No era por tí, era por mí

Mantengo la teoría que quién menciona el agua pasada que no mueve molinos, generalmente no le conviene la sal sobre la herida de un hecho. También creo que quien más se esfuerza en quitar importancia, y más si ha sido protagonista implicado, tiene algo por ocultar sea por pasiva o por activa. Sería más fácil, aceptar la responsabilidad de cada cual y pedir disculpas. La inexperiencia, la torpeza o quién sabe. No, el perdón está a otro nivel y aunque libera más el ofendido que al ofensor, ni es un depósito a plazo fijo del rencor ni todo el mundo tiene que ser perdonado. Esta gente que castiga o avergüenza la memoria dolorosa y obliga a olvidar no aporta nada.

Viene a cuento porque hace unos días, en la playa de Vilafortuny, vi un fantasma. Aquel ademán al andar, este gesto conocido y envejecido en la barrica del tiempo, que un día importó e ilusionó cuando éramos jóvenes y creíamos que el amor era aquello, justo el que nunca llegó a ser. Con el paso de los años y contextualizando las experiencias propias, el fantasma y yo tuvimos  unas cuántas conversaciones en persona. No hay intención más obvia que, pretendiendo conquistar decir ‘no te olvidaré nunca’. ¿Quién, amando se anticipa a la pérdida? El amor te da las fuerzas para luchar y vencer.

Cuando ya has tocado la cara A del vinilo de tu vida, hay frases que rechinan y te convencen de que, efectivamente, aquello no tenía que ser. Una de ellas es, «siempre me contradices». Oiga, tengo opinión propia y creer que es una confrontación personal, viniendo de un hombre que asegura que eres el amor de su vida, para mí no deja lugar a dudas. La otra frase para enmarcar da miedo, «eres demasiado notoria». De repente, todo aquello que te hace única te pone en la situación de que estorbas. También le ha pasado a una amiga mía que es activa y muy divertida y otra con inquietudes por no enterrarse a los sesenta. Esto es un pie puesto en el resbaladizo terreno de la sumisión o la anulación. Entonces, sabes que aquel intento candoroso de los diecisiete años no era amor. El fantasma, usando al médium de Messenger me enviaba canciones melosas, de vez en cuando,  hasta que tuve que decir que gracias, pero demasiado empalagoso, fuera de lugar —soy felizmente ‘muy’ casada— y que no significan nada. Amar es aceptar la individualidad y algo más que revivir bailes lentos en la discoteca ‘Hot Harlem’ y juegos en las olas del Cap Sant Pere.

A romántica me ganan pocas, pero ya estoy tocando la cara B del vinilo y he conocido todas las baladas del amor. Desde el más que posible pero no viable al absolutamente insólito y maravilloso pero con corta fecha de caducidad.

Lo vi alejarse andando por la orilla, convencido (lo sé muy bien) que sin salir de un kilómetro de la Avenida de Adelaida desde su casa al trabajo durante toda la vida, cruzándose con las mismas personas y una vez al año disfrutando de unas vacaciones en el Caribe, es esto. Vida. La que no quise tener, cuando había un mundo para descubrir y una experiencia vital para acumular.

Ahora, me queda por destruir la única prueba del crimen de la juventud, las cartas enrolladas en una cinta de raso rosa, de zapatillas de puntas. El ballet no era más importante pero era una herramienta muy útil para conseguir, posteriormente con el espectáculo en concreto la revista musical española y el music hall, eso que denominan empoderamiento e independencia.

Lástima de primer romance. El tiempo, y el pasado que siempre vuelve, le ha arrancado todo el encanto. Mejor no haber hecho up dates. Nunca mejor dicho y aunque parezca un tópico: ‘no era por él, era por mí’.


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Publicado por Carolina Figueras Pijuán

Directora artística. Coreógrafa & Creadora. Educadora. Experta senior. Autora del libro 'Memorias de una corista'.

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