Ahí abajo

20 siglos no han bastado para normalizar el término “pudendum”, definido como la vergüenza que debe cubrirse. La ciencia aplica un sesgo de género con la única descripción anatómica de contexto moral y en plena era digital se usa una expresión propia de palurdos: «ahí abajo». Así nos han rebautizado la entrepierna de diosa, amante y madre, señoras. Para quien, como yo, tenga la mente volandera suena a sótano de perversión o capítulo de Stranger things. La apología de la femineidad pasa por patatas fritas y velas aromatizadas; coleccionismo de bragas usadas, procesiones bizarras con imágenes de consagración vaginal y webs recopilando fotos de toda mujer que se preste a la manifestación de su orgullo íntimo. Calculen el mercado que generamos: lubricantes; salvaslips; compresas; tampones; copas; juguetes; cirugía embellecedora; jabones; depilatorios; piercings y tatuajes; medicamentos locales; anticonceptivos y tratamientos de fertilidad, exámenes ginecológicos y… en paralelo, productos para la pérdida de orina, hemorroides y estreñimiento.

Llamarle ‘zona íntima’ se queda pequeño, está más transitada que el cruce de peatones de Shibuya en Tokio o, por proximidad, el nudo de Les Gavarres (Tarragona). En comparación con los varones no hemos sabido nada de pepinos y berenjenas, bananas, ni paquetes cuando interrumpen la publicidad para poner una película. No se nombran sus atributos, ni se echa mano de eufemismos con coloridas metáforas del clímax para vender preservativos y dos angelicales bolitas que vuelan sugieren la eliminación del vello masculino. El reclamo sobre la disfunción eréctil gasta un tono de bata blanca. Desde luego, no existen toallitas para que ellos se refresquen, la higiene es siempre asunto —culpa— de mujeres y, perdonen, es profundamente anormal oler a menta y flotar en gravedad cero para estar limpia. La penúltima campaña de una maquinilla depilatoria ha alcanzado altas cotas de cachondeo. La influencer —y su gato de angora—, tal y como se refieren a ella en el foro masculino que reventó una final de Got Talent, atrae más la atención que el producto que vende. Los publicistas se empeñan, y lo consiguen, en hacer de lo natural una ridiculez total al no saber cómo mencionar el monte de Venus y las ingles (el corrector de Word tampoco sabe, quiere acentuar). Ni papaya ni kiwi. ¿Qué tal si lo dejan en pubis y vello púbico? Superando a esos masters en marketing, hubo un símil picarón para esquivar a la censura en la Segunda República, el “Chotis del higo” de los maestros Pérez y Martínez, donde el cómico y rendido admirador, cantaba:

«Fui siempre partidario del fruto de la higuera,

a mí me dan el higo y yo dejo la pera

y dejo la manzana y hasta el melocotón,

vengan higos, vengan higos, quiero darme un atracón».

Las relaciones sentimentales se basan en los emoticonos comestibles de los mensajes, es la ideografía actual de aquellos cavernícolas y artistas clásicos libres de pudor, que nos preceden. Donde hay pelo ya no hay alegría y la vergüenza le gana a la semántica. Exceptuando el Pajero de Mitsubishi, cualquier coche y mascota lucen nombres más decorosos. La Trinca, desafió a Darwin atribuyendo el mérito de nuestra génesis a la patata. El sexo se atrinchera en la verdulería. Así lo insinuaban las coristas de la revista musical, “La pipa de oro” cuando, de vuelta al higo que es una flor invertida, entonaban inocentemente: «con la mano no, con la boca sí»…

Mientras los eruditos se ponen de acuerdo en elegir un nombre formal para nuestra anatomía, basta con dar un vistazo al cuadro pintado por Gustave Courbet “El origen del mundo”, que fue reproducido, recientemente, con dunas y hormigas en un gran mural por el grafitero Sam3 y censurado por estar situado delante de un colegio, que se sepa, con niños nacidos de mujeres. Tema peludo y burla servida: «n’hi ha per a llogar-hi cadires» o, en español, «ser algo para alquilar balcones».

Hay una versión del citado chotis con R.Valenty y R.Castejón, en la Antología de la Revista “Por la calle de Alcalá” en YouTube.


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Publicado por Carolina Figueras Pijuán

Directora artística. Coreógrafa & Creadora. Educadora. Experta senior. Autora del libro 'Memorias de una corista'.

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