Del sentido de pertenencia

No siento que pertenezco a una ciudad, ni a un país. Todo en mi deambular existencial, se reduce a etapas. Son fotografías, son personas queridas y recuerdos de algo que ya no está hoy,  tal y como lo conocí.  En todo caso, solamente tengo una unión física, un volver a casa, cuando entro en un teatro. No importa si es la platea, si son los camerinos, si es el escenario abandonado con la luz de guardia. Si es con público o con compañeros. Es lo que siento. Conozco demasiadas casas, a las que no quiero volver. Ninguna es mía.

Me queda una visita pendiente a Sant Martí, Barcelona, a recoser la cicatriz que cierre el inesperado y reabierto duelo por mi madre, cuando ya casi estaba acabado, en estos nueve últimos meses.

Conozco demasiadas personas a las que siempre querré aunque jamás nos volvamos a encontrar y me las han puesto en el camino, el teatro y la danza.

Entre madera, cortinas y bombillas, he sido más feliz, más mujer, más aventurera salvaje y más capaz de sobreponerme a cualquier dificultad. Es extraño. Es el lugar donde la soledad es un plus. Te rodean historias de artistas; ecos de canciones; líneas de texto; chascarrillos; miradas furtivas; anhelos por cumplir, pasos de baile, suspiros, risas y llantos. Convives con lo mejor y lo peor de ti misma y de los demás.

Te pagan por sentirte realizada y libre. Potente. Desafiante.  Te pagan por aprender, por admirar y por equivocarte. Te pagan por recibir consejos y también por darlos cuando pasan los años. Te pagan por ser tú cuando te vistes y maquillas e interpretas a otra. Y en todo ello, hay una profunda acción de moldearte a ti misma, de contribuir a otro mundo, a otras personas y a otra realidad, desde la pasión que no cesa.

No tengo ninguna fama ni trayectoria de estrella del teatro, porque la estrella es el teatro y la fama la hace la gente que se deja los mejores años de su vida en perpetuarlo. Es el lugar más cómodo y a la vez cuna de escepticismo demoledor, que conozco, para soñar y crear. Para luchar y vivir. En los peores momentos ha sido mi refugio y en los mejores mi punto vulnerable más manifiesto.

Eso solo se entiende si se le ama para, incluso, dejar todo atrás y todo delante porque es el aquí y ahora más tangible que he conocido. Paso páginas con facilidad. Quemo puentes y naves que ya quisieran, sin remordimiento ni pena, quienes iniciaron esas prácticas.

El teatro es lo más presente que conozco, lo llevo dentro pero lo añoro físicamente. Sin melodrama. Con la nostalgia de la vida extraordinaria porque no tenía tiempo ni ganas para otra vida que no fuera así. Esa es mi pertenencia. Esa es realización personal y a través de ella, he aprendido lo que sé e intuyo lo que aún puedo aprender. No hay frivolidad  ni vanidad. Hay una plenitud vital que agradezco y expreso convencida de que es posible que lo mejor no esté por llegar… pero si llega, si sucede, valdría cada empeño y destello de ilusión. Si al enamorarnos recordamos que nos queremos a nosotros mismos, imagina cuando sabes que el escenario te corresponde y nunca te abandona aunque no vuelvas a pisarlo.

La gente no se sepulta en un teatro. Ni allí echan sus cenizas. Pero en un teatro, debería descansar porque es mi sentido de pertenencia. Lo que sucede es que me he unido a mi alma gemela en este terreno de incertidumbres que supone vivir tiempos caóticos donde me cuestiono más de lo que proyecto y realizo menos de lo que deseo. Cambio el teatro como destino final, por ser esa ceniza en cualquier cuesta verde bajo la lluvia o lanzada al mar más bravo, junto a mi amor del Norte, donde él elija. 

El caso es que no pertenezco a nadie ni a nada. Sin embargo, hay tantos lugares donde me siento querida, recibida y valorada por personas tan estupendas que estoy agradecida, porque me anclan a las emociones indispensables para que funcione bien. Para que escriba. Y para que aprecie infinitamente tanto su compañía como la soledad del creador. Una soledad necesaria para generar mucha alegría.

Quizás la pertenencia ha variado, soy más independiente que entre cajas y delante de los focos o en el camerino, más verdadera en mis convicciones y sin embargo… al final esta pertenencia espiritual vence. No es una rendición, es un continuará con la fuerza y la dedicación necesarias y los medios adecuados. Si no… ya sabéis, es que no tenía que ser.

Bendigo las situaciones que me han mostrado:

Quien, sí. Donde, sí. Porqué, sí.

Quien, no. Donde, no. Porqué, no.

Quien, nunca. Donde, nunca. Porqué, nunca.

Si de algo sirven las miles de horas de ensayos en la danza y en el teatro, es para saber lo que sí o no funcionará y lo he aplicado durante toda la vida. Es la intuición personal, inexplicable, injustificable pero mejorada. No falla.

Chaplin, que con su humor de la miseria me hizo temerla y llorar desde muy pequeña, dijo:

La vida es una obra de teatro que no permite ensayos. Por eso, canta, ríe, baila, llora y vive cada momento, antes de que baje el telón y la obra termine sin aplausos.

No estoy de acuerdo, toda la vida estamos ensayando y debutando cientos de veces. Acertamos y nos equivocamos. El simple hecho de existir, es un milagro de la vida, que merece aplauso. Lo que hagamos con ella con empeño y por bien, también. Ensaya y estrena tu obra vital. Los aplausos tampoco cuentan tanto.

Ya sabes. No hay una segunda oportunidad para causar una primera buena impresión.


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Publicado por Carolina Figueras Pijuán

Directora artística. Coreógrafa & Creadora. Educadora. Experta senior. Autora del libro 'Memorias de una corista'.

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