriente y cercanías; el frío y la pereza; la carestía de la vida; los hoteles y abrevaderos cerrados, las incertezas del empleo y el egoísmo que impera en la sociedad, solamente tengo palabras de respeto hacia la comitiva de “La triple” como ellos gustan en llamarse. Incluyo a los voluntarios menos visibles, que hacen posible ese sueño convertido en realidad.

He estado observando como dos niñas y un niño, destripaban los envoltorios, impacientes y llenos de ese gozo. De eso bueno y sorprendente que no debería ser solamente fiesta de un día.

Por un momento, me ha parecido ver que se acercaba a la camioneta de reparto real, una niña que no encajaba en la foto de rigor con los otros niños. Iba vestida al estilo de los sesenta y en sus ojos he visto el mismo brillo de felicidad porque no ha recibido, pues no lo merece, carbón. Como los niños de todo el mundo independientemente de la Fe en el seno de la cual han nacido.

Esta que escribe, desde un ayer que se difumina con nostalgia, me ha hecho un guiño y ha desaparecido dejándome, otra vez, el corazón a rebosar.

Comparto aquí este sentimiento, deseando que no se apaguen, ni nadie trunque, sus ilusiones en un mundo que en contadas ocasiones nos muestra que algunos desconocidos son capaces de hacer lo mejor por la gente y que están a la altura de aquello de que lo correcto es lo que se hace precisamente cuando no mira nadie.


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Publicado por Carolina Figueras Pijuán

Directora artística. Coreógrafa & Creadora. Educadora. Experta senior. Autora del libro 'Memorias de una corista'.

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