Sabores y amores turcos

Hoy, cuando se cumplen casi dieciocho años de mi vuelta como residente en Turquía, me he llevado a la boca, en un restaurante en pleno centro de Salou, unos trozos de Lahmacun, y toda una serie de vivencias, caras y emociones se han ido esparciendo por mi memoria infalible. Duran ocho horas después, aquí ante el portátil. Al territorio, al menos yo, se le estima por sus buenas gentes, sus paisajes, su historia y su comida. Además, Turquía me lo ha dado profesionalmente todo, lo que no me ha dado mi tierra, peleándolo cada día con dientes y uñas, teniendo tres posiciones laborales y con mucho gusto.

No es un reproche, es la afirmación de la carencia que ya es costumbre hacia los trabajadores locales y eso que en aquel momento ser mujer, europea y jefe, cobrando más que algunos señores con quienes tenía forzosamente que trabajar, levantaba sus reticencias y me la tenían jurada.

Esta experiencia adquirida de superación personal, con un equipo de siete nacionalidades en cuatro resorts de cinco estrellas, un buenísimo jefe general de entretenimiento, Erkan G. Bey, y tantas dificultades como éxitos, se desplomó como un castillo de naipes al volver a casa, al comprobar que aquí todo estaba peor. Menos respeto, menos trabajo y menos sueldos de acuerdo con las capacidades demostradas de los artistas que conozco. Ni lo intenté, no había suficiente con la buena voluntad, era necesario cambiar la mentalidad de los empresarios.

Después de pasear y nadar entre ruinas griegas y romanas. De contemplar una ciudad hundida en el mar. De andar entre los fuegos que surgen de las rocas de una montaña. Fuera del circuito de paquete turístico. De extasiarme en sus aguas cristalinas y sentirme la princesa del pachá. De conocer sus costumbres, sus sentimientos y sus valores y de poner nombre a personas que te lo dan todo por muy poco, ha habido suficiente con entrar al restaurante, decir “Buenos días”, “¿Como está usted?”, y cuatro cositas más en su idioma para abrazar la calidez y la atención amable de aquellos años en las personas a cargo del restaurante. Todos hemos sido capaces de crear un vínculo espontáneo y auténtico. Somos hermanos mediterráneos, nos asemejamos en emociones como el amor propio y la superación que expresamos de distinta forma, pero ellos, además, son asiáticos y no árabes como muchos creen.

Reconozco que salí de Istanbul después de vivir en Antalya veintiséis meses, llorando en el avión y por decisión propia, puesto que me renovaban el contrato, pero no a la mitad del equipo y mi jefe se marchaba. Era un momento de recorte de presupuestos general y él no lo aceptó. Al marchar todos, hubo otros, pero ya no era una marca propia de nuestra empresa y que las otras venían a espiar… era buena, pero ya no era la sorpresa ni la envidia del gremio.

Si algo aprendí en aquella Babel de rusos, ucranianos, rumanos, búlgaros, turcos, ingleses y brasileños chapurreando un inglés indispensable para entendernos y hacer espectáculos de calidad, es quienes son tus aliados, las mismas personas de las cuales eres responsable en un grado que no permite errores. Y la lealtad, que no he conocido en este país nuestro ni en mi profesión. Una a prueba de nacionalismos, tragedias históricas y revanchas heredadas de pueblos y etnias unos contra los otros. Unos valores aglutinados por la supervivencia y la constancia.

Los turcos no son Erdoğan, ni él representa a las personas que yo he conocido con gran conciencia de libertad y nada de integrismo. Mi pasión turca era la felicidad de comprender, respetar y ser correspondida, a pesar de la gran competitividad existente. Al pasar los años conservamos el mismo aprecio. Aquellos compañeros, que ahora son jefes, me han pedido volver varias veces. He llorado al decir que no, al colgar el teléfono. Nunca me había sentido tan dividida por no poder aceptar un trabajo.

Volveremos al restaurante de Salou, el Ararat, por bulgur, Adana kebab y borek. Son sus sabores, de momento, los únicos vehículos nunca olvidados y emocionales, capaces de llevarme a 3.000 kilómetros y a un tiempo de felicidad, reto y compromiso. Con cada mordisco, sentimientos de fraternidad y amor en aquella tierra surgirán de mi corazón, que ha llegado a ser medio turco, por la suerte con las personas conocidas y por la satisfacción profesional que supuso vivir en primera persona la inmensa ventaja que los turcos llevan en toda la ribera mediterránea en cuanto a los estándares de calidad turística.

No os durmáis pensando que la Costa Dorada sube de nivel, no es comparable, vivís engañados.

La experiencia fue tan irrepetible, como emigrante privilegiada y no lo paso por alto, que temo volver donde soy a menudo invitada y añorada por no encontrar todo aquello que dejé y por el que hoy todavía doy las gracias. No hay soberbia en la verdad inapelable, hay personas, trabajo y hechos. Se llama, simplemente, ser la primera catalana y española, creando espectáculos propios y además en el primer holding del país; MNG. Cómo dice José Mota: “No té digo que me lo mejores, iguálamelo”.


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Publicado por Carolina Figueras Pijuán

Directora artística. Coreógrafa & Creadora. Educadora. Experta senior. Autora del libro 'Memorias de una corista'.

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