No soy abuela. No soy madre. Solo soy la «mala madrina» de un sobrino del cual no recuerdo la fecha de cumpleaños y que, considero lógico, no tiene interés por crear un vínculo afectivo. En cambio, y para contrarrestar mi suspenso como tía política, mi varita de hada ha hecho felices a tantas criaturas, gratis o pagando, que realmente esta capacidad de ilusionar y de, incluso algunas veces, realizar sus sueños compensa de todo. En términos lúdico-educativos conecto con los niños perfectamente.
Después de haber trabajado en escuelas de danza; colegios y AMPA, asociaciones culturales y en la animación turística, definitivamente poniendo su seguridad y felicidad por delante, voy de vacaciones donde no hay niños. Si puede ser, pero más difícil, a restaurantes también. Es el justo premio, un descanso hecho a mi medida y una necesidad común a muchas personas que precisan de una conversación tranquila y una estancia plácida. Siendo honesta con esta premisa de relax, me basta una mirada para saber que una niña, adolescente e incluso adulta, conecta conmigo y tengo todavía algo para darle, personal y muy transferible para cambiar, a través del arte, su vida.
Cubrí mi instinto maternal con la danza, en intermitencias profesionales a lo largo de mi existencia, era y es cómo desintoxicarse de la rutina frenética de esta maquinaria del Show business y favorece a ambas partes.
Lo he hecho desde muy joven cuando tenía edad de ser cuidada y no cuidadora. De aquí nació un gran sentido de responsabilidad que he aplicado a toda persona que en la amistad o en el trabajo, me ha considerado «su lugar seguro». Curiosamente, mi lugar seguro, no es la familia. Soy yo misma, mi perra, el aula de danza y un teatro vacío.
Esta que escribe es la que salió artista, la rara y rebelde, sin ser la más mona, ni especialmente dotada de un talento extraordinario, ni fue llamada por la fama tan deslumbrante como engañosa, pero tozuda para realizar su éxito personal.
No soy esta señora de hacer paellas para diez, y aunque el entretenimiento es mi trabajo no me va el jolgorio. Me incomoda el rollito familiar de celebraciones, tanto como las confidencias que, comprobadas como alta traición, nunca debieron hacerse.
Estando estas tardes de verano en la playa, contemplando estas hileras de abuelas, con hijas y nietos… arrastrando sillas, sombrillas y neveras levantando la arena, me he sentido ajena, aliviada y sobre todo libre. Será la bohemia que perdura o un gen antipático de estos que no necesita continuar la especie.
Mis últimas reuniones familiares han sido funerales, a los cuales he asistido por respeto. Fallecida mi madre en 2021, no avisé a nadie para acudir al tanatorio y una vez ha marchado, ya no me queda Navidad para celebrar. Durante su última semana en casa y sedada, en su habitación, se escuchaban ecos de niños. Colegios próximos, estos de los anuncios de pisos en venta ‘muy bien situados en zona comercial y escolar’. Más sonidos en balcones y patios en tardes de floreciente primavera… como un canto al despropósito mientras se debilitaba su hilo de aire. Solo ruido de niños jugando y gritando, mientras asistía impotente a su final y mi niña interior en pleno momento de pérdida, sacudía la cacharrería, postales, fotos antiguas, objetos simbólicos y todos los ‘*pongo’ acumulados de mi caja de los recuerdos… rememorando la humilde felicidad de una familia de cuatro y la tremenda generosidad de la parte paterna y marinera de los familiares en Cambrils y Tarragona pasando las únicas vacaciones que tuve, en sus casas. Entonces todavía soportaba el alboroto. Después con la adolescencia… silencio y distancia por mi parte.

Mis parientes más próximos, los de sangre, y los adquiridos por compromiso matrimonial me son muy lejanos mental, física y emocionalmente. Entonces, aquí digo fin, puesto que no quiero dejar tareas pesadas, memorias de artista y de profesora, ni restos de mi rica vida interior a nadie. Siempre he sabido cual no es mi lugar y es una ventaja.
No me arrepiento de la vejez solitaria que pasaré. Todavía más, me congratulo por una meditada elección. Se impone la calma pero no la resignación. Es la autoafirmación de mi lugar seguro. Lo que sucede es que este largo camino vital nunca se acaba y tampoco se sabe cuándo volveré. A ellas, alumnas y bailarinas de mis shows (y a ellos) las hago depositarias de todo esto tan maravilloso que compartimos. Y después … nada.
Con esta declaración, doy las gracias a todas las madres y niñas exalumnas, que me he encontrado en Salou en estos ocho últimos meses. Con tantos abrazos y sonrisas, tengo la seguridad que lo hicimos, juntas, bien. Lo conseguimos, fuimos felices, protegimos aquella infancia de los horrores del mundo. Igual que en San Martí en Barcelona, y de paso por Cambrils… tal y como abandoné Salou hace veinte años, mi camino continua hacia donde el instinto, mi trabajo, mis inquietudes personales y el amor me lleven. Algunas me olvidarán. Otras como Sofia, mi penúltima alumna de doce años llorará como al despedirnos el 2014.
Pensaré, o escribiré sobre esto, en un hotel sin niños.






Ya, bastante hotel ha sido este corazón que guarda fielmente cada inseguridad, cada llanto, cada gratitud, cada risa, cada dibujo de la Carol con su cola de caballo, rodeada de corazones. Cada pequeño triunfo como no caer de una pirueta o lograr un nuevo salto, dejar por siempre el rincón de los avergonzados por su entorno y ser importante en un escenario. Cada sueño, hoy por hoy, hecho realidad. Porque mis niñas cuando les preguntaban qué actividad extraescolar hacían, decían: ‘Yo los martes y jueves, hago Carol’. Efectivamente, ninguna frase lo puede describir mejor. En el fondo, todas ellas, son yo.
Fotos para mis alumnas y sus familias.
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