No sabéis lo que implica esta posición profesional. Pensáis que este trabajo consiste a hacer bailes. Sería lo normal ¿no? Empezamos por lo oculto, puesto que el resto es evidente. Si cuando estudias, crees que tu tarea consistirá en una idílica existencia haciendo y viviendo de lo que te gusta, te equivocas.
No solo de movimientos de baile vive el coreógrafo. Te preparas, aprendes de otros, trabajando y cuando das el paso de subir de categoría, empieza el reto diario. Tendría que ser todo, profesional. Aquí, empezó con la coreografía, mi segundo trabajo. Solucionadora de problemas.
Muchos bailarines, creen que son mejores que tú y seguramente lo son si tuvieran esta oportunidad, pero ahora se trata de tu puesto y tu pan. Aun así, a pesar de las traiciones y ambiciones que se dan, los proteges. Si te importa este trabajo, claro.
Tienes que saber, que clase de tela conviene. Si va con el estilo de baile y lo mismo pasa con los zapatos y los complementos. Conocer los secretos del vestuario porque alguien, puesto que no siempre se cuenta con una sastra o modista, tiene que poder cuidarlo y que llegue sin desperfectos hasta el final del contrato. Las pelucas, el maquillaje. Los zapatos para reparar. Todo tiene que estar impecable. Decidir con el iluminador qué efectos son los correctos, porque la luz puede hundir un buen trabajo. Poder editar audio de calidad.
Recortar un número largo. Entender que la coreografía puede ser genial, pero que el actuante se ahoga o no consigue el nivel y lo estás fastidiando. Tienes que poder esconder a quién no levanta tanto las piernas de forma que todos se vean iguales en una línea de kickline. Saber que si el show se hará en 6 pases diarios no puedes forzar la máquina, no es lo mismo que en un videoclip, un musical o un concierto. Prevenir que alguien fallará. Cubrir estos fallos.
Los ensayos, la limpieza o pulido de estilo. Con las rutinas inevitables, los bailarines tienen tendencia a llevarse la coreografía a su terreno, a personalizarla con sus tics, y entonces, tu trabajo queda deslucido. Necesitas aliados, dispuestos a entregarse con el mismo entusiasmo en cada función. Esto al principio es maravilloso. Después llegan los vicios de veteranos.
Un día, hay un problema de pareja. Se supone que ser profesional incluye no mezclar estos asuntos con la función, pero la realidad es otra. Si hay infidelidades, broncas y rupturas, se trasladan al camerino, los bailarines sufren y no es tan fácil sonreír. Agrias discusiones por nimiedades y egos exaltados conforman esto tan cómico que me explicó uno de mis bailarines trabajando en un crucero, cuando durante el ensayo se nombran pasos de baile para memorizar. Las cuentas contienen multitud de acentos y matices que hay que dictar y si te hacen una secuencia del 1 al 8 sin más ni más, estás tratando con un aficionado. Pero a lo que iba, se decía en este ensayo: «kick, ball change, kick, kick…. drama, drama… turn, kick». Es decir, el drama está al orden del día y agota tanto a los compañeros como la dirección.
¡Pero qué bonito es bailar en el escenario! Con la menstruación, con gripe, con el cuerpo dolorido, con una lesión sin derecho a baja o vomitando. La mayoría de los espectáculos comerciales tienen coros, personas totalmente anónimas donde realmente importa poco si falta una.

Os podría contar muchas anécdotas, mientras te vas ganando (y luchando) la permanencia en este puesto, pero solo referiré un par muy elocuentes.
Una vez, un componente del equipo me confesó que tenía molestias y escozor en sus partes íntimas. Puede parecer raro, pero a falta de un jefe superior, que estaría ocupado seduciendo a la última pardilla o durmiendo la mona, decidí tomar la iniciativa. Pronto me di cuenta, con riesgo de pedirle a un chico que se bajara los pantalones, de que era una enfermedad venérea. El problema era que los trajes se alternaban para dos equipos diferentes de veinte personas. Ni sabíamos desde cuando existía ni estábamos a tiempo de pasar todo el vestuario por la lavandería. Teníamos un grave asunto entre las piernas de todos. Finalmente, se pudo tratar médicamente a aquella persona, limpiar todos los trajes posibles al día siguiente, pero nunca sabremos hasta donde llegó el contagio. Al comunicarlo la gente callaba y sentía vergüenza. Esto, se ha hecho durante muchos años tanto en Scala Meliá como Port Aventura. La gente, en turnos, usa ropa sudada de otros compañeros. Como los zapatos viejos van pasando por personas tan distintas, durante años.
Como coreógrafa y única responsable del show, soy un ‘mensajero’ inmortal. Me han querido matar tantas veces cuando he tenido que llevar el mensaje que tengo asumido que me toca evitar el desastre. No me va el martirio. No hay protagonismo que valga en el caso de evitar situaciones, es una cuestión de responsabilidad. Me pregunto con ironía que hubiera pasado si no hubiera intervenido. Si alguien lo ha agradecido. Si el jefe cabreado por la venérea, en la compañía, entendió mi compromiso. Como el día que avisé que un váter estaba supurando las aguas fecales y todos se llevaban en los zapatos y la ropa, la mierda al camerino. Enviar un e-mail, por higiene necesaria me sirvió para ofender a la dirección del establecimiento por mal interpretar, según ellos, que los llamaba sucios. Bien, allí estaban las meadas… desde el camerino hasta el escenario. Solo pedía un servicio de limpieza y fontanería.
Cuando tienes la responsabilidad de dirigir un ensayo general, exiges que no haya un martillo o un decorador por el medio. Es seguridad. En este caso, bastaba que hubiera ordenado que el escenario estuviera libre para los actuantes, cuando alguien, el «jefecillo» acomplejado y rebotado, por el hecho de que soy mujer, decidiera saltarse mi norma. Una de las bailarinas, se rajó el brazo con un clavo que no tenía que estar en aquel maldito decorado sin acabar. Era el momento de demostrar que este lugar te lo ganaste, trabajando y no cayéndole bien a alguien. Envié a la bailarina a coser el brazo y a poner la inyección del tétanos. Y paré el ensayo, con toda razón, argumentando con no estrenar porque dimitiría en aquel preciso momento, por la falta de respeto y de seguridad. Y que estrenara el ‘jefecillo’ que incluso murmuraba por los pasillos: A mí no me manda una mujer.
Claro que no iba a dimitir, pero había que interpretar el papelito: poder y ejecución. Acabo lo que empiezo, cumplo mi palabra con contrato o sin y no abandono a nadie.
Otro jefe de departamento, me tenía celos y para presionarme en otro ensayo general, no se le ocurrió otra cosa que mandar a los bailarines a cargar los decorados. Lo detuve inmediatamente, puesto que no era su tarea y los ponía en peligro. Esto le valió una bronca merecida a aquel inútil y desde este día, me la tuvo jurada. Durante el estreno, y en el escenario me ignoró saltándose el protocolo de presentaciones. Lo tengo en video. La calidad personal no va incluida en el contrato. Es un plus. Pero lo importante era que el espectáculo, el mejor, fue un éxito y nadie salió herido por su mala cabeza.
Estas cosas, tan miserables, pasan en las mejores familias, ya sabéis, con grandes luces de neón y nombres pomposos.
Cuando alguien dice que es coreógrafo tiene que poder trabajar en toda clase de condiciones y no siempre en Broadway o en TV3. No es lo mismo que hacer coreografías. Hablar el idioma de todos los artistas. Comprender sus necesidades y excusar sus caprichos. Ser, puente entre empresa y trabajadores. Cuidar los intereses de todos. Escuchar e intuir las dificultades. En este oficio no vale esto de «entro en mi hora y hago el que me mandan». Tienes que saber improvisar. No quejarte. Anteponer el bien del equipo a ti misma. Tomar decisiones, sin tiempos casi para pensar, y asumir riesgos en situaciones muy complicadas detrás de las cortinas. Sabes la hora que entras, pero no a la que sales. Esperas lo mejor y te preparas para lo peor. Esta es la verdadera competición del coreógrafo y no obtiene medallas ni sueldos gloriosos.
Finalmente, no basta con saber bailar o tener buenos bailarines. Tienes que fabricarte un impermeable emocional, puesto que algunas cosas afectan y no se es más profesional por el hecho de ignorarlas. Los compañeros que aprecias. Los fallos que reconoces sin objeciones. El impacto económico y moral, que tiene en las vidas de estas personas de tu equipo.
Nunca he estado nerviosa ante la puesta en escena ni actuación. Sabía con lo que contaba y con lo que no. Mis puntos fuertes y los menos. Quién se entregaba y quien no. Siempre que he podido he elegido a mis componentes, pero a veces me han impuesto a gente que nadie hubiera contratado, por asuntos tanto prácticos como visados y permisos de trabajo, aunque fueran unos cretinos o poco preparados. Es muy duro tomar la decisión de prescindir de alguien, pero más es trabajar todos con mal ambiente porque hay personas que siempre tienen un problema para cada solución.
Por eso, la psicología, el mundo, la autoprotección y el hecho de saber estar… se aprenden por el camino y siempre tienes que ‘ser el lugar seguro de alguien’. Y sí, cuando ha habido acoso de cualquier tipo he sido implacable y he escalado el tema a mis superiores, esperando respuestas y acciones contundentes. Puedo decir que un director fue despedido, por haberle pedido a mi asistente que subiera a su habitación a hacerle un baile privado y al negarse la amenazó. La chica, me lo explicó muy nerviosa, porque no quería preocuparme… bien, este tipo de preocupaciones también entran en las funciones de un coreógrafo. Y no, precisamente, aprovecharse del poder y los cantos de sirenas, para llevarse a la cama a media compañía.
También hay que saber decir que no y no caer en la soberbia. Una de las últimas ofertas que recibí era ser directora artística de 5 cruceros. Decliné, porque no tenía 5 personas de confianza para poder mantener el trabajo en óptimas condiciones cuando cambiara de barco. La gente se enamora, se lía, se engaña. Se pelea. Se salta los límites de conducta correcta. Marcha. Y ¡vuelve a empezar! Todo, absolutamente todo, irá a parar a la escena, perfecta en el guion pero impredecible en la realidad. Más adelante, me di cuenta de que no quería pertenecer a esta clase de empresas que explota a los artistas en los barcos. Y en puertas de una coproducción, muy importante, di un paso atrás del que no me arrepiento.
Con 20 años no se es profesor de baile ni coreógrafo. A los 50 esto se contempla con una extraña mezcla de desencanto y satisfacción. Serlo es mucho más que juntar pasos creativos, hacerse un video y triunfar con muchos me gusta. El caso es que, todas estas experiencias personales, no se pueden publicar en el momento. Te censuras. Te convences de que va en el lote. Tienen que pasar años y posiblemente debes tener la suerte de no necesitar trabajar con este tipo de empresas que mirarían, ante la envergadura de estos problemas, similares o peores, hacia otro lado.
Hay muy pocos directores y empresarios que valoren y paguen lo que es justo por el trabajo de un coreógrafo, más allá de lo técnico, el compromiso personal. Me congratulo de haber conocido a unos cuántos decentes y realmente formales con los artistas. Ha merecido la pena, y tanto que sí. Solo hay que seguir este patrón del cual aprendiste de la vieja guardia para que el oficio tenga un futuro más importante y serio. Aun así, cuando te haces mayor, las cotizaciones del régimen especial de artistas, no cuadran. Conozco coreógrafos (y yo misma), que han sido dados de alta como camareros, jardineros… animadores de discoteca, tantas trampas para una sola ley. Días de jubilación robados.
La ilusión y la creatividad no se pierden. Se generan espontáneamente (quién las tiene) pero hay que enfrentarse a la realidad. Aceptarla y adaptarse. A veces falla el presupuesto, otras el cast… otras tu salud.
Y comprobado; si un proyecto no sale adelante, es lo mejor de lo peor que te podría haber pasado.
Ser coreógrafo no solo es bailar. Es vivir una profesión extraordinaria, que procura felicidad a tantas personas en el mundo.
Sin coreógrafos y bailarines no hay espectáculo.
Al menos, contraten profesionales y respeten sus circunstancias que generalmente no duran treinta y pico años de actividad continúa.
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