Llegáis cincuenta años tarde

Lo del toples escénico viene de mucho antes de 1960 cuando Miss Margaret Kelly lo puso de moda en París con su propia marca de bailarinas las ‘Bluebells Girls. Mujeres demasiado altas para el ballet clásico y con una talla de sujetador no superior a la 90. Las coristas delgadas con las piernas más largas, llenaron los mejores casinos y espectáculos con cena de lujo del mundo, como el desaparecido Scala Barcelona. En algún momento de nuestra transición democrática el desnudo integral del cabaret en estricto horario de noche saltó a la función de tarde y noche en el teatro. Esto, más los magazines con señoritas de póster desplegable y el cine de las salas X, iría acabando con las escapadas a Perpiñán para disfrutar del esperado fin de la censura franquista. Sucede con el Pole Dance, que lo mismo se ofrece en un antro de mala muerte o se considera una disciplina artística de competición deportiva. Las poledancers, con estiletos vertiginosos, de los países del Este practican con un alto nivel tanto gimnástico como erótico y sin desnudarse. Hay para todos los gustos.

A las bailarinas y vedettes de los años 70, 80 y 90 que hicimos toples con una prudente distancia y sobria elegancia, como en el Galas de Salou, donde fui coreógrafa y productora, nos sorprende que aquellas mujeres represoras que nos denostaron sin piedad, ahora se muestren tan modernas y orgullosas con las reivindicativas tetas al aire de Amaral y demás cantantes que se han subido al carro, muy conveniente, de la liberación. Pasada la euforia catártica que no entraba en el programa, Amaral refiere en varios medios de comunicación que ha recibido mensajes de odio. Ha aplicado mal su expresión de libertad y la responsabilidad es suya.

Estamos acostumbrados a ver los avisos en las películas con lemas del tipo: vocabulario malsonante; desnudo; sexo; angustia; violencia, drogas y ‘puede herir la sensibilidad del espectador’. Cuando vamos a ver un espectáculo en directo, de tono sensual ya podemos imaginar lo que encontraremos. Recuerden aquello del desnudo por exigencias del guion.

En ausencia de dirección artística, existe la posibilidad de dar un mal paso hacia la ordinariez. Estas cantantes que echaron mano del desnudo parcial como un grito de valentía y apoyo a otras compañeras, lo hicieron tan ignorantes, del posible efecto adverso, como desprotegidas. Se entiende que unos padres con sus hijos, una pareja o una señora conservadora que asisten a un concierto, tengan todo el derecho de molestarse ya que nadie ha avisado del desnudo. Estos actos se asemejan más a las rebeldías de las Femen. La diferencia en el arte del topless profesional consiste en que el pecho no se zarandee de ninguna manera, se realiza en un contexto, perfectamente iluminado y desvestido estudiado para realzar. Es, en definitiva, una fantasía que seduce con clase y ahí lo deja, en la nube onírica individual o como decía la coreógrafa de Scala, con quien también trabajé, Miss Christine Riba exbluebell: «Vendemos el sueño inalcanzable».

A no ser que se trate de una striper calentando al personal para sumar consumiciones y rematar la faena con un prosaico: «Te quiero, pasa por caja».

Lo otro, sorprender y desconcertar, es meter las tetas en la cara del público que asiste desprevenido a un rapto de femineidad salvaje y que acaba convirtiéndose, mal que le pese, en violencia visual e intrusión en sus valores. En el Music Hall barcelonés, atiborrado lugar de encuentro de la contracultura catalana y refugio de proletariado ávido de felicidad instantánea, el toples y el desnudo, no molestaron nunca pues se apreciaban con antelación. Se pagaba lo que valía. Puntualizo, para satisfacción de hombres y mujeres por igual.

Una cantante que se expone en topless porque le apetece, no representa a todas las mujeres ni ofrece razones para ser considerado un espectáculo profesional. El precio de reivindicar el ‘tener dos y no más’, no debe ser la respuesta de odio en redes. Les diría a estas cantantes que llegan más de cincuenta años tarde, caminando sobre los pasos de las artistas de Music Hall que sí abrieron el camino de la verdadera liberación, mucho antes que en la playa y en el cine, que si van a enseñar las tetas en un escenario y no quieren ser vapuleadas innecesariamente, pidan asesoramiento, avisen de sus intenciones y permitan a la audiencia que elija si paga por ver algo que no desea.

El escenario, como la cámara, no perdona y el público, tampoco.


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Publicado por Carolina Figueras Pijuán

Directora artística. Coreógrafa & Creadora. Educadora. Experta senior. Autora del libro 'Memorias de una corista'.

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