Fragmento capítulo 3, “Una maleta abierta sobre la cama”.
Lo diré una sola vez en este libro y lo repito cuando tengo ocasión, el depredador cree que puede, sabe cómo colarse por ciertas fisuras, inseguridades, situaciones, indefensión y, entonces, crea un pacto secreto con quien no quiere participar o se ve obligado a hacerlo. La víctima no quiere ser señalada, cuestionada, acusada de mentira y calumnia, sin testigos, con todas las consecuencias. Sabe que no debe y se arriesga. Eso aprendí en una academia de ballet, donde los adultos estaban para enseñarnos y protegernos. Una educación en el arte, basada en la autoridad indiscutible, la impunidad, el miedo y la expulsión pregonada como mofa final. Hubo varias madres y niñas señaladas como “non gratas”.

Yo tenía entre 15 y 16 años. Ya habíamos hecho muchas actuaciones benéficas y comenzábamos a hacer «bolos», cobrando desde 1.500 a 3.000 pesetas.
El director, me había llamado al despacho indicándome que cerrase la puerta. Me dijo que me acercara a su escritorio y a continuación susurró: “Vamos a jugar a dar besos… en la boca… giramos mi pluma estilográfica y a quien apunte, debe besar al otro”.
Me quedé paralizada, mi pecho presionado contra la mesa, me levanté, retrocedí hacia la puerta y respondí que no. Me marché, con un miedo atroz. Al cabo de unos días seguía atormentada, ¿lo decía o no?
Al final le confié el suceso a la única mujer adulta que creí que me ayudaría. Ella me llevó a rastras, cogiéndome por el brazo derecho, y me volví a ver encerrada en el despacho. Esta vez los tres. Ella, tan furibunda le pidió explicaciones, pero lo que yo creía que era mi salvación se convirtió en una seria sentencia, silenciada.
“Lo negaré, quedarás como embustera. Te pondré una demanda por difamación si esto sale de aquí, tengo abogados. Hundiré a tu familia. Irás a la lista negra, todo el barrio sabrás que has sido expulsada. Pero podemos hacer un pacto, y que no pase nada de eso. Te callas, y ya está, todo seguirá igual».
Me pregunté, después de mi incidente, los verdaderos motivos de aquella lista negra en el recibidor. Aún hoy, no quiero llevarme el protagonismo de haber sido la única en padecer esa infame situación y alzar la débil, pero firme voz, apuntado con el dedo acusador, el de la verdad.

Ha sucedido siempre, aunque tantas hayan preferido callar antes que liberar esa gran carga, yo incluida. Amenazada con varios argumentos disuasorios que irían a peor, callé. Escogí evitar una desgracia a mi familia, pues un padre honrado no se quedaría impasible. Más en los años setenta, cuando se resolvían los asuntos de puertas adentro y a las bravas, sin esperar al ligero —escurridizo, dudoso— peso de la ley. Puede parecer demasiado cabal para alguien tan joven, que comenzaba a padecer una ansiedad cada vez mayor cuando lo oía caminar por el pasillo, vociferar cualquier cosa o llamarme al despacho. Había, además, algo demoledor en el provecho del pederasta, si abría la boca, se acabó, no tendría oportunidad, vistas las orejas al lobo, de hacer ballet, ni allí ni en otro sitio, más lejos, más caro, más elitista, y puede que más peligroso.

Como aguanté… se dedicó a amargarme la vida, a gritarme, a humillarme en cada ensayo. Al menos allí, lo que sucedía en el barrio se quedaba en el barrio, aunque no fuera Las Vegas.
La impronta del director, era una luz roja en mi cabeza. El amargado de la alta aristocracia acostumbrado a intimidar en escándalos vecinales, florete de esgrima en mano, por cómico que parezca, extremadamente agresivo, era un experto “de profesión, sus pleitos”. Mucho sabía por patentes, favores de las altas esferas, abogados influyentes y otras historias. Se jactaba de un parentesco bastardo con el Rey Alfonso XII (con unas facciones similares a Alfonso XIII y Leandro de Borbón), su práctica incluía el insultarnos llamándonos «ignorantes del Somorrostro» cuando osábamos opinar y contradecir sus métodos y órdenes. Si esta descripción veraz, puede despertar la duda de una fábula adornada o la intención del lanzamiento de infundios contra su tumba, diré que era demasiado corriente el poner a cabalgar a las alumnas más pequeñas sobre sus piernas, con una actitud afable y muy sospechosa que nadie se atrevió a juzgar abiertamente. No me engaño, ni el rechazo ha empañado la claridad de mi memoria. Fue un continuo permanecer en alerta que alcanzó todo su sentido el día que la peluquera de la calle Maresme, amiga de mi madre, le confiara, explícitamente: «Dile a tu hija que nunca se quede a solas con él». Mi madre me lo hizo saber, pero el aviso llegó tarde.
J.F.J. el ya descrito pederasta oculto, aquel enajenado del florete en mano, tan dado al vilipendio en la academia de ballet, a este le pongo el mismo alias “Fábregas” que le dio el productor Pedro Costa en una de sus series, La huella del crimen, de televisión española, pues se trata del mismo individuo, absolutamente real. Aún recuerdo la voz de mi madre al teléfono, años más tarde, cuando me avisó de que “el director” debidamente identificado, aparecía en un capítulo.

El director de la academia, era un megalómano. Sirva un detalle, desde mi perspectiva de adulta, para aseverar tal cosa. Fui testigo de su perturbación en innumerables ocasiones. Cuando se enfadaba, muy a menudo, practicaba el lanzamiento de sillón, uno negro, omnipresente en el aula de danza. No le importaba lo aterrorizadas que estuviéramos o las lágrimas de la profesora. Llegué a esta conclusión viendo la película Apocalypse now. Aquel vuelo wagneriano de los americanos sobre una aldea vietnamita, del que Coppola sacó partido, estaba íntimamente ligado a dos sucesos. El primero, un reportaje sobre el avión de transporte militar Messerschmitt 323, donde sonaba durante casi dos minutos “La cabalgata de las valquirias”. El documental era una verdadera herramienta de la propaganda nazi para introducir las apariciones de Hitler, concretamente en el NO-DO 53 B del 3 de enero de 1944. (Muchos más se han servido de esa motivación operística en guerras reales. Incluso Walt Disney para burlarse del dictador). El segundo suceso, más que simbólico, es que aquel individuo eligiera ese tema para iniciar el primer festival de teatro donde participé en la Navidad de 1973. Tal que un histriónico y poco creíble director de filarmónica, arrebatado, con aires de grandeza, me causó una impresión que no me ha permitido disociar su recuerdo, inquietante, de la música mencionada. En La Vanguardia del 16 de enero de 1974, se menciona el teatro Casino de la Alianza de Pueblo Nuevo y el nombre de la compañía de ballet, afirmando que “efectuó una nueva representación de su espectáculo, que con gran éxito fue ya presentado el pasado 29 de diciembre. Volvieron a escuchar el aplauso unánime del millar de espectadores que asistieron altamente complacidos, deleitándose con la excelente actuación artística de la infantil compañía. Dado el éxito obtenido en las dos galas pasadas, este programa de ballet volverá a representarse en un matinal extraordinario el próximo día 27 de enero”. Fábregas era un mentiroso compulsivo y lo demuestra esta nota de prensa.

A mis doce años cumplidos, esta fecha se me antoja profética, pues en la misma página, en la cartelera de teatro y de cine, contemplo dos aspectos notorios: Una revista en el Apolo titulada Yo soy la tentación, con Tania Doris y Luis Cuenca. Y una película donde constaba el patán, que tanto se molestó en interferir en mi existencia, con Simón Andreu, con quien compartí escena en Dark Justice. Claro que entonces era una niña. Por lo que se refiere a Fábregas y el fabuloso ámbito del ballet, ¿un millar de espectadores?; ¿éxito obtenido?; ¿excelente actuación? Aquel debut fue un estrepitoso fracaso. Para la segunda función programada, y viendo que no conseguía llenar las casillas en el plano de las butacas a la venta, nos mandó a las alumnas adolescentes a pegar carteles en las tiendas de Pueblo Nuevo y de Sant Martí de Provençals, con la consigna de regalar muchas entradas. Esto enfureció a nuestros familiares que sí pagaron sus entradas, dos y tres veces. Para más falta de pedagogía, las alumnas, con seudónimos pomposos, fuimos clasificadas en los programas, en un cartel y en unas cajitas de cerillas por categorías: estrella, primeras bailarinas, segundas bailarinas y otras bailarinas destacadas. El instaurar esa conciencia de clase, entre aficionadas, fue uno más de los errores que aquel hombre se dio el gusto de cometer ante el absoluto silencio de nuestras familias, a fin de cuentas, clientes, que debían escoger entre darnos una educación artística cercana, un hobby entretenido en el barrio o abandonar los dominios de aquel chalado.


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