Cosas que me dejé en el tintero #03
Estaba trabajando en el teatro Apolo en 1984, cuando, una noche entre funciones, Ángel Amar y yo coincidimos en el bar de la esquina derecha del teatro Arnau, con un hombre y una mujer. Hechas las presentaciones, y mientras tomábamos un refresco, el señor X propietario de un ballet moderno, se aplicó en contarnos lo bien que le iba en Italia y me insistió en que podría tener pieles y joyas, tal como su mujer lucía. A mí que nunca me gustó la ostentación, y ninguna tentación tendría que amargarme la vida, aquello me pareció demasiado bonito para ser verdad. Efectivamente, cuando volvimos al teatro, Amar me lo dejó bien claro; “No he querido trabajar nunca en Italia y lo que X no te ha dicho es que el precio de estos lujos se llama alterne”.
Así aprendí que en Italia, los ballets hacían un “camuflado” llamado presencia en sala, que superaba en muchos casos las 4 horas cada noche.
Tras el vano intento de apelar a mi codicia femenina, otro hecho resultó totalmente imprevisible. Pululaba por el Paralelo un bailarín del Este, que no deseo identificar por no causar mal mayor. Como curiosidad acostumbraba a lucir una cazadora de cuero colorida, muy parecida a la que usaba el señor X. El bailarin tenía cierto gesto antipático, conocido por sus muchas exigencias y aires de superioridad, aunque sería en el mismo bar, cuando todo amabilidad y simpatía, nos pidió a Amar y a mí, un favor singular. El extranjero, ya rozando una edad difícil, se había encaprichado de un jovencito, sin oficio, y no viendo como rentabilizar su vida en común, nos sugirió que le diéramos, como capitanes, trabajo en el ballet de Colsada.
No le deseo a nadie el compromiso, de ser partícipe o testigo de una mediana desesperación. El chico, de nombre Rafael, no había estudiado danza. No obstante, faltaba un chico y cara nos costó la intención de querer ayudar a un compañero. Mejor no haberlo intentado, pues a los pocos días de debutar y creyendo haber cumplido con el “favor” nos encontramos con que el bailarín del Este, estaba muy enfadado con nosotros porque “no lo habíamos enchufado con una parte más fácil” y tenía que representar todos los bailes de la obra.
Lo que debía ser un favor, nunca agradecido, se convirtió en una enemistad insalvable, por sus malas maneras que no acertamos a comprender. Este trabajo no entiende de caridad ni de buenas intenciones.
Al año siguiente en cuanto nos perdimos de vista, supimos por los rumores “oficiales” que el joven Rafael, se suicidó tirándose desde el balcón de casa. El bailarín del Este, terminó dando clases de ballet en una academia y nunca más volvimos a coincidir en persona. Nos quedó una perplejidad patente.
Vanos intentos, codicias, compañerismos…. Infortunios, cócteles explosivos y a menudo anónimos en el Paralelo que ya no existe, historietas de gente que no cuenta, que no consta que no quiere recordar ni ser recordada.
Cosas así, miseria y compañía sucedían a todas horas en los oscuros pasillos, camerinos y callejones de esa parte de la ciudad que combinaba toda clase de leyendas y situaciones diversas. El espacio, pero no el tiempo, no me ha permitido exponerlas en el libro.
Piezas anodinas, personajes complicados, sueños no cumplidos y vidas extraviadas para siempre. Nos lo tomábamos todo en serio. Las broncas, los piques, las ganas de ser mejores y las decepciones a la vuelta de la esquina, la fatuidad en estado puro. ¿Para qué?
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