El otro día me apareció en el móvil un titular en prensa de una coreógrafa que jamás ha trabajado como bailarina profesional en un espectáculo a diario. No le quito el mérito, ha sido una empresaria avezada y además hábil ya que las malas lenguas de este “arte” inmisericorde siempre han dejado caer la idea entre los colegas de que si ella no llegaba al montaje, alquilaba un coreógrafo a modo intensivo y presentaba el trabajo como suyo. Recordad aquello que dije en mi libro en el capítulo noveno: “Cuando trabajas con uno, te quieren todos”, esto es lo que sucedió en Barcelona en los años 90. Eso no es nuevo: hubo también en los últimos tiempos del concurso “1,2,3 responda otra vez” de RTVE, chanzas varias entre los bailarines por el gran calco de coreografías de películas, coladas como trabajo original. Decía esta señora que “en tropecientos años de profesión no había fallado nunca”. Esto me hizo pensar, tampoco le quito el mérito, voy de suave. Cada cual se trabaja lo suyo y no le tengo manía a nadie, pero insisto ¿cómo se puede ser coreógrafo sin haber bailado en un espectáculo profesional, con otros coreógrafos y artistas? Aquí lo de que “la experiencia es un grado resulta ser un mal chiste”.
Pero voy al lío, que me puso en bandeja esta entrada de blog: yo sí he fallado.
He faltado tres días a una obra en cartel por una entorsis de tobillo de 2º grado y no falté más días porque si no me despedían y, claro, sin derecho a baja. Además la rehabilitación corría de mi cuenta, una similar a la que pudiera necesitar un futbolista millonario con todos los mimos cubiertos por la mutua. He bailado con vendajes maquillados y en tacones de 8 centímetros para defender mi puesto cuando en realidad estuve caminando coja durante dos meses y eso incluye varias grabaciones en televisión siendo titular de mi propio ballet. La coreografía no era, precisamente, pasearse de un lado a otro de la pasarela, luciendo esas plumas que todas esas ignorantes que nos critican usan de forma tan burda.
He fallado a un ensayo pero no al debut de un gran evento, por un cólico nefrítico fulminante en 2005. Y he fallado otra vez por otro cólico, con el móvil en la mano e ingresada en el hospital de Tarragona para dirigir otro debut, el de mis alumnas de Cambrils en la Nit D’artistes de 2009.
De todo esto, resumo que entre 1997 y 2000 siendo directora y profesora de Escola Carol Dansa-Salou, dí clases y llevé dos grupos de shows para los hoteles en temporada, estando medicada por depresión y ansiedad. Me levantaba de la cama solamente para hacer felices a los demás y volvía a ella pensando cada día que no podía permitirme una baja laboral. Nadie se enteró.
¿Y qué? ¿a quién le importó?, ¿es que somos máquinas?
¿Es que el público lo vale?, esto no tiene precio y por lo tanto no se puede pagar, aunque los alumnos y los contratantes crean que sí. Se de compañeras que han salido a escena teniendo a un familiar en el tanatorio. Pues no. No creo en la infalibilidad profesional y menos en la humana. No sé de donde sacaron las fuerzas para actuar, no conozco ese clic pero sí conozco otros mecanismos de supervivencia extrema detrás del telón, definitivamente yo no lo haría ni aunque tuviera esa voluntad.
Quizás hay que delimitar lo que es “ser profesional” sin que por ello tu labor se convierta en una heroicidad que pasado mañana ya no recordará nadie y mucho menos los que estuvieron más cerca de ti. Al público no le cuentes más historias, ya tienen lo suyo. En concreto, sé de una famosa vedette, quien viendo morir a su madre en sus brazos durante la noche, acudió a la siguiente función en pleno Paralelo, donde el empresario le había montado una escena extra, esperpéntica, para rendirle homenaje. ¿En que quedamos?, ¿hay que aprovechar el trauma, el dolor y el luto para sacarle partido a la emocionalidad de una función? Creo, que no.
El artista, se desmaquilla, se quita la ropa y el polvo de la escena, se desvincula “del personaje” representado y de todas esas responsabilidades reales o inventadas. Lo menos que se le puede otorgar es el derecho a estar enfermo, triste, enfadado o sentirse solo.

Pues si el mundo es de los triunfadores o como cantaba la Minelli “todo el mundo ama al ganador”, el trabajo diario en el espectáculo se ha construido, derruido y vuelto a construir sobre la moral y los actos con ese fondo de abnegación de todas esas personas, artistas y trabajadores, que creyeron que ser profesional era “no fallar nunca”.
Por último “ser profesional” no implica ser capaz de trabajar con todo ese peso que a nadie más se le exige. Os cuento el caso de una bailarina rusa que tuve en el equipo de Wow Hotels 5* en Antalya (Turquía) en 2005. Ella y su pareja habían roto. El chico, andaba de acá para allá en el bufet libre que proporciona el ámbito turístico, quiero decir cada día con una. Como el padecer de aquella bailarina no me era indiferente me dirigí a mi jefe y le pedí el traslado de la chica a otro resort a 40 kilómetros aproximadamente. Mi jefe cayo en la trampa: “¡Ah! Pero se entiende que ser profesional…”. No, no se entiende, le respondí, ser profesional es trabajar correctamente en la escena, pero esta chica tiene sentimientos que se le revuelven produciendo un dolor continuo. Por favor, deja que se marche a la otra zona.
Mi jefe dio por bueno mi razonamiento. Solamente sé que el abrazo y las lágrimas de agradecimiento de aquella bailarina rusa, me demostraron que no andaba equivocada cuando le expliqué que la íbamos a trasladar por su bien. “Ojos que no ven”…
Dicho sea de paso, la mayoría de los actos nobles de las personas más profesionales que conozco, han pasado sin pena ni gloria por delante de las narices de todos estos que se llenan la boca de baile, teatro, sacrificio y deberes. De los derechos, caramba qué curioso, se olvidan quienes más pudieran mejorar las condiciones laborales y emocionales de sus artistas.
Por estas y por otras razones, no… no me arrepiento de decir que “Yo, si he fallado” y he dicho basta. Ya no, ya no vale la pena, ni voy a ser mejor por aguantar lo insoportable. El sacrificio también está sobrevalorado, es un camino de perdición, de aguante y de cesión, de todo lo que ha costado tanto ganar por mérito propio como si no se pudieran ganar estas gestas personales con alegría y determinación más saludable. No me queda más que dar después de tantos vendajes, fiebre, gripe, gastroenteritis y demás inconvenientes que acarrea la vida de artista “totalmente reemplazable”, pues claro… la amenaza de perder el puesto siempre ha estado columpiándose sobre nuestras cabezas y de ello se han aprovechado los de siempre.
Gracias (por nada) a algunos de ellos, esos que enumeraban las virtudes de los artistas “profesionales”; no voy a tener jubilación cotizada después de estar trabajando desde los 15 años en el “maravilloso mundo de la danza y del espectáculo”.
No le debo nada a nadie y a esta profesión menos.
Pero, eh… que si tú quieres entregarte a tu causa y luchar por tus ideales como hice en tiempos de rebeldía, idealismo e insumisión, te replico como muy bien decía Javier de Campos: “A mi como si te la cueces que no pienso beberme el caldo”.
Aquí iría el emoticono de una carita sonriente, lo dicho, voy de suave, no es por molestar. Alguien tenía que decirlo.
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