Una vez, en el colegio, hicimos una película. Cada cual debía crear la suya. Mi cine era una caja de cartón sin tapa y de un lado al otro, pasaba un rollo de papel de embalar dibujado con ceras Dacs, mientras contaba la historia. Le hubiera venido bien un ragtime de Scott Joplin… aunque entonces lo mío eran los clásicos de la carta de ajuste de TVE, pues no tenía tocadiscos, ni comediscos, qué invento aquel que disfrutaba mi vecina de la tercera puerta, ni cassette aunque me quedaba la tonadilla pop de un transistor pequeño que resultaba imprevisible y a menudo comenzada. Imposible, usarla en la demostración de la clase. El trabajo pasó con una buena nota, pero no me compensó del cansancio de pintar la historieta, narrar y captar el interés de la audiencia. Nunca quise ser el centro de atención y no sé cómo llegué a sentirme tan segura en el escenario.
Una tarde, siendo adulta, antes de un evento importante me dio un bajón y estaba ansiosa. Una compañera de baile, en realidad una de mis bailarinas, me dijo: «Te montas películas». No era una opinión, era una acusación. Estaba viviendo una situación que no podía confiar a nadie. Mi relación sentimental por la que tanto había luchado hacía aguas, un jefe convertía cada paso de coreografía y cada encuentro en un campo de minas y me estaba enamorando de otra persona con quién jamás podría compartir más que escapadas furtivas. Entonces si tenía tocadiscos y cassette doble para tocar la banda sonora ‘Broken bicycles’ de Tom Waits de la película «Corazonada».
El éxito era amable conmigo y.… qué cosas, tampoco me compensaba de todo lo que había puesto, casi diez años de mi vida como un caballo con pabellones en los ojos: sin mirar a nadie, sin vacaciones ni caprichos. Nunca me quejé, lo entendía como parte del argumento, fui forjada en la frugalidad. No me faltó alimento, ni educación ni vestimenta de buena familia obrera. Desde niña desafié cada frase de: “no se puede”, con una furia inusitada que desconcertaba a las personas cercanas.
El amor se acabó.
El acosador desapareció unos meses después con el fin del trabajo.
La vida me hizo protagonista de otra historia que dirigir, como siempre, me gustase el papel o no.
En cuanto a la compañera que me decía que me montaba películas, supe que me había traicionado habiendo sido cómplice de una reciente escapada a un local de ambiente de Gracia… para encontrarme con Isabel. Lo supe porque, unos días después, en su coche sonó “Broken bicycles” —las casualidades no existen—, un obsequio evidente que le hizo aquel hombre que quiso servirse del amor para engatusarme, desvelando mi secreto y dándome a entender que sabía, pobre, lo que solamente su mente calenturienta imaginaba. No, no me iban los “bollitos”, tal y como me insinuó, aunque una mujer de verdad siempre me parecerá más sexy que un patán andropáusico que necesita demostrarse la hombría a costa de la impunidad. Humillar a una mujer que dices querer para tirártela en una furgoneta Westfalia, camino de un bolo en Valencia y delante de dos tíos, no es precisamente una muestra de respeto. Hace poco, este señor —ante mi cautelosa aproximación en respuesta a que quería mi libro—, me dijo por messenger que cada cual lo interpretaba a su manera. Ciertamente, mi memoria es el testigo más fiable de mi juicio y sigo siendo capaz de discernir entre la fantasía y la realidad en cada momento de mi existencia. Nadie va a terapia por una interpretación subjetiva, se va con datos, detalles y hechos que causan un profundo seísmo emocional. Es más fácil, edulcorar que aceptar una realidad agria y a mi, lo empalagoso me irrita y causa una desconfianza natural que me ha librado de más de una y bien gorda.
En aquella época, me escapaba de asistir a la agonía de una relación que yo y solamente yo terminé con un dolor prolongado en el tiempo, demasiado, sintiéndome amenazada por represalias laborales y agobiada por responsabilidades sentimentales.
Nunca más escuché esta canción hasta hoy. No significa nada para mí, no me conmueve, no me inspira pero me recuerda a Isabel, salvación en días caóticos y de tremenda soledad, un espejismo en una playa desierta de Badalona. Isabel olía a Cacharel, exactamente igual que aquel hombre que creyó que era digno de mi amor, jugando los comodines del silencio y de la lástima. No más trucos. No más farsantes detrás de la cortina en el reino de Oz. Esta es la banda sonora de una película, la suya, donde nunca quise figurar. A veces es mejor que te ignoren y que no atraigas. Cosas de la suerte o de la coincidencia pero nada que aprender. Se escucha de fondo el sonido de Amtrak… esos trenes perdidos de la América profunda que me encantan, tanto como los grillos, eternos, del verano que no ha de volver.
La vida sigue siendo fascinante, mis aventuras son propiedad privada, anécdotas que libero al aire como pájaros enjaulados, y los dramas peliculeros, Merçè, son para Marguerite Gautier.
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