Hay cosas en el arte visual que tienen solución, pero no se aplican.
La primera es permitir comer palomitas en una obra de teatro. Es inadmisible pagar una entrada nada barata y escuchar masticar al vecino en platea. Es irrespetuoso para los actuantes y salvo qué sea una escena de ‘La rosa púrpura del Cairo’, ningún actor de una película se saldrá de la pantalla, molesto y distraído a gritarnos por el ignominioso ruido. Los profesionales del escenario sufren y callan para no perder el trabajo.
La segunda es permitir a los niños que corran por el medio de los pasillos y al borde del proscenio durante la función. Educamos en el teatro, por seguridad. Se ha confundido la libertad sin traumas educativos estrictos con la desconsideración —y resignación— más absoluta por los actuantes y el resto del público. En misa no se grita ni corre, es del todo inapropiado y denota carencia de educación, en el teatro que es sagrado para nosotros, tampoco.
La tercera y la cuarta van juntas. No todos servimos para ponernos ante una cámara para decir sandeces o mensajes proféticos del milenio. ¡Qué mal ha hecho el video en el teléfono! Estamos asistiendo a la masturbación emocional, en público, de un ego monumental que requiere una atención que no ha recibido cuando tocaba. Aplico el mismo criterio. ¡Qué mal ha hecho la IA en lo que queda de música! Si un amigo mío compositor ya decía que con un programa de mezclas todo el mundo se creía DJ… Dios nos guarde de los poemarios con música para hacer la gracia. ‘He compuesto’, dicen los nuevos adictos a las facilidades artificiales. Si el arte se perdió tu talento musical hace treinta años, y la humanidad lo pudo soportar, seria por algún motivo. Desengáñate. ¡No hacía falta! Mozart, no se ha reencarnado en ti.
La bestia negra: el videomapping es el peor ejemplo de mal uso de las tecnologías contra el arte escénico. Es la herramienta o el juguete de todos los que lo usan sin conocimiento y sin medir las consecuencias. Le roba el protagonismo a las personas que están ensayando horas y horas para pulir la presencia, la dicción, el baile, el canto, llevando la atención del espectador a la pantalla. ¡Error! Falta de dirección. Caen todos… festivales de colegios, exhibiciones de academias, conciertos, shows… grandes orquestas y teatro profesional.
Nadie se salva de la pésima utilización de la pantalla de fondo, ni algunos grandes nombres de la escena, que se han visto absorbidos por la moda digital, destrozando obras que ya eran buenas sin pantalla. ¡Adiós al teatro clásico y contemporáneo anticuados!

El artista analógico, es una especie en extinción. La técnica es el arte de saber hacer las cosas.
Decidme que queda de arte cuando todo se lo come la pantalla, el ruido de las palomitas, la música que no es música, el ejecutante que es un influencer y los niños que no paran de correr y gritar.
Cada día estoy más satisfecha de mi experiencia vital y artística sin tanta filigrana ni bulto. ¿Será que el espectáculo no es suficiente bueno —y lo saben— que se tiene que adobar con tanta distracción para hacerlo colar?
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