No escribo sobre nada de lo que me importa, con el caudal inmenso de lo que siento, la belleza y el arrebato, por proteger precisamente lo que más amo. No lo expongo. No lo fotografío.
No lo explico, pues la vida me ha demostrado que tras esa intención y realización de ser feliz, totalmente desnuda en la sinceridad, del disfrute con lo sencillo y auténtico, ese ondear al viento y gozar de la alegría legítima, sobreviene un acto de malicia y destrucción totalmente ajeno, inútil y pernicioso que afecta a ellos, a quienes quiero, y a mí, de una forma brutal para mi manera de reaccionar ante el dolor y la injusticia.
Más brutal soy yo, «exagerada» dice uno…. ¿qué sabrá de sonrisas, lágrimas y cantos en las montañas bucólicas?
Le pasa algo… Sí. Estoy viva y la intensidad me importa más que la cantidad, la duración y el atesoramiento de esa “sensación de no ser una zombi”. Soy más vulnerable de lo que aparento y menos intransigente de lo que proclamo.
Prefiero criticar que alabar. Mientras critico funciono matemáticamente, me reto a explorar, saber más y mejor. Igual me autoexijo que ahora no está bien visto, sobre todo por el coach de turno que te conmina a perdonarte y fluir siendo positiva mientras das vueltas en el laberinto como un ratón. Pues no, no creo en ellos. No creo en el maestro ni en el mensajero externo como guía espiritual ni de crecimiento personal.
Mientras alabo, me dejo atrapar por el amor y una total predisposición a la no violencia. Soy víctima, algunas veces, de heridas que permito que me inflijan. Me tiene que doler mucho, para que me revuelva como gata panza arriba, pero cuando lo hago la ira me destroza por un par de días, y lo tengo asumido, pasar el temporal anímico antes de permitirme y con buenas razones, destrozar a otro. Debe ser como una enseñanza de técnica de lucha oriental, que no he aprendido nunca. Me defenderé y en el fondo, al hacerlo estaré evitando agredir todo lo que pueda. No sirvo para enfermera o cuidadora, se me queda dentro el sufrimiento de otro, lo mío es organizar y mandar hasta el agotamiento. Todo no puede ser. Tengo el don de “solucionar problemas”, ante la absoluta pasividad del listo de turno que afirma: “no sé hacerlo”, “soy tonta”, y demás frases hechas para aprovecharse de la buena disposición del vecino.
Mis alabanzas son íntimas como secretos que nacieron para ser contados, y por lo tanto, ni respetados ni comprendidos y a veces tan mal usados que el daño causado ha sido irreparable hacia quienes menos culpa tenían.
Hoy más que nunca internet es la plaza de linchamiento y la turba no atiende a razones. Pero sigo haciendo ejercicios de confianza en mí y en el prójimo al escribir, ya que no puedo por varias razones canalizar a través de la creación escénica que sigue atosigándome en la cabeza y horadando el alma, entre ángeles y demonios, con más ideas que oportunidades.
Guardo una carpeta con un espectáculo completo que no se pudo estrenar hace años. Guardo la última idea a punto de caramelo antes de la pandemia. Guardo diseños de trajes y decorados. Demos visuales animadas. Guardo todas las canciones y conceptos que solamente cobran sentido cuando estoy delante de esos listados y que para cualquier otro, son un jeroglífico sin conexión, está todo perfectamente ordenado en mi cabeza, pasa el tiempo y no se puede realizar. La frustración y yo no somos amigas, más cuando he probado que “puedo” con lo que me propongo y de repente el «horóscopo», la prematura artrosis de cadera, efecto lógico de una afrenta a tanto riesgo físico en escenarios y giras, se ponen en contra.
Ya lo dicen los americanos: “Usted que no piensa igual que nosotros, usted que nos critica, usted nos interesa”. En Turquía conocí a un director de hotel de 5* que reñía a los empleados del Departamento de Calidad: “No puede ser que todo esté bien, vayan y observen de nuevo, algún fallo habrá”.
No soy una cara nueva, ni un talento emergente ni un tótem sagrado, por lo tanto; “soy lo que nadie está buscando”. Soy divergente y además digo mentiras: “Venga va, la última vez” en un ensayo… y nunca será cierto. Siempre repito y mañana cambio lo que la almohada me susurra de noche, cuando paso la moviola y veo algo que no encaja. Cierto, “eso no es vida”. Es un baño de dopamina total, la consecución de un instante bello que no sé si llegará al estreno.
Me canso de inventar lugares y situaciones para seguir haciendo cosas donde antes no había nada. De convencer, de conquistar, de acariciar egos que no lo merecen y de soportar eso que no me aporta nada. Me he acomodado a una vida sentimental estable que mi profesión me negó despiadadamente, una vez he ido amordazando mi compulsión creativa inacabable. Todo por “amor al arte”. Todo por amor a la normalidad familiar que no conseguí hasta los 40 años.
Soy profundamente compasiva, esteta, empática, cascarrabias cabezota cuando conviene y cómica hasta el absurdo si me pongo en situación. Soy emocional para lo bueno y para lo malo…. para la verdad y la mentira… para el derribo que veo venir y para la construcción que proyecto…. eso no debe importar a los desconocidos pero si recordarse a los conocidos de hace 20-30-40 años, que ya no saben quién soy. Pues «ya no soy esa».
Posteo video historias o reels, de hace 30 años ¡30!, en Facebook e Instagram, por satisfacción, no por «likes», ni por soberbia, no hay ninguna en el deber y el derecho de hacer con las herramientas que una tiene a mano en su «momento», lo que mejor puede o quiere. Hoy lo haría todo mejor y no sé ni si me dedicaría a eso que ahora ya no existe, pero desde luego hoy no podría haber coincidido con esas personas que aparecen conmigo en el pasado. En cierta manera, «un sueño llamado trabajo» es más que un sueño. Cumplir deseos abriendo caminos desconocidos, de gente estimada, tan inexperta como lo fui yo de joven me parece una bonita forma de compartir. Siempre dije que no éramos el mejor ballet de Barcelona, tampoco el peor, pero éramos (a pesar de los componentes noveles) profesionales, pulcros, puntuales, no conflictivos, en un ambiente sano y seguro. Nos ganamos todo lo que hicimos. Es lo que nos tocó, lo bendigo y celebro con todas las dificultades añadidas que son méritos y opiniones en privado.
Críticas, todas: La competencia, en un mercado cada vez más pequeño e insolidario; los bailarines veteranos a quienes no contraté y algunos profesores y artistas consagrados a quienes no pedí permiso para existir. Por ello… ante tal desafección del gremio estaría bien hacer una mención puramente sentimental, que recibí felicitaciones entre otros, de:
– Joel Grey, actor (CABARET, película de Fosse). 1992
– No recuerdo el nombre de la señora imponente, ex vedette del TROPICANA, La Habana, Cuba. 1992
– Nelson Ávila, coreógrafo y bailarín en la película TANGO BAR 1987 y varios espectáculos teatrales como BUENOS AIRES, TANGO. 1995
– Mariano Vázquez, guionista, humorista, director 1995
La red te alinea en varios bandos a cual más peligroso y no es mi tarea enumerarlos. Sigo aquí porque es la única manera de no perderos pero es posible que otra vez, como ya sucedió, me pierda yo.
No me asusta la soledad, ni el aislamiento, es un gran ámbito creativo. Además he tenido el don de ilusionar al equipo. Ese puñado de bailarines, seres volubles, educados en disciplinas, normas, ambiciones y envidias, más que en arte y supervivencia, con necesidades que cubrir y que casi nadie menciona en los créditos. Yo no los menciono por respetar su privacidad actual o por si no puedo contar con su permiso expreso. Por cierto, según la ley de reciprocidad, qué pocos y valiosos bailarines se han acordado de que comenzaron conmigo y cómo agradezco ese detalle, que les honra en sus CV. Los bailarines están de paso, sin coreógrafo (hermana mayor, profesora, madre, amante y directora) hay voluntad, hay talento pero reina el caos.
Lo que me asusta es la desinformación consentida y ese consabido «dar por hecho» «suponer» y creerse cuentos propios, películas, de las vidas de los demás.
¿Es esto negativo?, ¿positivo?, ¿fatuo?, ¿necesario?
Ante el lema de «no des explicaciones, tus amigos no las necesitan y tus no amigos no las comprenden» diré que no son explicaciones, son trozos de piel que me voy dejando en esta muda continua que significa hacerse mayor y no poder poner en práctica todo lo que el gusto y el sentido crítico ha ido acumulándose, viendo, yendo y viniendo. Y sí, miraré al pasado para saber de dónde vengo, miraré al futuro sin demasiada anticipación, pues vivir el aquí y ahora se ha convertido en un reto, una incerteza más, un agarrarse al minutero del reloj para no caer en picado a esa vacuidad, para todos, incluso para el más triunfador, de la que no hay escapatoria.
Comentaba el amigo Marcos Muñoz (Broadwayrriors, editorial Mil monos) en Facebook, sobre la culminación de un proyecto, aquí va mi reflexión y le agradezco que el aniversario de su libro me haya despertado las ganas de expresar lo que siento: “Hablo desde la creación que más domino o me satisface, que es como un enamoramiento, de tal intensidad que sabemos que al culminar ya no será lo mismo. Habrá satisfacción, en diversos modos pero el proceso creativo es un trabajo de privilegiado que absorbe, realiza, llena…. Eso creo yo y es lo más loco y a la vez curativo que me ha sucedido. Culminar es despedirte de ese romance que mantienes con la obra y con lo más profundo de tu ser. Un romance cargado de inseguridades, investigación, reafirmación y aprobación…. Lo siento así. Un emborrachamiento total que te lleva a lugares donde han estado otros pero… no te lo contaron. Cuando terminas viene ¿Y ahora qué? Así lo he vivido yo y puede que tú. Es un espacio único y no quieres matarlo o cerrarlo. Me sigue poniendo la piel de gallina la obertura de Will Rogers Follies y Krazy for you…¿qué sentirían ellos?»
Recuerda que describo, para que decidas si te quedas o te vas. Sin acritud. Con las bendiciones de la imperfección y la constante búsqueda de algo artístico, inspirador, talentoso y único que realmente me entusiasme. Se me nota, tanto cuando me entusiasma…. como cuando me es indiferente. El desinterés, mi criterio contrario, nadie me lo ha perdonado nunca. Pero lo que menos me han perdonado es no ser el intento de mala copia de nadie; la originalidad.
«Es mejor fracasar en la originalidad que tener éxito en la imitación». -Herman Melville.
Nunca he visto como hasta hoy, tantos imitadores y copiadores del trabajo de otros, vivos o muertos, todo sea por la taquilla y los derechos e izquierdos de autor.
Pues eso. Ni lo uno ni lo otro. El único fracaso que me molesta es el humano y la pérdida de dinero cuando nos han estafado desde el sueldo hasta nuestras condiciones laborales, subsidios y demás valores añadidos pero poco, muy poco a la vida de artista.
Recuerda «soy responsable de lo que escribo, no de lo que tú interpretas». Feliz Año 2023.
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