Sé que este relato va a costarme otro dolor de estómago. Escribir es revivir.

Aquí tenemos a la artista, cuando era una niña de 13 años y cursaba 7º de E.G.B. en el Centre d’estudis Montseny. Una niña que no participaba en pandillas y follones. Con algunas amigas con quienes jugar pero sin compartir sueños. Gafotas de culo de botella, de color rosa compradas en Cottet en el Portal del Ángel en Barcelona y ¿cómo no?, ¿quién querría ver lo innecesario? será por eso que las dioptrías han ido ascendiendo, hasta el desenfoque de la hipermetropía, desde cierto momento de contemplación de la poca belleza que me rodeaba. Me encanta ese patito feo que imaginaba pero no mentía, y que no preveía un futuro tan lleno y asombroso. Mi niña interior que todavía jugaba con muñecas.
Traigo esta imagen, para reconocer en ella a la misma mujer que a los 61 años, invitó personalmente por correo ordinario a la dirección del citado centro a la presentación de su libro “MEMORIAS DE UNA CORISTA” Luces y sombras de las Varietés, el pasado 15 de marzo en el Centre Civic Sant Martí, gracias a la mediación de Comunicación del Distrito, a la dirección de la entidad y de «La Tela de Penélope». El acto, fue un éxito de convocatoria.
Un correo que no fue respondido, intuyo que por dos razones: o bien el título no casa con los ideales educativos (por muy modernos que nos pongamos) e induce a error de percepción, lo que viene siendo juzgar el libro por la portada, o peor aún les sigue molestando que les haya recordado todavía hoy que una de sus alumnas, diga bien alto y claro, que sufrió bullying durante un curso entero, por parte de un profesor de matemáticas y posteriormente director. Por hacer ballet en actividad extraescolar, por decir «soñadoramente» que quería ser bailarina. Que dicho acoso fue jaleado por algunos alumnos varones en la calle, siguiendo su ejemplo, pasando de la frase del profesor: «eres una obrera sin derecho a ser bailarina, cosa de ricas», a «la bailarina, la puta, ¿qué se ha creído?», con empujones, acorralada frente a mi portería del edificio Tagamanent en la Cooperativa de Viviendas Montseny.
Y que además ese comportamiento fue ocultado por la entonces directora al cargo con vanas excusas que afortunadamente mi madre no se creyó. «Que me lo hacía yo», sí y tanto que sí… yo me lo hacía, mearme encima de miedo, en el aula, ante aquella salvajada matinal diaria que incluía tirarme los libros al suelo, gritarme sintiendo el hedor de su aliento sobre mi cara, llorando cada día por no querer volver.
En esas estamos, teoría número uno: siempre (en mi caso) hay una mujer que sabiéndolo, oculta y distorsiona el relato para hacer que la víctima aparezca como culpable o mentirosa.
Lo mismo, juzgar el libro por el título, ha sucedido con la dirección de Escola Santa Maria dels Apòstols, “Sancho con la Iglesia hemos topado”, que no se ha dignado responder a la invitación de aquella alumna discreta. La primera de sus estudiantes que llevó al colegio a una final del «Concurso nacional de redacción de Coca-Cola». y que eligió ser artista en lugar de esteticista, auxiliar de enfermería o administrativa. Demasiada pluma y bikini de strass, para tantos valores morales. Otra vez, tildada de «puta», por tener un cuerpo incipiente con curvas, por parte de la cabecilla de todas las movidas en el aula. No, no corrí a refugiarme en los hábitos, callé delante de las abusonas y allí permanecen en el sitio que les corresponde. Pues defensoras y caballeros de reluciente armadura, no me han hecho falta nunca.
En una sociedad de logros y competividad, puntuaciones y premios, donde se hacen orlas con la promoción de niños de pre-escolar que pasan a primaria, entenderéis que sea la “oveja fucsia” y que mi presencia no sea requerida ni apropiada, en esas celebraciones, culminación de la tontería y la apariencia, rivalidades y criaturadas llevadas al límite adulto, llamadas: “Reunión de exalumni”. Una y no más, tanta frivolidad que se le supone a la farándula… pues vaya con los encuentros de gente a quien no importaste ni constan en la «orla» de esta memoria, casi infalible.
No, no necesito un premio como alumna excepcional, porque la vida me lo ha dado como persona corriente.

Paso de esa foto de estudio, entre los 15 y 16 años a otra de «fotomatón» en la estación de metro de Sagrera. El jersey de cuello cisne también era de color rosa y me acompañó mi madre. Se aprecian ya esos ojos «droopy» (caiditos) el nombre de mi perro, que falleció hace un año. El alma guardaba una pena que tardó muchos años en manifestarse, pues ya entonces era una chica activa y dispuesta, siempre a ayudar, aprender y experimentar en la creatividad, ya sabéis la hija predilecta del aburrimiento. Esa des-educación basada en la falta de motivación y de orientación de las niñas de la clase obrera, en los años 70.
Aquí el asunto se pone muy feo, pues es el director de la “academia de ballet” E.B.I.M. en el número 64 de la calle Cantabria, quien me encerrona en su despacho y me propone jugar a dar besos en la boca. Lo cuento en el libro… y también la reacción violenta, ante mi acusación que acabó con una amenaza de humillación a mi familia en mi barrio, por “embustera” y perdedora en ese pulso que me atreví a echarle, si mantenía la acusación, con el implacable efecto de sus abogados.
El consabido escándalo vecinal, el rumor ese que destruye a la gente decente. Y también de bonus, otra amenaza, un cartelito como persona “non grata” en una lista negra expuesta en el recibidor de aquella oscura academia, donde ¡qué casualidad!… también hubo una mujer que me denegó auxilio, y lejos de protegerme, se ofendió a tal punto de arrastrarme por el pasillo, de mala manera, por el brazo para obligarme a “desmentir” tajantemente lo sucedido.
A partir de ese momento, y callando, con un «pacto» infame, solamente para no hacer sufrir a mi familia, comenzó un acoso y derribo en cada ensayo, pues yo no sonreía con el pasodoble “Los nardos”. No lo hacía porque era una mierda de coreografía de una profesora mínimamente preparada y que además no sabía nada de la escena. Tenía complejo con mis colmillos subidos. No sonreía porque ese hombre grotesco, sectario y megalómano «el padrino», que no tenía nada de docente, que gustaba de sentar a las niñas pequeñas en sus rodillas y que tenía predilección por los uniformes de maillot malva pastel semi transparentes con la obligación de no usar ropa interior, me causaba ansiedad y no dejaba de chillarme al nombrarme, provocándome vergüenza y generando burla que también fue secundada por alguna listilla de turno que aprovechó el asunto para hacer leña, vamos que solamente me faltaba Patrick Swayze diciendo: «Nadie arrincona a Baby» en la película Dirty Dancing. Será que soy sentimental pero ya de mayor, con esa escena, lloré como si fuese cosa mía.
Quien quiera ver odio o rencor en la verdad que cuento que analice, los motivos de su “buenismo”. Quién crea que, al escribirlo, la visceralidad me domina que piense y se atreva a sentir por un solo minuto, en esa violencia continua generada por el silencio que imponen los agresores. Aún estoy siendo comedida, si la visceralidad es un exceso, entonces celebro que estoy viva y me la puedo permitir, es parte del poder que sé usar.
No siento nada de eso, aunque nunca una verdad de mi accidentada adolescencia me pareció más necesaria de ser proclamada. La que marcó mi vida para siempre, enseñándome a reconocer a maltratadores y abusadores en cualquier lugar y circunstancia. Me desarrolló el instinto de proteger y de acusar, con o sin testigos y así lo he cumplido hasta el día de hoy. Vigilo. No paso ni una.
Decía mi terapeuta que tenía, como ser humano, todo el derecho de sentir rabia, dolor y odio. Hasta los 46 años, creí que eso me haría mala persona… cuando en realidad, la rabia, la injusticia vivida y jamás olvidada, era mi dignidad que reclamaba su justo lugar. Limpié las heridas pero quedaron las cicatrices de esas batallas y no por ello, causé dolor, venganza ni castigo a mis semejantes.
No es cierto que la persona maltratada se convierta en maltratadora.
Sigo viendo la belleza desde el espíritu, pero lo que es, es: Lo dejo aquí.
No os debo nada, abusadores. Ni por viejos, ni por jubilados, ni por enfermos, ni por muertos. Os perdoné en su momento para aligerar la carga, tenía que seguir sobreviviendo, peleando por mi puesto menos glorioso pero más auténtico. En cambio vosotros sí que nos debéis a las personas como yo algunas cosas: la impunidad por nuestro obligado silencio o falta de credibilidad; la vergüenza que no pasaron vuestras familias de haberse hecho público; las menciones como seres estupendos y la tranquilidad de vuestra vejez, sin sanciones ni expedientes que os hagan bajar la cara frente a la sociedad. Sin fantasmas que os quiten el sueño. Pues los fantasmas no dormís, sois los malos sueños.
Yo no le saco ganancias al victimismo ni me revuelco en él. Creo que podéis entender cómo se me revuelven las entrañas ante cada noticia o caso, de abuso a menores y a mujeres, pero también a ancianos y a hombres, animales… No soporto ese sufrimiento interiorizado, pero es la oscuridad que nunca quise conocer y que me permite ver más estrellas. Rosas en los basureros y nubes en el cielo con formas de bailarinas.
Es una adquisición que me ha pasado factura física y psicológicamente; la memoria, el aprendizaje del terror, es la única defensa ante cualquier tentativa de herir a una persona inocente y joven, de espíritu sensible y gran capacidad de amor, que no hizo nada para merecer ese trato. Ni me someto ni soy cómplice. Haberlo calculado antes de atreveros.
Así que una vez cumplida mi cortesía, ilustres señoras y señores, ejemplo de modelo educativo, «gracias por nada» al no hacer acuse de recibo de mi correo postal y más «gracias por nada»; por no tener el detalle de reparar, simbólicamente, el daño que la sombra de su institución o centro, causó a tantas personas que no quiero imaginar, ya que tal honor no puede ser solamente mío.
Y ustedes las señoras, cómplices y encubridoras, peor.
La vida me ha enseñado que detrás de cada maltratador y acosador hay una mujer que pudiendo ayudar, salvar, gira la cara a otro lado y detrás de cada mujer maltratadora hay un ejemplo patriarcal, «educativo» o patronal, un calzonazos en su vida privada, un fracasado, que subyace como símbolo de poder mal usado y de respeto no ganado.
Cuando te suceda, denuncia pero elige muy bien a quién contarlo, a veces la persona que crees amiga, maestra o modelo, jefa o jefecilla, es en realidad la guardiana de la guarida de la bestia.
Por cierto, mujeres «hermanas», es justo reconocer que, de varias periodistas a las que he acudido, algunas titulares en sus medios de radio, tv y prensa, famosas a nivel nacional (sin buscar escándalo ni «cotilleo alguno»), solamente una Julia L.Tremols se ha dignado durante este año, dar salida a la presentación de mi libro en la web de «Sant Martí amb veu de dona». Mil gracias. Podemos tener diferencias, ser o no feministas, apreciar a personas comunes, ignorar datos y vivir realidades distintas, pero solamente ella y haciendo eco en mi antiguo barrio/distrito de Barcelona, ha colaborado generosamente. Me dio su palabra y la cumplió.
El libro puede o no llegar, gustar o interesar, pero la historia que cuenta en ciertos pasajes, como diría una amiga artista «hace daño», claro, daño nada gratuito, totalmente verídico, si te identificas con otra mujer en situaciones que puedes comprender o adivinar. Yo por lo menos he tenido el valor de contarlo.
Quienes pudieron recoger este testigo, y «educar» a su público, ahora en pleno 2022, simplemente han pasado. No hablo de machismo. Hablo de superación frente a estas barbaridades…. y más….que por ser coherente, fiel a los hechos y a mí misma, no se pueden borrar del pasado.
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