El vómito violeta

Mi anterior artículo ‘La bronca de género’ en el Diari de Tarragona, ha provocado el desagrado de alguna señora que me acusa, vete tú a saber en base a qué superioridad moral, de ‘ir en contra de todas las mujeres’ por usar el término feminazi. Existen mujeres sin etiquetas, y me incluyo, que nunca hemos portado una pancarta; ni gritado en una manifestación; ni vestido de color morado, ni bailado en una cacerolada. Ello no nos despoja de nuestra identidad ni nos niega el derecho y el deber con sensibilidad, capacidad de compromiso y acción ante los problemas de otras personas. No escribo para hacer amigos, lo hago porque en ‘ocasiones veo sesgos’ más que los muertos del inquietante niño de ‘El sexto sentido’.

Ese vómito violeta de las feministas radicales, muy en su línea orwelliana creyendo que «son más iguales», me obliga a desempolvar el dato —silenciado y verídico— de las mujeres hetero y lesbianas que abusan de su poder en todos los ámbitos. Sin ánimo de fastidiar ya que cuento con amistades y compañeros muy queridos, lo mismo pasa en el entorno gay, ¿es machismo también? Dar muestras de igualdad de género en público, mientras se pisan cabezas y se traman venganzas es el nuevo “3 en 1”, abre todas las puertas. Pero la persona acosada no queda bien en la foto de familia de la empresa, la escuela o la institución. Es el caso de Estela Baeza, ex concejala del Ayuntamiento de Salou y, ¿qué protección necesitaba Jenni Hermoso al no ser convocada? Es pura incomodidad e incapacidad de gestión. En el mercado laboral que conozco desde hace más de 40 años, cainita y más parecido al regateo en un zoco, es patente que pertenecer al mismo género o mostrar abiertamente determinado gusto sexual, lo mismo te protege que te echa a los leones sin librarte del atropello a la dignidad y del temido efecto de la mano negra. Esa lotería no tiene combinación ganadora.

Mujeres en modo destroyer, resentidas e ineptas que ven a otra como adversaria o presa, y cómplices de abusos perpetrados por quien sea, incluyendo la denegación de socorro y el falso testimonio, como las meigas… haylas. Ser feminista declarada no otorga ninguna exclusividad ni credibilidad como defensora de todas, de la misma manera que ser mujer libre, independiente y solidaria, no tiene por qué ser una cualidad única y propia de aquellas radicales que tutelan a otras aprovechando un continuo desliz de misandria en su discurso. Cualquiera que se atreva a manipular la responsabilidad individual ajena a favor de sus creencias y sesgos, no merece nuestra confianza y estas señoras que tanto se ofenden, por las connotaciones de la palabreja, lo hacen. Esto no es una cuestión de patriarcado y machismo. Creo que no es necesario distanciarse, ni superponerse en respuesta a las injusticias cometidas.

Las negociaciones de las futbolistas de la selección española hacen un bien para ellas, para otros equipos y unas futuras generaciones pero su caso no es útil como ejemplo para todas las mujeres. Las que no pertenecen a una asociación o gremio, asuntos sin proyección mediática, quienes están aisladas temiendo que las despidan y, desde luego, aquellas que no pueden exigir hoteles distintos en un viaje corporativo, en el contrato laboral que incluye alojamiento y en el rodaje de una película. Eso ha sido un capricho segregador, y lo saben. El reto consiste en seguir siendo personas que con las ventajas de sus diferencias respeten, aporten y beneficien a toda la sociedad. Mucho me temo que la bronca de género sigue para bingo. En cuanto a la urticaria ocasionada a las ‘representantes no oficiales’ de la humanidad femenina, del estilo; ‘Juntas podíamos’, ‘Feminazis Lobby & Co.’ y ‘Somos las nietas de las brujas que no quemasteis’, aquí se acaba mi atención y me adhiero a lo que dijo Michael Crichton: «Si dices algo y no molestas a alguien… no has dicho absolutamente nada».


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Publicado por Carolina Figueras Pijuán

Directora artística. Coreógrafa & Creadora. Educadora. Experta senior. Autora del libro 'Memorias de una corista'.

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