Exceptuando el extraño caso de autocar en el que amanecimos, dentro de un campo de cultivo, sin que el conductor ni nadie de la compañía supiera dar razones de cómo y cuándo habíamos llegado allí, en el verano de 1986,en plena gira de “Una noche con Bibi” (muchas noches) no he conocido un expediente X.
Por más que he escudriñado los cielos, en largas, muy pesadas jornadas de viaje nocturno y más allá del alba, cruzando España, que si bolos, que si la tournée… que si “va esta es la última”, tantas veces, jamás una luz misteriosa, ni un ser raro o fantasmagórico se han dejado ver. Hubiera dado algo por un encuentro en la 3ª fase, no sé, algo no demasiado valioso, simbólico aunque fuese para poder contarlo y que nadie me creyera. Ese momento exultante de lo extraordinario que algunos disfrutan y otros esconden.
Mi primer recuerdo de lo espacial, viene de la mano de mi padre, caminando por la calle Pere IV llegando a la calle Maresme en Sant Marti, Barcelona. No tenía más de 4 años. Había caído la noche y aún quedaban charcos de una reciente lluvia: “mira, la Luna nos sigue”, me dijo. Primero miré al cielo y luego, al charco de la derecha… y sí, allí estaba aquel círculo luminoso, lleno de misterio reflejándose en el espejo del agua.
Delante de la televisión Philco también fui testigo, en pocos años, ya en el bloque Tagamanent de la calle Cantabria, de la llegada de los astronautas al satélite. Recuerdo que mi padre no se lo creía, hoy hubiera sido un gran conspiranoico de la teoría del plató montado para engañar a toda la Humanidad.
Pasó mucho tiempo, mucho para dedicarme a ser una “lunática” a modo completo. He gastado muchas horas de inquietudes vitales y de adrenalina a tope después de los shows, esperando a calmarme mirando ese cielo que de negro se va girando hacia el azul, como se giran todos los deseos hacia las certezas que no queremos abandonar aunque ellas finalmente lo hacen por la lógica de la propia aventura.
Y así, una noche de verano sobre las 8 y media, estaba ya ella, en todo su esplendor, sobre el mar, delante del desaparecido chiringuito de playa “Copacabana” de Cambrils, cuando ese primer casi amor (primer dolor), de los 17 años me susurró un tenue: “te quiero”. Una frase imposible, me pareció, quizás incompleta declaración de intenciones, promesa de futuro y por tanto fantasía elaborada, pues acabábamos de conocernos. Entonces no teníamos móviles. Pero las cartas de papel, obraban milagros y creaban expectativas. En una de ellas, recibí una consigna: “cuando mires la Luna piensa en mí, yo haré lo mismo”.
Querer es otra cosa y el tiempo me dio la razón por mucho que, en la gran distancia, mirase la Luna mientras nuestros destinos iban tomando caminos distintos. Ya te digo: sin cartas, ni móviles, ni más palabras poéticas de colofón.
Jamás, después, vinculé la Luna a un romance, jamás repetí la consigna con otra persona ni quise saber nada de ella que no fuera para mí sola. Ni cuando bailábamos en el teatro Apolo con Tania Doris, “Luna de España”, fingiendo un sentimiento ibérico y lozano que no tenía, porque lo folclórico no está hecho para mí ni yo para ello. En todo caso, siempre me quedaría “Dancing in the dark”, de Fred Astaire y la bella Cyd Charisse, como modelo de amor bailado y “Fly me to the moon” cantado por Frank Sinatra. Se me acaba la paciencia, todavía no he sentido con mis «partenaires de escena», lo que llegué a sentir imaginando que mi pareja de baile era Fred Astaire. Con nadie. Decepción grado total.
La Luna sigue en este trayecto vital y no puedo evitar recordar esa primera frase de mi padre, cuando esa esfera celeste dejó de ser un objeto extraño y pasó a mi colección de visiones y emociones imborrables. A ella unos le cantan, otro le atribuyen magia y ciertamente nos proporciona parte de la existencia con sus ciclos previsibles, como creemos que somos hasta que un día, las cosas y nosotros cambiamos.
No es cierto que el Sol sale para todos, en última instancia vamos a su encuentro de forma metódica, a miles de kilómetros por hora sin que se nos mueva un solo cabello. Sin salirnos… y eso es lo que sucede… cuando te marchas de lo establecido, de esa órbita marcada desde la infancia y que va perdurando en otras “edades” y otros “yoes” a medida que avanzamos. He aprendido a disimular (dominar por bien de la estabilidad) mi parte lunática y sin ella, no soy nadie, no me reconozco, no hay creatividad.
Esta semana he hecho varias locuras, me he atrevido como en los “jóvenes tiempos”, lo más normal es que no suceda nada o que las respuestas no sean las esperadas. Pero sí que esperamos, y tanto que esperamos… en este caso mirar a la Luna e inventar sortilegios de esperanza y pensamientos positivos, no va a servirme para nada.
No es la suerte. No es el destino. Es la probabilidad y la coincidencia.
Eso es más que dos tercios de la vida dedicada a mi pasión, una profesión que se ha estancado, como aquel primer amor más que posible pero improbable, el espectáculo y yo hemos tomado rumbos distintos. ¿El público? Hummm no sé. En este ámbito de estrellas, algunas son fugaces y la audiencia tiene la mala costumbre de exigirte todo y devolverte muy poco, un aplauso, una entrada es muy poco, por lo menos para mí, a sopesar ante otras cosas de la vida por las que tengo prisa o mejor dicho por las que no sé si tendré tiempo y una energía descomunal para realizar.
Hubo una vez, hace años, que me asusté. Lo sabía, sabía que iba a funcionar. Sabía lo que era mío. Todo me salía bien, lo que deseaba, lo que pensaba, y lo que hacía. Todo era productivo, feliz, bueno para mí y para otras personas. Y llegó el auto sabotaje como si no mereciera que fuera tan maravilloso. Es verdad y no soy la única, eso es mucho de «ser artista». Del hieratismo a la histeria, ya que no bebo alcohol ni me meto nada, hay medio metro de estrass, una llamada de teléfono que no llega (trabajo), amor desafortunado o tormentoso, incomprensión, estupefacción y dos melodías de fondo «Let’s face the music and dance» de Cole Porter o «Shall we dance» de George Gershwin.
“Te quiero hasta la Luna y de vuelta”, dicen algunos. El doble de 384.400 km. eso es mucho querer… las palabras, y la poesía, las cartas, las canciones y los mensajes de texto, se los lleva el viento tecnológico de la inmediatez.
¿Dónde hay que firmar para realizar mi última locura? ¿Encontraré cómplices?
Por primera vez en mi vida, no lo sé y si tengo que apostar, entre esa faceta de lunática y la realidad fría, apuesto siempre por mí. Sé lo que no quiero. He estado allí, en la Luna de todas las ideas y los sueños por cumplir y he vuelto con todo realizado e incluso descartado por propia voluntad. Yo no soy de perder trenes, soy de dejarlos marchar si el estímulo no es suficiente. No hubo nunca sitio para para otro deslumbre que no fuera el propio, ni el de la Luna que dejó de seguirme, cuando paré de viajar en plena noche y que ahora contemplo, como una de las pocas cosas ciertas a las que aferrarme si algo falla, si algo miente o si algo duele.

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