Yo pensaba, ilusa, que con la era digital esto del provincianismo rancio se había acabado. La ignorancia se puede curar con algunos libros, aunque una amiga mía que es muy juguetona asegura que la cultura la persigue, pero ella corre más. Nos queda Google para hacer autodiagnósticos médicos, trabajos de estudiantes vagos, robos intelectuales y en general para consumo de información inmediata.
Observo que el provincianismo no es un estado propio de los habitantes alejados de los núcleos, sino de los muy mal informados e incluso un poco demasiado espabilados. Me pasa con esto del cabaret. Es mencionarlo y se nota en el aire una suspicacia que huele a naftalina, como la ignorancia.
El cabaret que, en España, fue en años oscuros el antro de perdición de mujeres obligadas a beber sin tener sed y a desnudarse para que los clientes bebieran… contando con buenísimos artistas entre sorbo y sorbo, en Europa siempre fue una vanguardia cultural. El cabaret es rico y versátil, pero hay que haberlo vivido o documentarse concienzudamente, no es copiar un vídeo de Fosse, ni pasarse una boa de plumas de bazar, por salva sea la parte, intentando parecer cualquier cosa menos una mujer artista.
Mi médico, el de verdad y no el de Google, me prohibirá estar en redes. Esto es muy difícil. Estuve dos años sin Facebook y además de mentalmente fabulosa y no hiper informada con estupideces, casi pierdo contacto con mis compañeros y colegas. Entre ellos, los del cabaret auténtico que adoro.
En el móvil me asaltan fotos y videos de gente que nunca ha trabajado en un escenario, ni pasado hambre por culpa de malas empresas, a pesar de las ilusiones y las trabas. Ni frío, ni tres días enteros viajando, actuando y sin dormir en una cama. Con su plácida convicción escriben cosas como ‘Sold out’, para anunciar que han llenado un acto que, por supuesto, estaba todo vendido… a tantos familiares y amigos por actuante, las cuentas salen bien. Pero esto no es éxito. Ni siquiera talento y mucho menos otorga credibilidad. Instagram con este gozo totalmente imaginario del ‘todo vendido, casero’ provinciano y encima amateur, no es garantía de nada más que de postureo o lo que antes se conocía como ‘quiero y no puedo’. A base de auto engaño, se convence a los inmediatos alrededores que ‘esto’ que se publicita tiene alguna clase de calidad. Que no.
Una vez fui amateur, tenía dieciséis años y pisaba escenarios, cobrando, con un carnet de profesional que hoy no se le pide a nadie para hacer de la actuación un oficio. Para tener derecho a trabajar y mira que hay titulitis vigente. Nunca nos pidieron un título, trabajando en un teatro a dos funciones diarias, ni se lo pedimos a los coreógrafos que nos abrieron camino. He dado oportunidades a principiantes con la condición de hacer méritos. No he roto la cadena de lealtad y conocimiento entre la vieja guardia y los jóvenes.

Lo que no entiendo es que este amateurismo artístico, este tan mal hacer las cosas del cabaret de la señorita Pepis (que mayor me hace decir esto) y las variedades vergonzosas, surja precisamente de lugares que no cobran nada barato, dirigidos por personas que nunca ganaron un duro actuando al escenario. Que encima estaba mal visto.
Entonces, diría que menos suspicacias por todo lo que un artista polivalente lleva a su espalda que a última hora es experiencia, conocimiento del medio y algo más de apertura mental.
Cuando el nuevo entra por la puerta, la desconfianza sale por la ventana… pasa en todos los pequeños círculos laborales, pequeñas ciudades y mentes.
Ya lo decía un compañero músico hace muchos años: Al llegar a un lugar, todo va bien, hasta que te ven como una amenaza porque… te dedicas al mismo y —menos las pistolas de los vaqueros del OK Corral con Ennio Morricone de fondo— , no hay lugar para los dos en este pueblo. Se acaba la simpatía y empieza el rumor.
No nos salva la modernidad, solo el criterio.
Por eso, cuando veo imágenes que aparecen tan triunfalmente, cuando ya lo hacíamos todo hace treinta años y mucho mejor, habiendo aprendido de los auténticos veteranos que nos transmitieron este oficio, me queda la estupefacción de ser testigo del continuo engaño totalmente establecido y las poquísimas expectativas laborales alegremente estafadas. No es rigidez, soy inmune a la envidia. Es lástima y sublevación.
Nadie de quienes mantuvimos esta profesión y todavía luchamos para mejorarla, deseamos contemplar la decadencia del espectáculo popular y también género original de nuestra cultura, en manos de los provincianos, los del vecindario comarcal y los de internet.
Descubre más desde Memorias de una Corista
Suscríbete y recibe las últimas entradas en tu correo electrónico.