Fragmento del capítulo 2º, Las noches de Barcelona.
En 1982, Barcelona contaba con grandes academias y profesores reconocidos, tan competitivos como elitistas. Bailar en el espectáculo, sin embargo, se consideraba cutre e incluso en algunas academias había veto o “derecho de admisión” por esa razón. Después de pedir referencias, ver, probar y sentir el efecto de algunos enseñantes, elegí el jazz dance con los afroamericanos Betty Brown y Poppy Scott, en el nuevo Cadaqués Center de la calle Madrazo esquina con Brusi. Un centro no rigurosamente académico, con ambiente dinámico, donde no se cuestionaban las capacidades ni aspiraciones ajenas. Ambos me animaron y apoyaron, fueron los únicos, como sucediera con Peter Smith en el teatro. Todavía tengo los calentadores a rayas que tejían las recepcionistas del centro mientras cobraban los recibos y atendían las llamadas telefónicas.
Poppy Scott, que había estudiado en La Guardia High School of Performing Arts de Nueva York (donde se inspira y filma Fame), disponía de una peculiar puesta en escena para el calentamiento inicial, hacía pied a la main y arabesque penché, luciendo sus piernas kilométricas. Gastaba aquel acento americano que no se molestaba en corregir y le hacía simpático. El gimmick, su sello personal que provocaba el embeleso de sus alumnos. Nos daba el inicio de la coreografía terminando la cuenta anterior, y «¡cincou, saeis, setee, oxhooooouh!», para atacar con “Don’t let go”, de Isaac Hayes o “Let’s Groove”,de Earth Wind & Fire. La clase se llenaba de funky. Betty acostumbraba a utilizar “The Payback”, de James Brown;“Winelight”, de Grover Washington Jr.; “Ai no corrida”, de Quincy Jones y muchos temas de “Johnny Guitar Watson”.
Con ellos interioricé cada nota con los pasos, de una manera muy distinta a lo conocido anteriormente. A Betty se la podía encontrar, al acabar las clases, disfrutando de una cerveza, sofisticada, en el bar Bon Vivant, al final de la calle, esquina con Aribau. En cuanto a Poppy, usaba aquel perfume Aramis que se iba impregnando por donde pasaba. Más de una vez en el metro, al notar un rastro intenso y peculiar me dije, Poppy ha pasado por aquí. Y cuando le preguntaba al llegar a clase, me decía riendo: «Yes! Sí, ¡sííí!».
Betty Brown fue mi ejemplo de sensualidad perfectamente medida. Sus ejercicios diagonales en clase eran un despliegue de poderío y elegancia femenina. Matices más lentos, estudiados, me hicieron comprender lo mucho que aún me guardaba de la sexualidad al exponerme en público.
Poppy, que era más enérgico, introducía un mayor uso de piernas altas y saltos, lo que obligaba a mayor esfuerzo. Te afianzaba en la dosificación de la fuerza con ligereza. Ellos sabían lo que era trabajar a diario y podían transmitirlo a futuras generaciones, las que todavía quisieron escuchar con admiración y gratitud. Asimilé cambios fundamentales, en la proyección de la personalidad en escena, aun respetando el estilo de cada coreógrafo; “el saber vender”. A una bailarina sosa, aunque fuese buena en técnica —conocí algunas que miraban por encima del hombro y no ganaron un duro bailando—, no la quería nadie en un espectáculo.
Poppy me hizo esperar una noche al acabar la clase, en un aparte, para decirme que había una audición para Ricardo Ferrante. Ya conocía sus bailes por el programa televisivo, “Exterior día”. Yo tenía algún complejo de mi nariz y él le quitó importancia diciéndome que se solucionaba con maquillaje, buen físico y bailando con fuerza. Le hice caso. La selección era para inaugurar la discoteca Copacabana, en Sant Adrià del Besòs, con el espectáculo Cabaret. La protagonista era Tommie, muy buena haciendo de Minelli.
Al llegar al estudio de Conde Santa Clara número 8, en La Barceloneta, conocí al gran profesional Luis Bonicalzi, posteriormente, miembro fijo del equipo de Paloma San Basilio, y a Kim Manning, la simpática americana que se haría famosa en el concurso Un, dos, tres… responda otra vez de Televisión Española. Ambos tuvieron unas amables palabras cuando advirtieron mi inexperiencia. También estaban tres chicos y cinco chicas.

Claudia S. tenía que llegar de U.K. y podía no hacerlo a tiempo, Ferrante me ofreció quedarme de suplente sin ninguna garantía. Acepté. Participé en los ensayos de Ferrante durante más de una semana. Fue la primera vez que vi ensayar con zapatillas deportivas y me encantó. Aunque luego se tenía que usar el calzado específico de cada número para acostumbrarse. Un día nos reunió delante de un vídeo de su anterior montaje de Cabaret en Rialto. Según decía era amigo de Bob Fosse.
Claudia Suiter llegó a tiempo del estreno y con Ferrante, no hubo química. Al acabar, le di las gracias por haberme permitido quedarme en el ensayo y por invitarme a comer un plato de lomo con huevo frito y patatas, como a las titulares, durante los ensayos. Lola y yo vimos su estreno en Copacabana. Estábamos encantadas, con Tommie, Kim, siempre risueña, y Luis Bonicalzi, carismático y muy atractivo, buen compañero, uno de los mejores bailarines en nuestro país. Eso fue todo.
Aquel casting que me proporcionó Poppy Scott, me abrió una puerta más grande, comencé a ensayar con el grupo de baile del estudio de Conde Santa Clara que dirigía Pepe Huguet, con la argentina Elsa Montserrat, y a partir de ahí nunca paré de trabajar, yendo de un lugar a otro, con el Ballet de Jennifer Lee y el Ballet Gin-Pak, los mejores de Barcelona. También en diferentes obras y compañías, giras, televisiones, teatros, filmación de películas y salas de fiesta, siempre acumulando experiencias maravillosas y una profesionalidad que respeto e igualmente reconozco y exijo, hasta crear mi propio ballet en 1989.

Poppy,
Has tenido muchos alumnos y fans que te adoran en diversas etapas y centros. Posteriores artistas como Dolly mi amiga, Gaby la coreógrafa. Yo misma te envié a Francisco Javier que era camarero en Studio 54 en 1983 y llegó a bailar años más tarde con Norma Duval.
Todos te queremos y admiramos por muchas razones. Todas esas canciones que ponías y tu personalidad, son parte de mis recuerdos más apreciados. Si las hago sonar, estoy ahí inmediatamente contigo, descubriendo esas noches de Barcelona, sin cansarme de bailar y aventurarme a realizar mis objetivos.
Deseamos que seas feliz, eres un gran ejemplo de profesor. La última vez que te vi, estabas con tus familiares en «La Poma», en Las Ramblas, puede que fuera en 1986. Me sentí contenta por encontrarte y volver a abrazarte.
Bendigo tu paso por mi vida. Gracias Poppy.
Te quiero.
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