Durante el siglo pasado, sin avalancha de TikTok aunque con la posibilidad de ver una televisión estricta, las niñas rusas y ucranianas tenían una visita obligada al teatro de ballet clásico. Cuando habían contemplado el lucimiento de las más privilegiadas bailarinas, se les preguntaba si querían ser cómo ellas. La tentación llevaba en el paquete el deseo de ser la princesa real de su barrio más bien humilde, la ambición de éxito con exageradas reverencias finales en la representación de aquellos cuentos que tan bien orquestara el maestro Tchaikovsky. Difícil, decir que no y quedarse en la fila de los ausentes en la gloria.
Después, detrás de las tiaras, los tutús con sudor y talco rancios por el uso y aquellos refinados objetos de tortura denominados zapatillas de punta, las niñas descubrían el hambre, el miedo a engordar, de ser rechazadas y la anorexia. Vivían las rencillas y los celos con cristales rotos dentro de las zapatillas. El vacío afectivo lejos de casa. Dormían en habitaciones destartaladas y frías, en aquellas residencias ancladas en tiempos de escasez, como si el triunfo comportara la miseria con ese recuerdo de la permanente amenaza del fracaso. Disciplina lo llamaban. Lo explicaba Okssana Skorik, actualmente bailarina principal del Mariinsky Ballet en un documental titulado «A beautiful tragedy», de cuando era una adolescente y venía a referir la gran verdad de cómo una madre frustrada puede influir en la vida de su hija, a cualquier precio. A ella le salió bien, pero vio pasar a muchas hacia el olvido. El escenario ejerce una atracción irresistible. En el caso del ballet la carrera es corta, el lucimiento paga peaje y la merma de facultades que acontece relativamente rápidamente en términos de edad, es tan cruel como la peor de las dolencias de cualquier ser menos talentoso.
El ballet fue, junto con la música, mi primer amor pero ni el más importante ni el decisivo para realizarme como persona y artista. El baile y el escenario me han llevado a todos los lugares viajando y cobrando, a las personas que quiero o admiro y tengo las experiencias maravillosas que puedo contar no como vieja gloria (patrón de conducta que detesto), sino como una persona inquieta y arriesgada de serie.

A veces me preguntan, padres y posibles estudiantes, con qué profesora o a qué academia acudir y respondo que prueben u observen una clase y hagan caso de su propia intuición. El mejor profesor de danza es quien te hace feliz, la vida ya se encarga de recordarte que no siempre puedes serlo. Huye de quién te adoctrine en el sacrificio, la humillación y el ‘no eres suficiente bueno’ para llevarte a un límite emocional sin vuelta atrás en los mejores años de tu vida, como pago del logro artístico. Este tipo de profesoras, y las he conocido aquí en Cataluña, no son más que aspirantes frustradas a princesa de ballet de Tchaikovsky, que harán lo posible porque tú no seas más o después se atribuirán el mérito que es solo tuyo. Desconfía de las exigencias desmesuradas y las sentencias gratuitas, son píldoras de desaliento. Escucha a quien te guía con realidad, pero te ofrece opciones.
Trabajar 6 shows diarios en un parque no es precisamente un buen comienzo, ni para aprender ni aprehender lo más importante de esta profesión. Quienes lo dirigen y te supervisan, en general, no saben más que tú. A los artistas se les habla en su idioma y se les trata como corresponde a su formación, todo el resto es procesado de carne picada, no caigas si quieres un futuro profesional.
El año 1996, creo recordar pusieron una crítica mía en el Salou Semana, pinchada y subrayada en la cartelera de vestuarios del parque. Lista negra, no es una leyenda. Hay unos cuántos, conocidos, todos los que saben de lo que hablan y quieren hacer las cosas por bien de los compañeros. Encantada de volver al corcho, suerte que no soy una mariposa, pero tú sí. Usa tus alas. Y ¿ si caes?, me dirás… pero y ¿si vuelas?, te respondo.
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