El otro día una persona colaboradora en la Asociación de escritores Ōra Marítima, a la cual he sido gratamente invitada por el periodista Ángel Gómez, me preguntó de qué escribía. «De la vida», respondí. De lo que me sucede y percibo.
Tengo 63 años, raciocinio e integridad con valores firmes que no se subastan. Siempre considero, no traicionar ni hacer daño intencionado a nadie. Aun así, la libre expresión no está sujeta a educación y menos a la calificación moral de las personas por tener un pensamiento crítico en desacuerdo. Tengo un cerebro y un teclado que se usar, libertad y cojones ganados a pulso por toda una vida luchando para no ser una pusilánime pasiva necesitada de aprobación ajena.
Nadie sabe de mis batallas excepto cuando las cuento y la penúltima, fue para exigir a la S.S. que rectificara un diagnóstico erróneo. No solo lo rectificaron y borraron del sistema, también me llamó el director médico en persona para darme la razón. Cuando voy, convencida, ya nadie me detiene.
Decía, en 2007, mi terapeuta que tenía un conflicto con la autoridad. Especialmente la que abusa, maltrata, miente y condiciona. Por ello, cuando he tenido poder, mucho, he protegido a los más vulnerables y sin la condescendencia que no soporto. De hecho ese es mi estado natural, tener poder para cambiar las situaciones por bien de todos. He evolucionado a mejor. Lo soy, no por la terapia, me viene de serie ser leal, honesta e integra por echarme tres flores. Como ya sabia que no voy a ir al cielo he ido a todas partes. Ese conflicto, que considero una alerta existencial muy útil, me ha salvado siempre incluso en los ambientes más sórdidos y también ha derivado en matices; rebelarme ante cualquier injusticia, cuestionar lo que me parece absurdo y no someterme ni conformarme.
Justo a mí, me tocó ser yo. La reprobación me exalta, como a Jean Cocteau. No consiento los juicios de valor y rechazo la censura. Desde niña he tenido la sana costumbre de no hacerme pequeña, para no molestar por pensar y hacer, para que me quieran, para que me den trabajo o me acepten donde no me merecen ni quiero pertenecer.
Me he enfrentado a maltratadores escolares, laborales y sentimentales, pederastas, acosadores sexuales y abusadores burocráticos. A familiares, bloqueados en redes (como si fuera tan fácil) que no estaban de acuerdo (ni falta que me hacía) con mis decisiones vitales que se permitieron juzgarme y humillarme. Siendo absolutamente responsable de mis actos, por no perder nada, no he perdido ni un juicio por llamar ‘terrorista del volante’ en la prensa, a un taxista identificado por su licencia, que me dejó tirada mientras pedía cambio a un amigo, maquillada de escena, lloviendo y con hordas de borrachos bajando por la calle en plena madrugada. El mismo que por medio de la emisora impidió que otros taxistas me recogieran. Él tuvo que pagar las costas. Hace unos años una empresa turística de cuyo nombre no quiero acordarme, ganó su juicio contra una mala jefa de sección que había robado material y traficado con entradas gratuitas de un recinto de entretenimiento cobrándoles a los clientes, en parte por mi testimonio ya que en la cuestión jurídica de decir la verdad, estaba obligada a contarla. La misma empresa, en agradecimiento a todo el pastón que se ahorró por aquel despido y después de mejorar en todos los aspectos las condiciones de los empleados de la sección y en beneficio de la misma con todas mis aportaciones tanto experienciales como recortes económicos, me hizo pasar por un mobbing tras un accidente laboral, la primera baja legal en toda mi vida.
Admito que tengo tendencia a suponer que quien me lee, entiende. Confío en vuestra inteligencia. Soy responsable de lo que digo y no de lo que tu interpretas. En realidad, muchas personas interpretan, personalizando el contexto. Anais Nin y yo llegamos a la conclusión de que vemos las cosas como somos y no con son. Ya lo dice Mota: «Ser, eres y no pasa nada».
El feedback es revelador, incluso la crítica más feroz es un regalo con valiosa información, no de la labor, de quien. Recuerdo que en una presentación de mi libro un amigo me dijo: “lo que has escrito es gris sobre blanco”. Venia a cuento, porque dando muchos datos autobiográficos no iba a ser tan boba de poner en bandeja un programa “Deluxe” y facilitarle una demanda a uno de esos acosadores muy conocidos en el teatro, por mencionarlo, sin poder demostrarlo aunque en su momento, el año 1984 lo denuncié en la empresa de Colsada sin que me sirviera para nada. Por otro lado, yo a un depredador que quisiera aprovecharse en una ocasión embarazosa, incluyendo a bailarinas menores, tampoco le debo respeto post mortem, por mucho que no pueda defenderse. Tampoco, en vida, nos lo permitió a nosotras.
La publicación y venta de mi libro nunca me compensará del desgaste emocional y las horas de promoción, en cambio como legado profesional su depósito en todas y cada una de las bibliotecas particulares e institucionales, sí. «No es a cuantos, es a quienes» y me doy por satisfecha.
No gano un euro por escribir un artículo, en pleno uso de mis facultades y de mi libre expresión, me bastan el criterio de quien me elige y la publicación sea en papel o en internet. Cobro por pensar y solucionar los problemas que nadie quiere, o sabe abordar, en situaciones generadas en el ámbito laboral, tanto o más que por coreografiar. Eso de hacer shows está muy bien pero para que funcionen hay que lidiar con una serie de circunstancias y personas complicadas detrás del escenario. Siendo correcta nunca vas a complacer a todos.
Esto va a encantarles a los adictos al drama aunque para mí es el conflicto propio de estar viva. Mis últimos acontecimientos son cristalinos indicadores que me sugieren un nuevo giro; La casa donde vivía de alquiler ya no me quería. No vuelvas a donde te costó tanto marchar. Y los huesos han pagado la factura de una vida afortunada, privilegiada a costa de ya no bailar más. La buena noticia es que acaricio desde hace tiempo nuevas ideas, golosas y bien hechas, para las que no necesito bailar. Y amor, inviolable, que es mi valija diplomática y lo único junto al portátil que salvaré en caso de que mi nave se hunda, o la queme yo misma. No necesito más.
No es buen momento para testar mi resistencia pero, adelante bromista del Universo y miembros del ‘Club del Fastidio’ filial de la antigua ‘Cofradía del Perpetuo Desaliento’ que tan bien reconozco, tras una plaga de ratas y pulgas; una alergia a seis factores ambientales con pesadas noches de urgencias; una caldera estropeada; una cirugía de cadera y rehabilitación en curso; una mudanza y la adaptación difícil emocionalmente para residir en la casa donde vi morir a mis padres. Ser testigo impotente del dolor físico de un ser querido; una próxima prueba, de las gordas, en el hospital y dos cirugías familiares más en el horizonte. Todo contabilizado en más de 7 meses de agotamiento por estrés.

En la película ‘La milla verde’, a propósito del asesino de dos hermanas, el preso inocente John Coffey dice: «las mató con el amor que se tenían». Hay personas, que siendo majas, pero ignorantes de la realidad ajena, hacen eso, minan la moral con el amor que otros se tienen y, más, con la libertad que no tienen ningún derecho a condicionar. Me ha pasado tantas veces, que resumo, el problema no es mío ni caeré en la estupidez pseudo chamánica de decir que lo atraigo. El problema es suyo.
«Usted que nos critica, usted nos interesa».
Esta retroalimentación que tanto se trae y lleva para justificar la utilidad y productividad de lo que hacemos es peculiar. Como profesional estoy sujeta a la crítica, la acepto, me interesa. Como persona sensible, empática y absolutamente sincera, he pedido perdón las suficientes veces que sin querer he causado daño o malestar. No voy a pedir perdón por ser yo —que parece que por el mero hecho de serlo molesto—, defendiendo mis ideas, a mis seres queridos y los frentes abiertos, en continuo debate de mis batallas existenciales. Solamente he bajado la cabeza una vez, ante el fallecimiento de mi madre que siempre me instó a hacer lo que creía y quería. Esa es mi base y nadie me va a doblegar.
Es condescendiente, machista y muy injusto atribuir a otra persona lo que yo —y solamente yo— soy y pienso. Nadie me tutela ni supervisa. Me basto sola. Cualquier intento por subestimarme es un error común que yo no debo subsanar. Cuando digo no, es que no seguro y cuando digo que si… puede que cambie pues a veces me permito equivocarme. Sin dramatizar, con feedback o sin el, da para pensar que hay un límite para esta buena persona, contestataria, que todavía soy.
Oído navegantes.
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eres única !!!!!!
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