Varias menciones a Mel Castán, en mi libro.
1981.
El gran público y los artistas más selectos conocían al señor, con todas las letras, Mel Castán, por sus innumerables espectáculos de categoría tanto en España como en el extranjero. Era especialmente famoso por su intervención con Sara Montiel como único partenaire en el tema “Loca” de la película La reina del Chantecler. Fui a verlo a Ciro’s. El cabaret olía a amor. Un ambiente placentero de perfumes femeninos y talco mezclándose con otro aroma, el de la intriga, desde la puerta principal hasta el escenario, sugiriendo la santidad de un templo. Pedí a una chica vestida de largo, que parecía flotar en vez de andar, ver al señor Castán, propietario y artista cuya personalidad me había cautivado, pues hacía gala de una clase no corriente en mi entorno artístico y vecinal, limitado e ignorante. Era mi único referente cercano, por haber presenciado sus shows en mis primeras salidas, descubriendo la Barcelona atrayente de finales de los 70 y principios de los 80, cobijo del ave nocturna que habitaba en mí. Me recibió en la sala, cerca de la barra. Aunque fue muy amable y respetuoso, me temblaron las rodillas. Durante la conversación, me aclaró los términos del contrato de sus artistas. Para trabajar en Ciro’s, como en otros cabarets, con la actuación en el show era necesario hacer presencia en sala. No disponía de vestuario para aquel estilo de vida. Lo que él me explicaba era como una escena sacada de la mítica película Cabaret, con Sally Bowles y su savoir faire. En meses anteriores, había observado a las bailarinas del local, elegantes, conversar discretamente con los hombres mientras tomaban una copa. No muy habladora, mi básico bagaje social consistía en las cosas aprendidas en casa. Valores como honestidad, corrección y prudencia. Con veinte años recién cumplidos no sabía nada. Nada de la vida fuera de una academia de ballet rodeada de niñas y aquellos bolos de verano, tutelada en un ballet moderno de varietés, anodino, compuesto por mojigatas principiantes, bailarinas instruidas en la rigidez, acuciadas ante la constante advertencia de ser tachadas como unas cualquiera por unos paisanos ávidos de piel tersa durante las celebraciones de los pueblos. Chicas, en definitiva, sin más aspiraciones que el parco aliciente económico, cerca del famoseo, escapando de la rutina del barrio de trabajadores, Sant Martí de Provençals. Y a pesar de las malas coreografías, bailaba bien por méritos propios.
No era extrovertida precisamente, pero el escenario era mi territorio más seguro. Además, siempre había sido lanzada con todo lo que me proponía, pues el modo kamikaze me viene de fábrica. Si aceptaba, ¿cuántas veces me vería en la situación de no saber qué decir? Aquello era muy serio y desconocido. Me movía la necesidad de saltar aquella barrera física, urbana. El otro lado de la Barcelona nocturna me llamaba. Y con ello derruir la otra barrera, mental, impuesta en nombre de la decencia y de la amenaza de la espada de Damocles vecinal: “el qué dirán”. Quería explorar y seguir en el espectáculo. Bailar, trabajar con lo que mejor sabía hacer, aprendido a costa de aquel sacrificio económico de mi madre, cosiendo trajes de bailarinas y uniformes escolares para El Corte Inglés. Un alto pago de la factura invisible de mis propias entregas y renuncias, estando en edad de divertirme y no de tanto padecer.
No usaba tacones altos. Me habían recortado los zapatitos negros de español con punta plateada para igualarme —por estética— con el grupo. Tenía las piernas más largas. A pesar de ser la más joven, era la más alta y esbelta. Parecía más adulta. De momento, aquello que en la moda y en el baile moderno era una ventaja, fue un inconveniente para encajar en el conjunto. Si iba a la discoteca y me ponía tacones resultaba más alta que la mayoría de los chicos que conocía, así que perdía el interés y el equilibrio.
Escuchando a Mel Castán afirmar que podía darme empleo si aceptaba las condiciones, dejaron de temblarme las rodillas y me fui desanimando por segundos, ya que inmediatamente supe que a pesar de aquella oportunidad de ser una de sus bailarinas, una más sin pretensiones, no estaba preparada para ocupar un puesto en Ciro’s. Y ¿qué dirían mis padres? Le di las gracias por atenderme, diciéndole que pensaría en ello. Bajé caminando hasta la esquina de la Diagonal donde paré un taxi para ir al Paralelo. ¿Por qué me dirigí al teatro Apolo?

1982.
Con tanto descubrimiento nocturno, visitamos el espectáculo de “Belle Epoque”, de Dolly Van Doll. Al llegar, miré al fondo de la entrada, al pasaje donde estaba Ciro’s. No había vuelto para decirle a Mel Castán, el hombre más guapo y seductor que había visto sobre un escenario, que me lo había pensado. Normalmente, nadie se tomaba la molestia de decir: «No, gracias». Podías estar corroyéndote durante valiosos días, con la duda de aceptar un trabajo por esperar otro y no tener un resultado satisfactorio al final. Eso a nadie le importaba, era cuestión de adivinar, intuir o consultar a una tarotista, con lo fácil que es aliviar el estrés y descartar. Normas.
1995.
Ttrabajando en la revista ‘La creación’ de los Hermanos Calatrava y ERA Produccions, yendo con Ángel Amar, nos encontramos a Manuel Castán en los alrededores del Arnau. Ellos se saludaron cordialmente y Mel no me reconoció.
1997,
Unos amigos me invitaron a la sala ‘La Antilla’, cuando caminé por la galería, me dí cuenta de que estaba volviendo a entrar al local de Ciro’s. Mil sensaciones, me invadieron. No había pasado tanto tiempo, y sin embargo yo ya no era aquella bailarina en busca de una oportunidad. No importó el cambio de decoración y estilo del local, aquel fue el dominio de Mel Castán.
2010.
Joan Gimeno me invitó a ver el espectáculo «Rambleros». Desde 2004, al marchar a Turquía no sabía nada de los compañeros y estaba bastante aislada del mundillo. Esa noche, aunque ya habíamos hablado usando Facebook, volví a encontrarme con Mel Castán en persona y desde entonces, hemos compartido veladas artísticas y una amistad preciosa con la complicidad por el amor a esta profesión, muchas anécdotas e historias de teatro, que han dado para paseos, charlas y convicciones de que aquel tiempo pasó, pero supimos disfrutarlo como más me importa, de una forma profesional y totalmente entregada. Creo que en ello coincidimos unos cuantos.
Lo quiero tanto que me atreví a pedirle que escribiera el prólogo de mi libro. Le deseo lo mejor. Siempre un caballero, amable y afectuoso.
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